Tormenta en el río

Dino Buzzati

Los juncos, las hierbas de la orilla, las pequeñas matas de los sauces y los árboles grandes vieron llegar también aquel domingo de septiembre al señor mayor vestido de blanco.

Muchos años antes -solo los troncos más viejos lo recuerdan vagamente- un desconocido había empezado a pescar en aquel remanso solitario de aguas quietas y profundas. Cuando hacía buen tiempo, todas las fiestas regresaba puntualmente.

Un día había dejado de venir solo; con él estaba un niño que jugaba entre las plantas y tenía una vocecita clara. Lentamente habían pasado los años: el señor cada vez más fatigado, el chico cada vez más grande. Y al final, un domingo de primavera, el viejo no apareció más. Llegó únicamente el mozo, que se puso a pescar, solo.

Luego el tiempo siguió consumiéndose. El mozo, que volvía de cuando en cuando, perdió aquella su voz límpida, también él comenzó a envejecer. Pero también él un día regresó acompañado.

Una larga historia a la que todo el bosque es aficionado El segundo chico se hizo mayor y su padre no se dejó ver más. Todo esto, sin embargo, se ha confundido en la memoria de las plantas. Hace algunos años que los pescadores vuelven a ser dos. También el mes pasado, con el señor vestido de blanco vino el niño, que se sentó con su pequeña caña y empezó a pescar.

Las plantas los vuelven a ver con gusto, los esperan incluso toda la semana, en aquel gran aburrimiento del río. Se distraen observándolos; oyendo las cosas que dice el niño, su voz fina que resuena tan bien entre las hojas; viéndolos inmóviles a los dos, sentados en la orilla, tranquilos como el río que se remansa mientras por encima pasan las nubes.

Algún insecto volador ha contado que padre e hijo viven en una gran casa en la colina cercana. Pero el bosque no sabe quiénes son con exactitud. Lo que sí sabe es que todas las cosas tienen su conclusión, que tarde o temprano también el señor anciano no podrá volver más y que dejará venir al mozo solo.

Hoy también, a la hora acostumbrada, se ha oído el rumor de las hojas moviéndose. Se ha oído un paso aproximándose. Pero el señor ha aparecido solo, un poco encorvado, un poco magro y cansado. Se ha dirigido a la pequeña cabaña medio escondida entre la maleza donde se guardan desde tiempo inmemorial los aparejos de pesca. Esta vez el señor se demora más de lo acostumbrado a revolver entre las viejas cosas en la caseta silenciosa.

Ahora todo está inmóvil y quieto; la campana de la iglesia cercana ha dejado de sonar. El pescador se ha quitado la chaqueta. Sentado al pie de un chopo, sujetando su caña, dejando tendido el sedal en el agua, forma una mancha blanca entre el verde. En el cielo hay dos grandes nubes, una con hocico de perro, la otra con forma de botella.

El bosque está ansioso porque el niño no viene. Las otras veces las plantas acuáticas se agitaban adrede para ahuyentar a los peces y enviárselos al pequeño pescador. Resulta más bien irritante ese hombre solo con esa cara demacrada y pálida. Pero aunque los peces no acudan, el señor no se enfada. Sujetando en alto la caña, mira en derredor con lentitud.

Las cañas de la orilla del río atienden ahora a una gruesa viga cuadrada. Se ha quedado atascada entre las hierbas y aprovecha para contar una historia; explica que pertenecía a un puente, que se cansó de aquel trabajo, que cedió por la rabia que le tenía al peso, haciendo venirse todo abajo. Las cañas la escuchan, luego murmuran algo entre ellas, extienden en torno un rumor que se propaga por el prado hasta las ramas de los árboles y se difunde con el viento.

Ahora el pescador alza la cabeza, mira en derredor como si también él hubiera oído. De la cercana cabaña llegan dos o tres golpecitos secos de origen misterioso. Dentro de ella se ha quedado encerrada una vieja mosca. Se ha despistado y da vueltas, vacilante, por la estancia. De cuando en cuando se para y se queda escuchando. Sus compañeras han desaparecido. Quién sabe dónde habrán ido. Extraña, esta atmósfera pesada.

La mosca no se da cuenta de que es otoño, golpea aquí y allá. Se oyen los pequeños choques de su cuerpo gordo que tropieza contra el ventanuco. Al fin y al cabo, no hay ninguna razón para que las otras se hayan ido. A través de los cristales se alcanza a ver una nube de tormenta.

El señor ha encendido un cigarro. De cuando en cuando sale de las ramas hacia arriba una bocanada de humo azul. El niño no vendrá ya, la tarde está demasiado avanzada. La mosca ha conseguido huir de la cabaña por fin. El sol ha desaparecido entre las nubes. Hace poco, el viento ha empujado la viga, la ha apartado de las cañas, abandonándola a las aguas libres. La historia ha quedado interrumpida. El madero se aleja, condenado a pudrirse en el mar.

La tormenta se forma, pero el pescador no se ha movido, siempre inmóvil, con la espalda apoyada en el tronco. Del cigarro, que se ha dejado caer encendido sobre el prado, se escapa el humo que el viento desgarra. Las nubes que se han vuelto negras dejan caer un poco de lluvia. Aquí y allá, en el agua se forman círculos nítidos que se van haciendo mayores. En la cabaña cercana se repiten con más insistencia los golpes inexplicables. Quién sabe por qué el señor no se va. Una gota ha dado justamente en la brasa del cigarro y lo ha apagado con un sutil rumor.

De una grieta del cielo, a poniente, llega una luz fría y blanca de emboscadas. El viento azota los árboles, arranca de ellos una voz fuerte; mueve también la chaqueta blanca colgada de una rama. Ahora los árboles grandes, las pequeñas matas de los sauces, las hierbas de la orilla y las plantas acuáticas comienzan a comprender. Parece que el pescador se haya dormido, pese a que desde el final del horizonte los truenos se aproximan. Su cabeza está inclinada hacia delante, su barbilla presiona contra su pecho.

Las hierbas sumergidas en el agua se agitan entonces para ahuyentar los peces y enviarlos, como las otras veces, hacia el sedal, pero la caña del pescador, ya no sujeta, ahora ha descendido lentamente; su punta está sumergida en el agua. Al dar contra ella, la plácida corriente se encrespa apenas.

Una muchacha que cae

Dino Buzzati.

Con despecho comprendió que una treintena de metros más abajo otra muchacha caía. Era sin dudas más bella que ella y llevaba un vestido de media tarde con mucha clase. Quién  sabe por qué, la otra descendía a una velocidad  muy  superior a la suya, hasta el punto que en pocos instantes la distanció y desapareció allá abajo, a pesar de los llamados de Marta. Sin duda iba a llegar a la fiesta antes que ella; tal vez era un  plan calculado de antemano para suplantarla.

Luego Marta se dio cuentade que ellas dos no eran las únicas que caían. A todo el largo de los flancos del rascacielos, otras mujeres jