Lo que el viento cuenta de Valdemar Daae y de sus hijas

Lo que el viento cuenta de Valdemar Daae y de sus hijas

Hans Christian Andersen

Cuando el viento pasa veloz por las praderas, la hierba ondea como una cinta; si corre entre las mieses, las agita como un mar. Es la danza del viento. Pero escúchale contar sus historias: ¡cómo alza y modula su voz! Es muy distinto su modo de sonar cuando pasa entre los árboles del bosque o cuando se introduce por los orificios, huecos y grietas de un viejo muro. ¿Ves cómo allá arriba el viento impulsa a las nubes cual si fuesen un rebaño de ovejas? ¿Lo oyes aullar aquí abajo a través de la puerta abierta, como un centinela que toca su cuerno? ¡Qué misterioso es su silbido cuando baja por la chimenea! En su presencia, el fuego se aviva y despide chispas, e ilumina la habitación, donde uno se encuentra a gusto, calentito y el oído atento. Dejadlo contar. Sabe muchas leyendas e historias, más que todos nosotros juntos. Atiende a su relato: «¡Huuui! ¡Huye, huye!». Tal es el estribillo de su canción.

-A orillas del Gran Belt se alza un antiguo castillo de gruesos muros rojos -dice el viento-. Lo conozco piedra por piedra. Las vi mucho antes, cuando constituían el castillo de Mark Stig, en Nesset. Pero lo derribaron, y con sus materiales levantaron otro, una nueva fortaleza situada en otro lugar: el castillo de Borreby, que todavía sigue en pie.

Yo vi y conocí a los nobles caballeros y damas, a las varias generaciones que allí vivieron. Voy a hablaros ahora de Valdemar Daae y de sus hijas.

Iba siempre con la frente muy erguida, pues era de sangre real. Sabía hacer algo más que cazar el ciervo y apurar una jarra de vino; y si no, al tiempo, solía decir.

Su esposa andaba con aire desdeñoso y rígida, vestida de brocado de oro, por los pavimentos de madera encerada. Los tapices eran preciosos; los muebles, de alto precio y tallados con arte. La vajilla era de oro y plata; en la bodega se guardaba cerveza alemana, además de otras cosas. Fogosos corceles negros relinchaban en la cuadra. Todo era espléndido en el castillo de Borreby cuando reinaba en él la opulencia.

No faltaban tampoco hijos: tres lindas muchachas: Ida, Juana y Ana Dorotea; todavía recuerdo sus nombres.

Eran gente rica, gente distinguida, nacida y criada en la opulencia. «¡Huuui! ¡Huye!», cantó el viento, y luego reanudó su historia.

Nunca vi allí, como en otros antiguos palacios, a la noble señora de la casa manejando el huso sentada con sus doncellas en el salón. Cantaba, acompañándose con el armonioso laúd, no sólo las viejas canciones danesas, sino también otras en lengua extranjera. Todo eran fiestas y banquetes; acudían invitados de cerca y de lejos; resonaba la música, chocaban los vasos con tanta fuerza, que apagaban mi voz -decía el viento-. Había allí orgullo, fastuosidad y lujo, mucha arrogancia; pero faltaba Dios.

-Era un atardecer del mes de mayo -continuó el viento-. Venía yo de Poniente; en la costa occidental de Jutlandia había presenciado el naufragio de varios barcos, y, cruzando por los eriales y la costa cubierta de verdes bosques, atravesé la Fionia y llegué, soplando furiosamente, al Gran Belt.

Amainé para tomarme un descanso, en la costa de Zelanda, cerca del castillo de Borreby, rodeado aún de magníficos robledales.

Los mozos habían salido a recoger ramas tronchadas, llevándole las mayores y más secas que encontraban. Con ellas volvían al pueblo, las apilaban y encendían hogueras, y la juventud bailaba a su alrededor, cantando alegremente.

-Yo seguía encalmado -prosiguió el viento-, pero muy quedamente soplé a una rama depositada por el más apuesto de los mozos; prendió el fuego, y levantase una altísima llama; fue el elegido, el rey de la fiesta, y se apresuró a nombrar a su pequeña reina entre las muchachas. ¡Qué bullicio, qué alegría! Se estaba mucho mejor allí que en el rico palacio de Borreby.

Entonces llegaron, en una soberbia carroza dorada, tirada por seis caballos, la noble señora y sus tres hijas, finas y delicadas como tres preciosas flores: la rosa, el lirio y el pálido jacinto. La madre era un ostentoso tulipán; no saludó a nadie de la alegre multitud, que interrumpió la fiesta para saludarla con reverencias y acatamientos. Se habría dicho que la señora tenía un palo en el pescuezo.

La Rosa, el Lirio, el pálido Jacinto, a las tres las vi. ¿Quién las elegiría por reina?, pensé. Algún apuesto caballero, tal vez un príncipe. ¡Huuui! ¡Huye, huye!

Siguió el coche su camino, con las ilustres damas, y los campesinos reanudaron sus danzas. Y por el verano hubo paseos a caballo y excursiones a Borreby, a Tjereby, a todos los pueblos circundantes.

Mas por la noche, cuando me levanté -continuó el viento-, la noble señora se acostó para no volver a levantarse. Le ocurrió lo que a todos los humanos, no es cosa nueva. Valdemar Daae permaneció un rato a su vera grave y pensativo. El árbol más altivo puede doblarse, pero nunca quebrarse, decía una voz en su interior. Las hijas lloraban, y en el palacio todos se secaban los ojos. Dama Daae había huido, ¡y yo también huí! ¡Huuui! -dijo el viento.

Volví, volví con frecuencia, a través de Fionia y del Gran Belt, descansé en la orilla de Borreby, junto al magnífico robledal, donde construían sus nidos el quebrantahuesos, las palomas torcaces, los cuervos azules y hasta la cigüeña negra. Era a la entrada la primavera, y unas aves tenían en sus nidos huevos, y otras, ya pollos. ¡Dios mío, cómo volaban y cómo gritaban! Se oían hachazos, golpe tras golpe; iban a talar el bosque. Valdemar Daae quería construir un barco soberbio, un navío de guerra de tres puentes, para vendérselo al Rey. Por eso talaba el bosque, que servía a los marinos de señal, y a las aves, de asilo.

El alcaudón se echó a volar asustado, pues habían destruido su nido; el quebrantahuesos y las demás aves del bosque perdieron sus moradas y levantaron el vuelo, sin rumbo, chillando de angustia y de ira. Yo los comprendía muy bien. Las cornejas y los grajos gritaban, en son de burla: ¡Fuera del nido, fuera del nido, fuera, fuera!

En el bosque, entre el grupo de leñadores, estaban Valdemar Daae y sus tres hijas, riéndose de aquel griterío de las aves. Sólo la menor, Ana Dorotea, sentía compasión en el fondo de su alma; y cuando los hombres se dispusieron a cortar un árbol medio podrido, en cuyas desnudas hojas anidaba una cigüeña negra, intercedió en favor del animal y pidió con lágrimas en los ojos que respetasen aquel árbol con su nido. ¡Era tan poca cosa!

Cortaron, aserraron, construyeron un barco de tres puentes. El maestro que dirigía la obra era de descendencia humilde, pero de noble porte y aspecto. En sus ojos y en su frente se reflejaba la inteligencia, y Valdemar Daae gustaba de escuchar sus explicaciones, lo mismo que Ida, su hija mayor, que ya contaba quince años. Y mientras el hombre construía un barco para el padre, edificaba para sí mismo un castillo de ensueño, donde residirían él y la pequeña Ida, convertidos en marido y mujer. Y esto hubiera podido realizarse, si aquel castillo hubiese sido de sillería, con murallas y fosos, con bosque y mar. Pero con todo su talento, el maestro era un pobre diablo. ¿Qué buscaba el gorrión en la sociedad de las grullas? ¡Huuui! Yo emprendí el vuelo, y él también, pues no le permitieron continuar allí, y la pobre Ida hubo de consolarse. ¿Qué remedio le quedaba?

En el establo relinchaban los negros corceles; eran dignos de ver, y muy renombrados. El Rey había enviado al almirante a inspeccionar el nuevo buque de guerra y negociar su compra. El almirante se hizo lenguas de los fogosos caballos; yo lo oí perfectamente -dijo el viento-. Seguí a los personajes a través de la puerta abierta, esparciendo paja ante sus pies como si fuesen varillas de oro. Este metal era lo que quería Valdemar Daae, mientras el almirante ambicionaba los negros corceles; por eso los alababa tanto. Mas no lo comprendieron, y el barco no fue adquirido, y se quedó anclado y reluciente en la orilla, cubierto de tablas; una segunda arca de Noé destinada a no navegar nunca. ¡Huuui! ¡Huye, huye! ¡Qué lástima!

En invierno, cuando los campos estaban cubiertos de nieve, los hielos flotantes invadían el Gran Belt y yo permanecía inmóvil en la costa -prosiguió el viento-; llegaron grandes bandadas de cuervos y cornejas, si uno negro, el otro más. Se posaron sobre el barco desierto, solitario, muerto, y se lamentaron a voz en grito por el bosque desaparecido, por los muchos nidos de pájaros destruidos, por los viejos y jóvenes que habían quedado sin hogar. Y todo ello por causa de aquel enorme artefacto, de aquel altivo navío que jamás se haría a la mar.

Yo me puse a arremolinar los copos de nieve que, en forma de grandes ondas, fueran depositándose en torno al barco y encima del mismo. Hice que se oyera mi voz, ¡cuántas cosas tiene por decir la tempestad! Hice lo posible para que supiera lo que ha de saber un barco. ¡Huuui! ¡Adelante!

Y pasó el invierno, inviernos y veranos llegaron y se fueron como yo, como pasa rápidamente la nieve, como se marchitan las flores del manzano y como caen las hojas de los árboles. ¡Anda, anda, pasa! ¡Huuui! Los hombres pasan también.

Pero las hijas eran aún jóvenes. Ida, una verdadera rosa, finísima como cuando la viera el constructor del barco. Muchas veces me metía yo en su largo cabello castaño, cuando ella estaba pensativa en el jardín junto al manzano, sin darse cuenta de que yo esparcía las flores sobre su cabeza. Al notar que se le deshacía el cabello, levantaba la mirada al sol ardiente y al fondo dorado del cielo, por entre los oscuros arbustos y árboles.

Su hermana Juana era como un lirio, lozana y erguida, orgullosa y arrogante y, como su madre, con el cuello envarado. Le gustaba entrar en el gran salón, de cuyas paredes colgaban los retratos de sus antepasados. Las señoras aparecían pintadas en vestidos de terciopelo y seda, tocadas con pequeñas cofias bordadas de perlas. ¡Eran realmente bellas damas! Los hombres llevaban armaduras o preciosos mantos de piel de ardilla y valonas azules. Llevaban la espada sujeta al muslo, no a la cintura. ¿Dónde colocarían algún día el retrato de Juana, y qué tal parecería su noble esposo? Sí, en esto pensaba y de esto hablaba en voz baja; yo la oía cuando pasaba por el largo corredor y me daba la vuelta.

Ana Dorotea, el pálido jacinto, una niña de catorce años, era reposada y soñadora. Sus grandes ojos, azules como el mar, miraban con expresión pensativa, pero en torno a la boca se dibujaba una sonrisa infantil. Yo no podía borrársela de un soplo, ni tampoco lo quería.

Me la encontraba en el jardín, en el valle y en los campos, recogiendo hierbas y flores que, como yo sabía, utilizaba su padre para elaborar bebidas y gotas, pues conocía el arte de destilar. Valdemar Daae era altivo y orgulloso, pero muy instruido; sabia muchas cosas. Bien se veía, y se comentaba; incluso en verano el fuego ardía en su chimenea, y la puerta de su habitación permanecía cerrada. Se pasaba día y noche encerrado en ella, mas casi nunca hablaba de lo que allí hacía: las fuerzas de la Naturaleza deben ser dominadas en silencio; pronto descubriría lo más valioso: el rojo oro.

Por eso ardía la chimenea, por eso chisporroteaba la leña y levantaba llamas. Sí, allí estaba yo también -seguía contando el viento-. ¡Huye, huye!, cantaba yo por la chimenea. Y todo era humo, carbones y cenizas. ¡Te quemarás! ¡Huuui! ¡Huye, huye!

Pero Valdemar Daae no huyó.

Los magníficos corceles del establo, ¿qué se hicieron? ¿La antigua vajilla de oro y plata del armario y la vitrina, las vacas del prado, los bienes del castillo? ¡Pueden fundirse! Fundirse en el crisol, y, sin embargo, no dan oro.

Fueron vaciándose las eras y los graneros, las bodegas y los desvanes. Cuanto menos gente, más ratones. Se hundió un cristal, otro se rompió; ya no necesitaba yo entrar por la puerta -prosiguió el viento-. Dicen que donde humea la chimenea es que se cuece la comida. Allí, empero, la chimenea echaba humo, pero se tragaba toda la comida por el maldito oro.

Soplaba yo en la puerta del castillo como un guardián que toca el cuerno, mas allí no había ningún guardián. Hacía girar la veleta de la punta de la torre, y ella rechinaba como si el vigilante estuviese roncando allá arriba; pero no había ningún vigilante, sino sólo ratas y ratones. Pobreza en la mesa, pobreza en el vestir, pobreza en la despensa. Las puertas se salían de sus goznes, en los muros se abrían grietas y rajas. Yo entraba y salía -continuó el viento- por eso entro en detalles.

Entre el humo y la ceniza, las preocupaciones y las noches de insomnio, iba blanqueándose el pelo de la barba y de las sienes; la piel se volvía rugosa y amarilla, y en los ojos brillaba la llama de la codicia, en espera del oro.

Yo le soplaba el humo y la ceniza de la cara y de las barbas; en vez de oro llegaban deudas. Yo cantaba a través de los rotos cristales y de las abiertas grietas, entraba soplando en los dormitorios de las hijas, donde los vestidos parecían descoloridos y deshilachados, pues no podían renovarse. ¡No era aquella la canción que oyeran las niñas en sus cunas! Tanta riqueza se había trocado en miseria. Sólo yo seguía cantando en el castillo. Arremolinaba la nieve alrededor; dicen que eso calienta. Leña no había, pues el bosque estaba talado; ¿de dónde sacarla? El frío era terrible. Yo me metía por los portillos y corredores, por encima de la fachada y de los muros, para no perder el buen humor. En la casa, el frío obligaba a las nobles hijas a quedarse acostadas, y también el padre se refugiaba bajo la manta de pieles. Nada en que hincar el diente, nada para quemar. ¡Qué vida para unos grandes señores! ¡Huuui! ¡déjalo! Pero el señor Daae yo no podía dejarlo.

Después del invierno viene la primavera -decía-; tras los malos tiempos vendrán los buenos… Pero, ¡cómo se hacen esperar! Toda la hacienda está hipotecada. Es el último respiro… Luego vendrá el oro. ¡Para Pascua! Lo oí murmurar dirigiéndose a un nido de arañas: «¡Oh, hábil tejedora! Tú me enseñas a resistir. Cuando te desgarran el nido, vuelves a empezar hasta que lo terminas. Una y otra vez pones manos a la obra, sin cansarte nunca. Así es como hay que hacer. Y luego viene el premio».

Era la mañana de Pascua. Doblaban las campanas, y el sol brillaba en el cielo. Él, consumido por la fiebre, había estado velando, cociendo y enfriando, mezclando y destilando. Lo oía suspirar como alma en pena, lo oía rogar y retener el aliento. La lámpara se había apagado, pero él no se daba cuenta. Yo soplé en el rescoldo; se reflejó en su cara macilenta, que cobró un vivo tinte, con los ojos hundidos en las órbitas, pero agrandándose por momentos, como si fuesen a saltarle de ellas.

-¡Mirad el cristal alquímico! -exclamó-. ¡Qué destellos lanza! ¡Es ígneo, puro y pesado!

Lo levantó con mano temblorosa, gritando con lengua insegura:

-¡Oro, oro!

Le entró vértigo; yo habría podido derribarlo -dijo el viento-, pero me limité a soplar sobre las brasas y lo seguí, por la puerta, al aposento donde sus hijas estaban helándose. Se irguió con toda su estatura y, levantando el rico tesoro contenido en el crisol:

-¡Lo tengo, lo tengo! ¡Oro! -gritó, alzando al mismo tiempo el recipiente que brillaba al sol; pero la mano le temblaba, y el crisol se le cayó al suelo, rompiéndose en mil pedazos. Se había esfumado la última burbuja de su felicidad. ¡Huuui! ¡Vete, vete! Me marché del palacio del buscador de oro.

Ya muy avanzado el año, cuando aquí los días son cortos, y la niebla húmeda exprime sus gotas sobre las bayas rojas y las ramas desnudas, volví a estas tierras con nuevos ánimos, aireándolo todo, barriendo con mis soplos las nubes del cielo y quebrando las ramas secas. Es un trabajo vulgar, pero alguien tiene que hacerlo. También limpiaban en el castillo de Borreby, de Valdemar Daae, pero de un modo muy distinto. Su enemigo Ove Ramel, de Basnäs, había comprado en pública subasta, el palacio con todo su ajuar. Yo tamborileaba contra los rotos cristales, golpeaba con las carcomidas puertas, silbaba por entre las grietas y hendeduras: ¡Huuui! Al señor Ove no le entrarían ganas de quedarse. Ida y Ana Dorotea lloraban amargas lágrimas. Juana permanecía enhiesta y pálida, mordiéndose al pulgar hasta hacerlo sangrar. ¡De poco le serviría! Ove Ramel permitió al señor Daae seguir viviendo en el palacio hasta el fin de sus días, sin que el otro le diera las gracias. Yo escuchaba. Vi al noble arruinado erguir la cabeza con orgullo y enderezar el cuello, y entonces arremetí contra el edificio y los viejos tilos, con tanta fuerza que rompí la más gruesa de las ramas, aunque no estaba podrida; ante la puerta cayó, como una escoba, por si alguien quería barrer. Y ¡vaya si barrieron! ¡Bien lo decía yo!

Fue un momento muy duro. El tiempo parecía haberse detenido. Pero el hombre se mantenía terco, el cuello tieso. Nada poseían ya, aparte los vestidos que llevaban puestos. ¡Ah, sí! una retorta nueva que acababan de comprar y que habían llenado con los restos barridos del suelo, el tesoro que tanto prometía y que no era nada. Valdemar Daae se la escondió en el pecho, y, empuñando el bastón, el un día opulento señor se marchó del castillo con sus tres hijas. Yo soplaba frío en sus mejillas ardientes, le acariciaba la barba gris y el largo cabello blanco, cantando con todas mis fuerzas: ¡Huuui! ¡Huye, huye, huye! Era el fin de toda aquella opulencia y grandeza.

Ida y Ana Dorotea iban una a cada lado de su padre. Juana se volvió al pasar bajo la puerta principal. ¿Para qué? La fortuna no iba a volver. Miró los rojos sillares de los muros del castillo de Mark Stig y se acordó de sus hijas:

La mayor tomó de la mano a la más joven
y se fueron las dos por el mundo.

¿Pensaba en aquella canción? Ellas eran tres y su padre. Siguieron a pie el camino que otrora recorrían en coche. Se hubiera dicho una familia de mendigos. Iban a Smidstrup Mark, una casa de barro alquilada por tres marcos al año, la nueva mansión señorial de paredes vacías y vacíos platos. Las cornejas y los grajos volaban sobre ellos, gritando en son de burla: «¡Fuera del nido, fuera del nido, fuera, fuera!», como habían gritado las aves del bosque de Borreby cuando derribaron sus árboles.

El caballero Daae y sus hijas tal vez los oyeron. Yo les soplé a los oídos. ¡De qué les serviría oírlo!

Se fueron a la casa de barro de Smidstrup Mark, y yo proseguí mi camino, por pantanos y campos, por setos pelados y bosques desnudos, hacia el mar abierto, hacia otras tierras. ¡Huuui! ¡Huye, huye! Y así año tras año.

* * *

¿Qué fue de Valdemar Daae? ¿Qué fue de sus hijas? Oigamos al viento:

La última que vi de las tres, por última vez, fue a Ana Dorotea, el pálido jacinto, vieja ya y encorvada; había transcurrido medio siglo. Vivió más que las otras, y conocía toda la historia.

Allá en el erial, cerca de la ciudad de Viborg, se alzaba la nueva y espléndida casa del preboste, de roja piedra y recortado frontón; un humo espeso salía de la chimenea. La señora y sus hermosas hijas, sentadas en el mirador, miraban, por encima del espino colgante del jardín, hacia el pardo erial del fondo. ¿Qué miraban? Un nido de cigüeñas en el techo de una casa ruinosa. El techo, si así puede llamarse, era de musgo y paja, aunque la mayor parte lo cubría el nido. Era lo único que aún quedaba firme; la cigüeña lo mantenía en pie.

Era una casa para ser vista, no para ser tocada; yo tenía que pasar con cuidado -dijo el viento-. No la habían derribado en consideración a la cigüeña, y, por otra parte, servía de espantapájaros. El preboste no quería echar a la cigüeña; por eso la choza fue respetada, y por eso la infeliz que la ocupaba pudo seguir habitándola. Debía agradecérselo al ave de Egipto -¿o quizás a aquella vez que, en el bosque de Borreby, intercedió por su silvestre hermano negro -. Entonces era una niña, un delicado y pálido jacinto del noble jardín. Bien se acordaba de aquellos días Ana Dorotea.

¡Oh, oh! -los hombres pueden suspirar, como suspira el viento entre los juncos y cañas. ¡Ay, no doblaron las campanas sobre tu sepultura, Valdemar Daae! No cantaron los pobres escolares cuando fue depositado en la tierra el ex-señor de Borreby. A todo le llega su fin, hasta a la miseria. La hermana Ida casó con un labriego, y aquélla fue para el padre la prueba más dura de todas. ¡Marido de su hija, un mísero siervo al que su señor habría podido condenar al potro! Y ahora, pudriéndose bajo tierra. ¿Y tú también, Ida? ¡Oh, sí, oh, sí! ¡Soy yo, pobre vieja, la que estoy aún aquí! ¡Mísera de mí, mísera de mí! ¡Socórreme, Jesús mío!

Ésta era la plegaria de Ana Dorotea en la ruinosa choza donde la dejaban vivir por consideración a la cigüeña.

A la más animosa de las hermanas la adopté yo -dijo el viento-. Se puso el vestido apropiado y se contrató como remero con un patrón de barco. Era parca de palabras, dura de gesto, pero presta al trabajo. Sin embargo, no sabía trepar; por eso la arrojé por la borda antes de que descubriesen que era mujer; y obré muy sensatamente -añadió el viento.

Una mañana de Pascua, como aquella en que Valdemar Daae había creído encontrar el oro, oí debajo del nido de cigüeñas, entre las ruinosas paredes, un canto religioso: el último que salía de los labios de Ana Dorotea.

No había ni un cristal, y sí sólo un agujero en la pared; el sol entraba por él, como un ascua de oro. ¡Aquello sí era brillo! ¡Se quebraron sus ojos y se quebró su corazón! Pero también lo habrían hecho, aunque no hubiese brillado el sol.

La cigüeña le proporcionó un techo hasta la hora de su muerte. Yo canté junto a su tumba -dijo el viento-. Canté también junto a la de su padre, sé dónde están las dos, no lo sabe nadie sino yo.

¡Nuevos tiempos, otros tiempos! Antiguos caminos se convierten en campos abiertos, fosos cercados pasan a ser carreteras, y pronto llega la locomotora, con su hilera de vagones rodando estruendosamente sobre aquellos fosos colmados, de los que no quedan ni los hombres. ¡Huuui! ¡Huye, huye!

Ésta es la historia de Valdemar Daae y de sus hijas. Cuéntenla mejor ustedes, si pueden- dijo el viento, volviendo la espalda.

Ya está fuera.

Lo que dijo toda la familia

Lo que dijo toda la familia

Hans Christian Andersen

¿Qué dijo toda la familia? Escucha primeramente lo que dijo Marujita.

Era su cumpleaños, el día más hermoso de todos, según ella. Vinieron a jugar todos sus amiguitos y amiguitas. Llevaba su mejor vestido, regalo de abuelita, que descansaba ya en Dios. Abuelita lo había cortado y cosido con sus propias manos, antes de irse al cielo. La mesa de la habitación de María brillaba de regalos; había entre ellos una lindísima cocina de juguete, con todo lo que debe tener una de verdad, y una muñeca que cerraba los ojos y decía «¡ay!» cuando le apretaban la barriga; y había también un libro, de estampas, con magníficas historias para los que sabían leer. Pero más hermoso aún que todas las historias era poder celebrar muchos cumpleaños.

-¡Qué bonito es vivir! -dijo Marujita.

Y el padrino añadió que la vida era el más bello cuento de hadas.

En la habitación contigua estaban sus dos hermanos, muchachos ya mayores, el uno de 9 años, el otro de 11. Pensaban también que la vida es muy hermosa, pero la vida a su manera, es decir, no ser ya niños como María, sino alumnos despabilados, llevar «sobresaliente» en la libreta de notas, poder jugar y divertirse con sus compañeros, patinar en invierno, correr en bicicleta en verano, leer historias sobre castillos medievales, puentes levadizos y mazmorras, escuchar relatos acerca de los descubrimientos en el interior de África. Uno de los muchachos sentía, sin embargo, una preocupación: que todo estaría ya descubierto cuando él fuese mayor; quería ir en busca de aventuras, como en los cuentos. La vida es el más hermoso, cuento de hadas, había dicho el padrino, y uno interviene en él personalmente.

Los niños habitaban en la planta baja, donde jugaban y saltaban. En el piso de arriba vivía otra rama de la familia, también con hijos, pero ya mayores. Uno de ellos tenía 17 años; el otro, 20, y el tercero era muy viejo, según decía Marujita, pues había cumplido los 28 y estaba prometido. Todos estaban muy bien colocados, tenían buenos padres, buenos vestidos, buenas cualidades y sabían lo que querían:

-¡Adelante! ¡Abajo las viejas vallas! ¡Cara al amplio mundo! Es lo más hermoso que conocemos. El padrino tiene razón: la vida es el más bello cuento de hadas.

El padre y la madre, los dos de edad ya avanzada -mayores que sus hijos, naturalmente-, decían, con una sonrisa en los labios, en los ojos y en el corazón:

-¡Qué jóvenes son los jóvenes! En el mundo no todo marcha como ellos creen, pero marcha. La vida es un cuento extraño y magnífico.

Arriba, un poco más cerquita del cielo, como suele decirse de la gente que vive en la buhardilla, habitaba el padrino. Era viejo, pero tenía el corazón joven, estaba siempre de buen humor y sabía contar muchas historias y muy largas. Había corrido mucho mundo, y guardaba en su casa interesantes objetos de todos los países. Tenía cuadros que llegaban desde el suelo hasta el techo, y muchos cristales eran de vidrio rojo y amarillo. Mirando a su través, todo el mundo aparecía como bañado por el sol, aun cuando en la calle el tiempo fuese gris. En una gran vitrina crecían plantas verdes, y nadaban peces dorados; os miraban como si supiesen muchas cosas pero no quisieran decirlas. Siempre olía allí a flores, incluso en invierno, y en la chimenea ardía un gran fuego. Se estaba la mar de bien allí, mirando y escuchando el chisporroteo.

-Me lee en alta voz los viejos recuerdos -decía el padrino, y también a Marujita le daba la impresión de ver muchos cuadros en el fuego.

Pero en el gran armario-librería se guardaban los libros principales; en uno de ellos leía el padrino con frecuencia; lo llamaba el libro de los libros: era la Biblia. Contenía, en imágenes, la historia de todo el mundo y de toda la Humanidad, la Creación, el Diluvio, los Reyes y el Rey de reyes.

-Todo lo que ha sucedido y ha de suceder está en este libro -decía el padrino-. ¡Hay tanto y santísimo aquí, en un solo libro! Piénsalo un poco. Todo lo que un hombre puede pedir, está aquí resumido en una oración de pocas palabras: el Padrenuestro. Es una gota de la gracia. Una perla del consuelo de Dios. Un regalo en la cuna del niño, un regalo puesto en su corazón. Hijo, guárdalo bien, no lo pierdas, por muchos años que llegues a tener, y no te sentirás abandonado en estos caminos inciertos. Habrá una luz dentro de ti, y no te podrás perder.

Y al decir estas palabras, los ojos del padrino brillaban, brillaban de alegría. Un día, siendo joven, habían llorado, pero aquello le hizo bien, añadió; eran los tiempos de prueba, las cosas tenían un aspecto gris. Ahora brilla el sol dentro de mí y a mi alrededor. A medida que se vuelve uno viejo, ve mejor la felicidad y la desgracia, ve que Dios no nos abandona nunca, que la vida es el más hermoso de los cuentos de hadas. Sólo Él puede dárnosla, y dura por toda la eternidad.

-¡Qué bonito es vivir! -dijo Marujita.

Lo mismo dicen los chicos, grandes y pequeños, padre y madre y toda la familia, pero sobre todo el padrino, que tenía experiencia y era el más viejo de todos. Sabía toda clase de leyendas e historias, y decía, saliéndose del corazón:

-La vida es el más bello cuento de hadas!

Lo que contaba la vieja Juana

Lo que contaba la vieja Juana

Hans Christian Andersen

Silba el viento entre las ramas del viejo sauce.

Se diría que se oye una canción; el viento la canta, el árbol la recita. Si no la comprendes, pregunta a la vieja Juana, la del asilo; ella sabe de esto, pues nació en esta parroquia.

Hace muchos años, cuando aún pasaba por aquí el camino real, el árbol era ya alto y corpulento. Estaba donde está todavía, frente a la blanca casa del sastre, con sus paredes entramadas, cerca del estanque; que entonces era lo bastante grande para abrevar el ganado y para que, en verano, se zambulleran y chapotearan desnudos los niños de la aldea.

Junto al árbol habían erigido una piedra miliar; hoy está decaída e invadida por las zarzamoras.

La nueva carretera fue desviada hacia el otro lado de la rica finca; el viejo camino real quedó abandonado, y el estanque se convirtió en una charca, invadida por lentejas de agua. Cuando saltaba una rana, el verde se separaba y aparecía el agua negra; en torno crecían, y siguen creciendo, espadañas, juncos e iris amarillos.

La casa del sastre envejeció y se inclinó, y el tejado se convirtió en un bancal de musgo y siempreviva; se derrumbó el palomar, y el estornino estableció en él su nido; las golondrinas construyeron los suyos alineados bajo el tejado y en el alero, como si aquélla fuese una casa afortunada.

Antaño lo había sido; ahora estaba solitaria y silenciosa. Solo y apático vivía en ella el «pobre Rasmus», como lo llamaban. Había nacido allí, allí había jugado de niño, saltando por campos y setos, chapoteando en el estanque y trepando a la copa del viejo sauce.

Este extendía sus grandes ramas, como las extiende todavía; pero la tempestad había curvado ya el tronco, y el tiempo había abierto una grieta en él, que el viento y la intemperie habían cuidado de llenar de tierra. De aquella tierra habían nacido hierba y verdor; incluso había brotado un pequeño serbal.

Cuando, en primavera, llegaban las golondrinas, volaban en torno al árbol y al tejado, pegaban su barro y construían sus nidos, mientras el pobre Rasmus tenía el suyo completamente abandonado, sin cuidar de repararlo, ni siquiera sustentarlo.

-¡Qué más da! -exclamaba, lo mismo que decía ya su padre.

Él se quedaba en su casa, mientras las golondrinas se marchaban y volvían, los fieles animalitos. También se marchaba y volvía el estornino, con su canción aflautada. En otro tiempo, Rasmus competía con él en cantar, pero ahora ya no cantaba ni tocaba la flauta.

Silbaba el viento entre el viejo sauce, y sigue silbando; parece como si se oyera una canción; el viento la canta, el árbol la recita. Si no la comprendes, ve a preguntar a la vieja Juana, la del asilo; ella sabe de estas cosas de otros tiempos: es como una crónica con estampas y viejos recuerdos.

Cuando la casa era nueva y estaba en buen estado, se trasladaron a ella Ivar Ulze, el sastre del pueblo, y su mujer Maren, un matrimonio honrado y laborioso. Por aquellas fechas, la vieja Juana era una niña, hija del zuequero, uno de los más pobres de la parroquia. Más de una vez había recibido pan y mantequilla de Maren, a quien no faltaba comida. Estaba en buenas relaciones con la propietaria de la finca, la veían siempre alegre y risueña, no se intimidaba, y si sabía usar la boca, no menos sabía servirse de las manos: la aguja corría tan ligera como la lengua, sin que por eso se olvidase del cuidado de su casa y de sus hijos, casi una docena, pues eran once; el duodécimo no llegó.

-Los pobres tienen siempre el nido lleno de crías -gruñía el propietario de la casa-. Si se pudiesen ahogar como se hace con los gatos, dejando sólo uno o dos de los más robustos, todos saldrían ganando.

-¡Dios misericordioso! -exclamaba la mujer del sastre-. Los hijos son una bendición divina, son la alegría de la casa. Cada niño, es un padrenuestro más. Si se hace difícil saciar a tantas bocas, uno se esfuerza más y encuentra consejo y apoyo en todas partes. Nuestro Señor no nos abandona si no lo abandonamos nosotros.

La propietaria estaba de acuerdo con Maren, la aprobaba con un gesto de la cabeza y le acariciaba la mejilla; lo había hecho muchas veces, e incluso la había besado, pero entonces la señora era una niña, y Maren, su niñera. Las dos se querían, y siguieron queriéndose.

Cada año, para las Navidades, de la finca del propietario enviaban provisiones a casa del sastre: un barril de harina, un cerdo, dos patos, otro barril de manteca, queso y manzanas. Todo aquello ayudaba a llenar la despensa. Entonces, Ivar Ulze se mostraba satisfecho, pero no tardaba en volver con su estribillo:

-¡Qué más da!

La casa estaba hecha un primor, con cortinas en las ventanas y también flores: claveles y balsaminas. Un alfabeto de bordadora colgaba, bien enmarcado, en la pared, y a su lado una «dedicatoria» en verso, obra de la propia Maren Ulze, que tenía maña en componer rimas. No estaba poco orgullosa de su apellido de «Ulze»; era la única palabra de la lengua que rimaba con «Sülze», que significa gelatina.

-¡No deja de ser una ventaja! -decía riendo. Estaba siempre de buen humor, y nunca se le oía decir, como a su marido: «¡Para qué!». Su expresión habitual era: «¡A Dios rogando y con el mazo dando!». Ella lo hacía así, y las cosas marchaban bien. Los hijos crecieron, dejaron el nido, se fueron a tierras lejanas y salieron todos de buena índole. Rasmus era el menor, tan hermoso de niño, que uno de los más renombrados pintores de la ciudad se brindó a pintarlo, tal como había venido al mundo. El retrato estaba ahora en el palacio real; la propietaria lo había visto allí, y reconoció al pequeño Rasmus a pesar de ir en cueros.

Pero llegaron malos tiempos. El sastre sufría de artritismo en las dos manos, se le formaron gruesos nódulos, y tanto los médicos como la curandera Stine se declararon impotentes.

-¡No hay que desanimarse! -decía Maren-. De nada sirve agachar la cabeza. Puesto que las manos del padre no pueden ayudarnos, procuraré yo dar más ligereza a las mías. El pequeño Rasmus puede también tirar de la aguja.

Se sentaba ya a la mesa de coser, cantando como una flauta; era un chiquillo muy alegre.

Pero no debía quedarse todo el día sentado allí, decía la madre; habría sido un pecado contra el pequeño; tenía también que jugar y saltar.

Juana, la hija del zuequero, era su mejor compañera de juego. Su familia era aún más pobre que la de Rasmus. No era bonita, y andaba descalza; llevaba los vestidos rotos, pues nadie cuidaba de ella, y jamás se le ocurría hacerlo ella misma; no era sino una niña, alegre como el pajarillo al sol de Nuestro Señor.

Rasmus y Juana solían jugar junto a la piedra miliar bajo el corpulento sauce.

El tenía grandes ideas; quería ser un buen sastre y vivir en la ciudad, donde había maestros que tenían diez oficiales en torno a su mesa; lo sabía por su padre. Allí se haría él oficial y luego maestro; Juana iría a visitarlo, y si sabía cocinar, prepararía la comida para los dos y tendría su propia habitación.

A Juana le parecía todo aquello un tanto improbable, pero Rasmus no dudaba de que todo sucedería al pie de la letra.

Y así se pasaban las horas bajo el viejo árbol, mientras el viento silbaba a través de sus ramas y hojas; era como si el viento cantara y el árbol recitara.

En otoño caían las hojas, y la lluvia goteaba de las ramas desnudas.

-¡Ya reverdecerán! -decía la mujer.

-¡Qué más da! -replicaba el hombre-. Año Nuevo, nuevas preocupaciones para salir del paso.

-Tenemos la despensa llena -observaba ella-. Y podemos dar gracias a la señora. Yo estoy sana y no me faltan energías. Sería un pecado quejamos.

Las Navidades las pasaban los propietarios en su finca, pero a la semana después de Año Nuevo volvían a la ciudad, donde residían durante el invierno, contentos y satisfechos, asistiendo a bailes y fiestas, invitados incluso a palacio.

La señora había recibido de Francia dos preciosos vestidos. Nunca la sastresa Maren había visto una tela, un corte y una costura como aquéllos. Pidió permiso a la propietaria para ir con su marido a ver los vestidos, pues para un sastre de pueblo era una cosa jamás vista.

El hombre los examinó sin decir palabra, y, ya de vuelta en su casa, no hizo más comentario que su habitual:

-¡Qué más da!

Y por una vez, sus palabras eran sensatas.

Los señores regresaron a la ciudad, donde se reanudaron los bailes y las fiestas; pero en medio de todas aquellos diversiones murió el anciano señor, y su esposa no pudo ya lucir sus magníficos vestidos. Quedó muy apesadumbrada y se puso de riguroso luto de pies a cabeza; no toleró ni una cinta blanca. Todos los criados iban de negro, e incluso el coche de gala fue recubierto de paño de este color.

Una noche gélida, en que brillaba la nieve y centelleaban las estrellas, llegó de la ciudad la carroza fúnebre conduciendo el cadáver, que debía recibir sepultura en el panteón familiar del cementerio del pueblo.

El administrador y el alcalde esperaban a caballo, sosteniendo antorchas encendidas, ante la puerta del camposanto. La iglesia estaba iluminada, y el sacerdote recibió el cadáver en la entrada del templo. Llevaron el féretro al coro, acompañado de toda la población. Habló el párroco y se cantó un coral. La señora se hallaba también presente en la iglesia; había hecho el viaje en el coche de gala cubierto de crespones; en la parroquia nunca habían presenciado un espectáculo semejante.

Durante todo el invierno se estuvo hablando en el pueblo de aquella solemnidad fúnebre: el «entierro del señor».

-En él se vio lo importante que era -comentaba la gente del pueblo-. Nació en elevada cuna, y fue enterrado con grandes honores.

-¡Qué más da! -dijo el sastre-. Ahora no tiene ni vida ni bienes. A nosotros al menos nos queda una de las dos cosas.

-¡No hables así! -le riñó Maren-. Ahora goza de vida eterna en el cielo.

-¿Cómo lo sabes, Maren? -preguntó el sastre-. Un muerto es buen abono. Pero ése era demasiado noble para servir de algo en la tierra; tiene que reposar en la cripta.

-¡No digas impiedades! -protestó Maren-. Te repito que goza de vida eterna.

-¿Quién te lo ha dicho, Maren? -repitió el sastre.

Maren echó su delantal sobre el pequeño Rasmus; no quería que oyese aquellos desatinos. Se lo llevó llorando, a la choza, y le dijo:

-Lo que oíste, hijo mío, no fue tu padre quien lo dijo, sino el demonio, que estaría en la habitación e imitó su voz. Reza el Padrenuestro. Lo rezaremos los dos.

Y juntó las manos del niño.

-Ahora vuelvo a estar contenta -dijo-. Confía en ti y en Dios Nuestro Señor.

Pasado un año, la viuda se puso de medio luto; la alegría había vuelto a su corazón.

Corría el rumor de que tenía un pretendiente y pensaba volver a casarse. Maren sabía algo de ello, y el párroco un poco más aún.

El Domingo de Ramos, después del sermón, habían de leerse las amonestaciones de la viuda y su prometido, el cual era algo así como picapedrero o escultor, no se sabía a ciencia cierta por aquellas fechas; Thorwaldsen y su arte no andaban todavía en todas las bocas. El nuevo propietario no era noble, aunque sí hombre de categoría. Nadie entendía a punto fijo en qué se ocupaba, pero se decía que tallaba estatuas, y era muy experto en su trabajo, además de joven y guapo.

-¡Qué más da! -dijo el sastre Ulze.

El Domingo de Ramos fueron amonestados, luego se cantó un coral y se administró la comunión. El sastre, su mujer y el pequeño Rasmus estaban en la iglesia; los padres comulgaron, pero el pequeño permaneció sentado en el banco, pues aún no había recibido la confirmación. En los últimos tiempos andaban escasos de ropas en casa del sastre; los trajes viejos estaban usadísimos y llenos de remiendos y piezas; pero aquel día los tres llevaban vestidos nuevos, aunque negros, como si asistiesen a un entierro; estaban confeccionados con las telas que habían recubierto el coche fúnebre. Había salido una chaqueta y unos pantalones para el marido, un vestido cerrado hasta el cuello para Maren, y para Rasmus, un traje completo que le serviría para la confirmación cuando llegase la hora; se lo habían hecho holgado, adrede. En toda aquella indumentaria se invirtió la totalidad de la tela que tapizaba el coche, tanto por dentro como por fuera. Nadie tenía por qué saber de dónde procedía aquel paño, y, no obstante, pronto corrió la voz; Stine la curandera y otras comadres de su misma calaña pronosticaron que aquellos vestidos llevarían la peste y la enfermedad a la casa.

-Sólo para bajar a la tumba hay que vestirse con ropas funerarias.

La Juana del zuequero lloraba al oír estos comentarios; y como resultó que desde aquel día fue empeorando la salud del sastre, se echaba de ver a quién le tocaría pronto el turno de llorar.

Y así fue.

El primer domingo después de la Trinidad falleció el sastre Ulze, y Maren quedó sola al cuidado de la casa. Y siguió llevándola y manteniéndola unida, sin perder nunca la confianza en sí misma y en Dios.

Al año siguiente, Rasmus fue confirmado. Había sonado para él la hora de trasladarse a la ciudad como aprendiz en casa de un sastre de renombre, que, si no tenía doce oficiales en su mesa, siquiera tenía uno. El pequeño Rasmus valía por medio, y estaba contento y alegre; pero Juana lloraba, pues lo quería más de lo que ella misma creyera. La mujer del sastre se quedó en la vieja casa, y continuó el negocio de su marido.

Sucedía esto por el tiempo en que se inauguró el nuevo camino real. El antiguo, que pasaba por delante de la vivienda del sastre, quedó como camino vecinal; la vegetación invadió el estanque, que pronto quedó convertido en una charca llena de lentejas de agua. Se volcó la piedra miliar, pues ya no servía de nada, pero el árbol siguió viviendo, robusto y hermoso; el viento silbaba entre sus ramas y hojas.

Se marcharon las golondrinas y se marchó también el estornino, para regresar a la primavera siguiente, y a la cuarta vez volvió también con ellos Rasmus. Había pasado el examen de oficial sastre y era un mozo guapo, aunque delgaducho. Su intención era cargarse la mochila a la espalda y marcharse a ver mundo, pero su madre deseaba retenerlo consigo. En ningún sitio se está tan bien como en casa. Los demás hijos se habían desperdigado todos, él era el más joven y debía quedarse con su madre. Trabajo no iba a faltarle, ni mucho menos; podría recorrer la comarca como sastre ambulante, trabajando quince días en un lugar y otros quince en otro. También esto sería viajar. Y Rasmus siguió el consejo de su madre.

Volvió, pues, a dormir bajo el techo de su casa natal, y, sentado al pie del viejo sauce, volvió a oír el rumor del viento soplando entre sus ramas.

Era un mozo de buena presencia, sabía cantar como un pájaro, cantar viejas y nuevas canciones. En las grandes fincas era recibido con simpatía, especialmente en casa de Klaus Hansen, el segundo entre los labradores ricos de la parroquia.

Su hija Elsa era como una bellísima flor, siempre risueña. Algunas personas mal intencionadas aseguraban que reía sólo para exhibir sus preciosos dientes, pero la verdad es que era alegre por naturaleza y aficionada a travesuras; pero todo le estaba bien.

Se prendó de Rasmus, y él de ella, pero los dos se lo guardaron. Así fue cómo el muchacho se volvió melancólico; tenía más del temperamento de su padre que del de su madre. Su buen humor se despertaba solamente cuando llegaba Elsa; entonces los dos se reían, bromeaban y hacían travesuras; pero, aunque no le faltaron buenas oportunidades, nunca le dijo una palabra de su pasión. «¡Qué más da! -pensaba-. Sus padres quieren casarla bien, y yo no tengo nada. Lo más acertado sería marcharme de aquí». Pero no podía alejarse de la finca; le parecía que un hilo lo atase a ella; para la muchacha era como un pájaro amaestrado, que cantaba y trinaba al gusto de ella.

Juana, la hija del zuequero, estaba empleada como sirvienta en la propiedad, donde tenía que hacer los trabajos más humildes; iba al prado con el carro de la leche a ordeñar las vacas junto con otras criadas, y cuando era preciso acarreaba también estiércol. Nunca entraba en las habitaciones principales, y apenas veía a Rasmus y a Elsa, pero oía que eran casi prometidos.

-Rasmus será rico -decía-. Me alegro por él -. Y sus ojos se humedecían, lo cual cuadraba muy mal con sus palabras.

Un día de mercado, Klaus Hansen se trasladó a la ciudad, acompañado de Rasmus, que, tanto a la ida como a la vuelta, viajó al lado de Elsa. Estaba loco de amor, pero no lo dio a entender en nada.

«¡Sería hora de que hablara! -pensaba la muchacha, y hay que convenir en que tenía razón-. Si no se decide, tendré que sacudírmelo».

Y pronto se habló en la casa de que el campesino más rico de la parroquia se había declarado a Elsa. Así era, en efecto, pero todo el mundo ignoraba la respuesta de la joven.

Los pensamientos daban vueltas en la cabeza de Rasmus.

Un atardecer, Elsa le puso un anillo de oro en el dedo y le preguntó qué significaba aquello.

-Noviazgo -dijo él.

-¿Y con quién crees tú? -preguntó ella.

-¿Con el rico labrador? -aventuró él.

-¡Acertaste! -exclamó Elsa, y, saludándolo con un gesto de la cabeza, se marchó.

También se marchó él, y volvió a casa de su madre fuera de sí. Se ató la mochila y se dispuso a lanzarse al mundo, a pesar de las lágrimas de la vieja.

Cortó un bastón del viejo sauce, cantando como si estuviese de buen humor porque se marchaba a ver las maravillas del ancho mundo.

-¡Qué pena para mí! -suspiró la mujer-. Pero es lo mejor y más acertado que puedes hacer, y debo resignarme. Confía en Dios y en ti, que yo espero volverte a ver alegre y contento.

Avanzaba por la nueva carretera cuando vio a Juana, que pasaba guiando un carro lleno de estiércol. Ella no se había dado cuenta de su presencia, y él prefería que no lo viese; por eso se ocultó detrás de un vallado, y Juana pasó a poquísima distancia.

Se marchó a correr mundo, nadie supo adónde. Su madre pensaba que regresaría antes de fin de año.

Verá cosas nuevas, tendrá nuevos pensamientos; es como los viejos pliegues que no pueden alisarse con la plancha. Tiene demasiado de su padre; mejor quisiera que se pareciera a mí, ¡pobre hijo mío! Pero volverá seguramente; ¡no es posible que renuncie a su madre y a su casa!

La mujer estaba dispuesta a esperar largo tiempo. Elsa esperó sólo un mes; luego se fue a encontrar secretamente a la curandera Stine, entendida en el arte de «curar», echar las cartas y decir la buenaventura; sí, sabía más que Friján. En consecuencia, conocía también el paradero de Rasmus; lo leyó en los posos del café. Se encontraba en una ciudad extranjera, pero no pudo descifrar su nombre. Había en aquella ciudad soldados y mujeres alegres. Estaba vacilando entre tomar el mosquete o una de aquellas mozas.

Elsa no podía soportar esas noticias. Gustosa daría el dinero que tenía ahorrado para redimirlo, a condición de que nadie supiera que era cosa suya.

Y la vieja Stine prometió hacer volver al muchacho; conocía un medio, peligroso para la persona interesada, pero infalible. Haría cocer en una olla una mezcla que lo forzaría a marcharse del lugar donde estuviese, fuera el que fuera, y regresar junto a la olla y al lado de su amada. Era posible que tardara meses, pero al fin acudiría, a menos que hubiese muerto.

Debía seguir sin paz ni reposo, día y noche, a través de mares y de montañas, con buen o mal tiempo, y por mucha que fuese su fatiga. Tenía que regresar a su tierra, era forzoso.

La luna estaba en su primer cuadrante, el mejor momento para el hechizo, dijo la vieja Stine. El tiempo era borrascoso, crujía el viejo sauce. Stine cortó una rama e hizo un nudo dentro; aquello contribuiría a atraer a Rasmus al hogar de su madre. Cogió musgo y siempreviva del tejado y los metió en la olla, que había puesto ya al fuego. Elsa tenía que arrancar una hoja del libro de cánticos y casualmente arrancó la última, la que contenía la fe de erratas.

-Lo mismo da -dijo la bruja, echándola al puchero.

Muchas cosas hubieron de ir a parar a aquel caldo, que debía cocer sin interrupción hasta la vuelta de Rasmus. El gallo negro de la casa de la vieja Stine tuvo que sacrificar la roja cresta, que fue también a la olla. También fue a ella la gruesa sortija de oro de Elsa, y Stine le había advertido de antemano que desaparecería para siempre. Desde luego era lista la vieja. Asimismo fueron a parar al puchero otras muchas cosas que no sabríamos enumerar. Y venga hervir, sobre el fuego vivo o sobre cenizas ardientes. Sólo ella y Elsa lo sabían.

Pasó la luna nueva, y pasó el cuarto menguante; todos los días se presentaba Elsa:

-¿Aún no lo ves venir?

-¡Sé muchas cosas! -decía Stine – y veo otras muchas. Lo que no puedo ver es si es muy largo el camino. Ya ha traspuesto las primeras montañas, ha cruzado el mar tempestuoso. El camino a través de los grandes bosques es largo. El mozo tiene ampollas en los pies y fiebre en el cuerpo, pero ha de seguir sin remedio.

-¡No, no! -dijo Elsa-. ¡Me da lástima!

-Ahora ya no puede detenerse. Si lo obligásemos a hacerlo, caería muerto en medio de la carretera.

Había transcurrido mucho tiempo. Brillaba la luna llena, el viento silbaba entre las ramas del viejo sauce, y en el cielo, iluminado por la luna se dibujaba un arco iris.

-¡Ésta es la señal! -dijo Stine-. Ahora llega Rasmus.

Pero no llegó.

-¡Larga es la espera! -dijo Stine.

-Ya estoy cansada -respondió Elsa, y sus visitas a la bruja empezaron a escasear, aparte que no le llevó más regalos.

Se serenó su espíritu, y una mañana toda la parroquia supo que Elsa había dado el sí al rico labrador.

Vio la casa y los campos, el ganado y el ajuar. Todo estaba en buenas condiciones; no había ningún motivo que aconsejase retrasar la boda.

Los grandes festejos duraron tres días, y se bailó al son de clarinetes y violines. Todos los habitantes de la parroquia fueron invitados, y también asistió la vieja Ulze, quien, terminada ya la fiesta, y después que los anfitriones se hubieron despedido de sus huéspedes y las trompetas hubieron cerrado la solemnidad, se marchó a su casa con los restos del banquete.

Había cerrado la puerta solamente con un palo. La encontró abierta a su regreso y en la casa estaba Rasmus. Acababa de llegar. ¡Santo Dios! No era sino piel y huesos, estaba pálido y demacrado.

-¡Rasmus! -exclamó su madre-. ¿Es posible que seas tú? ¡Qué enfermo pareces! Pero me alegra el tenerte aquí de nuevo.

Y le sirvió una buena comida, con las viandas que traía de la boda: asado y un pedazo de torta.

En el curso de los últimos tiempos, dijo el mozo, había pensado con gran frecuencia en su madre, en la casa y en el viejo sauce. Parecía extraño las veces que en sueños había visto el árbol y a Juana, descalza.

No mencionó a Elsa. Estaba enfermo y tuvo que acostarse; pero nosotros no creemos que fuera por culpa de la olla ni que ésta hubiera ejercido influencia alguna sobre él. Sólo la vieja Stine y Elsa lo creyeron, pero nunca hablaron de ello.

Rasmus yacía enfermo de fiebre contagiosa; por eso nadie iba a la casa del sastre, excepto Juana, la hija del zuequero, la cual rompió a llorar al ver lo acabado que estaba el joven.

El doctor le recetó algo de la farmacia, pero él se negó a tomar los medicamentos.

-¡Qué más da! -dijo.

-Tómalo y te curarás -le insistió su madre-. Confía en Dios y en ti mismo. Gustosa daría mi vida por verte otra vez con carnes en el cuerpo, cantando y silbando como antes.

Rasmus salió de su enfermedad, pero su madre se contagió, y Dios la llamó a su seno en vez de a él.

La casa quedó solitaria, solitaria y mísera.

-¡Está agotado – decían en la parroquia-. ¡Pobre Rasmus!

En el curso de sus viajes había llevado una vida desordenada. Aquello, y no la negra olla, fue lo que consumió su salud y puso la inquietud en su alma. El cabello se le aclaró y volvió gris; no hacía nada a derechas:

-¡Qué más da! -decía. Iba más a la taberna que a la iglesia.

Un anochecer de otoño se dirigía penosamente a su casa, bajo la lluvia y el viento, por el fangoso camino que conducía a la taberna. Hacía ya mucho tiempo que su madre reposaba en la sepultura. También se habían marchado las golondrinas, los estorninos y los fieles pájaros; pero Juana, la hija del zuequero, no se había ido. Fue a su encuentro y lo acompañó un trecho.

-¡Haz un esfuerzo, Rasmus!

-¡Qué más da! -respondió él.

-¡No debes decir eso! -le riñó Juana-. Acuérdate de las palabras de tu madre: «Confía en Dios y en ti». No lo haces, Rasmus, y tendrías que hacerlo. Nunca digas: «¡Qué más da!»; así no harás nunca nada.

No lo dejó hasta la puerta de su casa; pero él, en vez de entrar, se dirigió al viejo sauce, sentándose en el hito derribado.

El viento silbaba entre las ramas del árbol; era como una canción, como un discurso. Rasmus respondió hablando en voz alta, pero nadie lo oyó, aparte el árbol y el viento.

-¡Qué frío! Es hora de acostarme. ¡Dormir, dormir!

Y se fue, mas no a su casa, sino al estanque, donde cayó desfallecido. Llovía a torrentes, y el viento era helado, pero él no se daba cuenta. Cuando salió el sol, y las cornejas reanudaron su vuelo sobre el cañaveral, Rasmus despertó, medio muerto. Si se hubiese caído con la cabeza donde le quedaron los pies, no se habría vuelto a levantar; la lenteja de agua habría sido su mortaja.

Al hacerse de día, Juana volvió a casa del sastre; ella fue su amparo, lo llevó al hospital.

-Nos conocimos de niños -le dijo-. Tu madre me dio muchas veces de comer y de beber, y nunca se lo agradeceré bastante. Tú recobrarás la salud, volverás a ser un hombre y a vivir.

Y Dios dispuso que siguiera viviendo, pero la salud y las facultades se habían perdido para siempre.

Volvieron las golondrinas, reanudaron sus vuelos y se marcharon de nuevo una y otra vez. Rasmus envejeció antes de tiempo. Vivía solo en su casa, que iba decayendo visiblemente. Era pobre, más aún que Juana.

-No tienes fe -le decía ella-. Si no fuese por Dios, ¡qué nos quedaría! Tendrías que ir a tomar la comunión. Seguramente no has vuelto desde que te confirmaron.

-¡Bah! ¡Qué más da! -replicó él.

-Si dices lo que piensas, déjalo. El Señor no quiere a su mesa invitados forzados. Pero piensa en tu madre y en tu niñez. Eras un muchacho bueno y piadoso. ¿Quieres que te cante una canción de infancia?

-¡Qué más da! -replicó él.

-A mí siempre me consuela -dijo ella.

-Juana, eres una santa.

Y la miró con ojos cansados y apagados.

Juana cantó la canción, pero no leyéndola de un libro, pues no tenía ninguno, sino de memoria.

-¡Qué palabras más hermosas! -dijo él-. Pero no he podido seguirlas bien. ¡Tengo la cabeza tan pesada!

Rasmus era ya viejo, y Elsa no era joven tampoco. Nosotros mencionamos su nombre, aunque Rasmus no lo hacía nunca. Era ya abuela y tenía una nieta muy traviesa. La chiquilla jugaba con los otros niños del pueblo, y Rasmus se acercaba al grupo, apoyado en su bastón, y se quedaba parado mirándolos sonriente, como si su imaginación evocara tiempos pretéritos. La nietecita de Elsa gritaba, señalándolo:

-¡Pobre Rasmus!

Y las demás niñas seguían su ejemplo.

-¡Pobre Rasmus! -repetían, y todas se ponían a perseguir al viejo con gran griterío.

Fue un día gris y agobiante, al que siguieron otros muchos; pero después de los días agobiantes y grises, viene, al fin, uno de sol.

Una magnífica mañana de Pentecostés, la iglesia apareció adornada con verdes ramas de abedul, que impregnaban el aire con los aromas del bosque, mientras el sol brillaba sobre los bancos. Los grandes candelabros del altar estaban encendidos; se administraba la comunión, y Juana figuraba entre los fieles arrodillados, pero Rasmus no se hallaba presente. Aquella misma mañana, Dios lo había llamado a Sí.

Dios es la gracia y la misericordia.

Han transcurrido muchos años desde aquella mañana. La casa del sastre sigue en pie, pero nadie la habita; la noche menos pensada, una tormenta la hundirá. El estanque está invadido de cañas y juncos. El viento silba aún en el viejo árbol; se diría que se oye una canción: el viento la canta, el árbol la recita; si no la comprendes, ve a preguntárselo a la vieja Juana, la del asilo.

En el asilo vive, y canta su canción piadosa, aquella misma que cantó a Rasmus. Ella piensa en él y reza por él a Dios Nuestro Señor. Podría contar muchas cosas del tiempo pasado, recuerdos que murmuran en el viejo árbol.

Lo más increíble

Lo más increíble

Hans Christian Andersen

Quien fuese capaz de hacer lo más increíble, se casaría con la hija del Rey y se convertiría en dueño de la mitad del reino.

Los jóvenes -y también los viejos- pusieron a contribución toda su inteligencia, sus nervios y sus músculos. Dos se hartaron hasta reventar, y uno se mató a fuerza de beber, y lo hicieron para realizar lo que a su entender era más increíble, sólo que no era aquél el modo de ganar el premio. Los golfillos callejeros se dedicaron a escupirse sobre la propia espalda, lo cual consideraban el colmo de lo increíble.

Se señaló un día para que cada cual demostrase lo que era capaz de hacer y que, a su juicio, fuera lo más increíble. Se designaron como jueces, desde niños de tres años hasta cincuentones maduros. Hubo un verdadero desfile de cosas increíbles, pero el mundo estuvo pronto de acuerdo en que lo más increíble era un reloj, tan ingenioso por dentro como por fuera. A cada campanada salían figuras vivas que indicaban lo que el reloj acababa de tocar; en total fueron doce escenas, con figuras movibles, cantos y discursos.

-¡Esto es lo más increíble! -exclamó la gente.

El reloj dio la una y apareció Moisés en la montaña, escribiendo el primer mandamiento en las Tablas de la Ley: «Hay un solo Dios verdadero».

Al dar las dos se vio el Paraíso terrenal, donde se encontraron Adán y Eva, felices a pesar de no disponer de armario ropero; por otra parte, no lo necesitaban.

Cuando sonaron las tres, salieron los tres Reyes Magos, uno de ellos negro como el carbón; ¡qué remedio! El sol lo había ennegrecido. Llevaban incienso y cosas preciosas.

A las cuatro se presentaron las estaciones: la Primavera, con el cuclillo posado en una tierna rama de haya; el Verano, con un saltamontes sobre una espiga madura; el Otoño, con un nido de cigüeñas abandonado -pues el ave se había marchado ya-, y el Invierno, con una vieja corneja que sabía contar historias y antiguos recuerdos junto al fuego.

Dieron las cinco y comparecieron los cinco sentidos: la Vista, en figura de óptico; el Oído, en la de calderero; el Olfato vendía violetas y aspérulas; el Gusto estaba representado por un cocinero, y el Tacto, por un sepulturero con un crespón fúnebre que le llegaba a los talones.

El reloj dio las seis, y apareció un jugador que echó los dados; al volver hacia arriba la parte superior, salió el número seis.

Vinieron luego los siete días de la semana o los siete pecados capitales; los espectadores no pudieron ponerse de acuerdo sobre lo que eran en realidad; sea como fuere, tienen mucho de común y no es muy fácil separarlos.

A continuación, un coro de monjes cantó la misa de ocho.

Con las nueve llegaron las nueve Musas; una de ellas trabajaba en Astronomía; otra, en el Archivo histórico; las restantes se dedicaban al teatro.

A las diez salió nuevamente Moisés con las tablas; contenían los mandamientos de Dios, y eran diez.

Volvieron a sonar campanadas y salieron, saltando y brincando, unos niños y niñas que jugaban y cantaban: «¡Ahora, niños, a escuchar; las once acaban de dar!».

Y al dar las doce salió el vigilante, con su capucha, y con la estrella matutina, cantando su vieja tonadilla:

¡Era medianoche, cuando nació el Salvador!

Y mientras cantaba brotaron rosas, que luego resultaron cabezas de angelillos con alas, que tenían todos los colores del iris.

Resultó un espectáculo tan hermoso para los ojos como para los oídos. Aquel reloj era una obra de arte incomparable, lo más increíble que pudiera imaginarse, decía la gente.

El autor era un joven de excelente corazón, alegre como un niño, un amigo bueno y leal, y abnegado con sus humildes padres. Se merecía la princesa y la mitad del reino.

Llegó el día de la decisión; toda la ciudad estaba engalanada, y la princesa ocupaba el trono, al que habían puesto crin nuevo, sin hacerlo más cómodo por eso. Los jueces miraban con pícaros ojos al supuesto ganador, el cual permanecía tranquilo y alegre, seguro de su suerte, pues había realizado lo más increíble.

-¡No, esto lo haré yo! -gritó en el mismo momento un patán larguirucho y huesudo-. Yo soy el hombre capaz de lo más increíble.

Y blandió un hacha contra la obra de arte.

¡Cric, crac!, en un instante todo quedó deshecho; ruedas y resortes rodaron por el suelo; la maravilla estaba destruida.

-¡Ésta es mi obra! -dijo-. Mi acción ha superado a la suya; he hecho lo más increíble.

-¡Destruir semejante obra de arte! -exclamaron los jueces-. Efectivamente, es lo más increíble.

Todo el pueblo estuvo de acuerdo, por lo que le asignaron la princesa y la mitad del reino, pues la ley es la ley, incluso cuando se trata de lo más increíble y absurdo.

Desde lo alto de las murallas y las torres de la ciudad proclamaron los trompeteros:

-¡Va a celebrarse la boda!

La princesa no iba muy contenta, pero estaba espléndida, y ricamente vestida. La iglesia era un mar de luz; anochecía ya, y el efecto resultaba maravilloso. Las doncellas nobles de la ciudad iban cantando, acompañando a la novia; los caballeros hacían lo propio con el novio, el cual avanzaba con la cabeza tan alta como si nada pudiese rompérsela.

Cesó el canto y se hizo un silencio tan profundo, que se habría oído caer al suelo un alfiler. Y he aquí que en medio de aquella quietud se abrió con gran estrépito la puerta de la iglesia y, «¡bum! ¡bum!», entró el reloj y, avanzando por la nave central, fue a situarse entre los novios. Los muertos no pueden volver, esto ya lo sabemos, pero una obra de arte sí puede; el cuerpo estaba hecho pedazos, pero no el espíritu; el espectro del Arte se apareció, dejando ya de ser un espectro.

La obra de arte estaba entera, como el día que la presentaron, intacta y nueva. Sonaron las campanadas, una tras otra, hasta las doce, y salieron las figuras. Primero Moisés, cuya frente despedía llamas. Arrojó las pesadas tablas de la ley a los pies del novio, que quedaron clavados en el suelo.

-¡No puedo levantarlas! -dijo Moisés-. Me cortaste los brazos. Quédate donde estás.

Vinieron después Adán y Eva, los Reyes Magos de Oriente y las cuatro estaciones, y todos le dijeron verdades desagradables: «¡Avergüénzate!».

Pero él no se avergonzó.

Todas las figuras que habían aparecido a las diferentes horas, salieron del reloj y adquirieron un volumen enorme. Parecía que no iba a quedar sitio para las personas de carne y hueso. Y cuando a las doce se presentó el vigilante con la capucha y la estrella matutina, se produjo un movimiento extraordinario. El vigilante, dirigiéndose al novio, le dio un golpe en la frente con la estrella.

-¡Muere! -le dijo- ¡Medida por medida! ¡Estamos vengados, y el maestro también! ¡adiós!

Y desapareció la obra de arte; pero las luces de la iglesia la transformaron en grandes flores luminosas, y las doradas estrellas del techo enviaron largos y refulgentes rayos, mientras el órgano tocaba solo. Todos los presentes dijeron que aquello era lo más increíble que habían visto en su vida.

-Llamemos ahora al vencedor -dijo la princesa-. El autor de la maravilla será mi esposo y señor.

Y el joven se presentó en la iglesia, con el pueblo entero por séquito, entre las aclamaciones y la alegría general. Nadie sintió envidia. ¡Y esto fue precisamente lo más increíble!

Las velas

Las velas

Hans Christian Andersen

Érase una vez una gran vela de cera, consciente de su alto rango y muy pagada de sí misma.

-Estoy hecha de cera, y me fundieron y dieron forma en un molde -decía-. Alumbro mejor y ardo más tiempo que las otras luces; mi sitio está en una araña o en un candelabro de plata.

-Debe ser una vida bien agradable la suya -observó la vela de sebo-. Yo no soy sino de sebo, una vela sencilla, pero me consuelo pensando que siempre vale esto más que ser una candela de a penique. A ésta le dan un solo baño, y a mí me dan ocho; de ahí que sea tan resistente. No puedo quejarme.

Claro que es más distinguido haber nacido de cera que haber nacido de sebo, pero en este mundo nadie dispone de sí mismo. Ustedes están en el salón, en un candelabro o en una araña de cristal; yo me quedo en la cocina. Pero tampoco es mal sitio; de allí sale la comida para toda la casa.

-Sí, pero hay algo más importante que la comida -replicó la vela de cera-: la vida social. Brillar y ver brillar a los demás. Precisamente esta noche hay baile. No tardarán en venir a buscarnos, a mí y toda mi familia.

Apenas terminaba de hablar cuando se llevaron todas las velas de cera, y también la de sebo. La señora en persona la cogió con su delicada mano y la llevó a la cocina, donde había un chiquillo con un cesto, que llenaron de patatas y unas pocas manzanas. Todo lo dio la buena señora al rapazuelo.

-Ahí tienes también una luz, amiguito -dijo-. Tu madre vela hasta altas horas de la noche, siempre trabajando; tal vez le preste servicio.

La hija de la casa estaba también allí, y al oír las palabras «hasta altas horas de la noche», dijo muy alborozada:

-Yo también estaré levantada hasta muy tarde. Tenemos baile, y llevaré los grandes lazos colorados.

¡Cómo brillaba su carita! Daba gusto mirarla. Ninguna vela de cera es capaz de brillar como dos ojos infantiles.

«¡Qué emocionante!», pensó la vela de sebo-. Nunca lo olvidaré; seguramente no volveré a ver una cosa parecida.

La metieron en la cesta, debajo de la tapa, y el niño se marchó con ella.

«¿Adónde me llevarán? -pensaba la vela-. A casa de gente pobre, donde no me darán tal vez ni una mala palmatoria de latón, mientras la bujía de cera está en un candelabro de plata y ve a personas distinguidísimas. ¡Qué espléndido debe ser eso de lucir para la gente distinguida! Estaba de Dios que yo había de ser de sebo y no de cera».

Y la vela llegó a una casa pobre, la de una viuda con tres hijos que se apretujaban en una habitación reducida y de bajo techo, frente a la morada de los ricos señores.

-¡Bendiga Dios a la buena señora por lo que nos ha dado! -dijo la madre-. ¡Qué vela más estupenda! Durará hasta muy avanzada la noche.

Y la encendieron.

-¡Qué asco! -dijo-. Me han encendido con una cerilla apestosa. No le ocurrirá esto a la vela de cera de la casa de enfrente.

También en ella encendieron las luces, y su brillo irradió a la calle. Se oía el ruido de los coches que conducían a los invitados, y sonaba la música.

«Ahora empiezan allí -pensó la vela de sebo, y le vino a la memoria la radiante carita de la rica muchacha, más radiante que todas las velas de cera juntas-. Aquel espectáculo no lo veré nunca más». En esto llegó a la humilde vivienda el menor de los hijos, una chiquilla. Pasando los brazos alrededor del cuello de su hermano y hermana, les comunicó algo muy importante, algo que tenía que decirse al oído:

-Esta noche, ¡fijaos!, esta noche vamos a comer patatas fritas.

Y su rostro brilló de felicidad. La vela, que le daba de frente, vio reflejarse una alegría, una dicha tan grande como la que viera en la casa rica, donde la niña había dicho:

-Esta noche tenemos baile, y llevaré los grandes lazos colorados.

«¿Tan importante es eso de comer patatas fritas? -pensó la vela de sebo-. La alegría de estos niños es tan grande como la de aquella chiquilla». Y estornudó; quiero decir que chisporroteó; más no puede hacer una vela de sebo.

Pusieron la mesa y se comieron las patatas. ¡Qué ricas estaban! Fue un verdadero banquete; y además les tocó una manzana a cada uno. El niño más pequeño recitó aquel verso:

Dios bondadoso sea alabado,
que otra vez hoy nos ha saciado.
Amén.

-¿Lo he recitado bien, madre? -dijo el pequeño.

-No tienes que pensar en ti mismo -le reprendió la madre sino sólo en Dios Nuestro Señor, que te ha dado una cena tan buena.

Los niños se acostaron, su madre les dio un beso, y enseguida se quedaron dormidos, mientras la mujer estuvo cosiendo hasta altas horas de la noche, para ganar el sustento de sus hijos y el propio. Fuera, desde la casa rica, llegaba la luz y la música. Las estrellas centelleaban sobre todas las moradas, las de los ricos y las de los pobres, con igual belleza e intensidad.

«A fin de cuentas ha sido una hermosa velada -pensó la vela de sebo-. ¿Lo habrán pasado mejor las de cera en sus candelabros de plata? Me gustaría saberlo antes de acabar de consumirme».

Y pensó en las dos niñas, que habían sido igualmente felices: una, iluminada por la luz de cera, y otra, por la de sebo.

Y ésta es toda la historia.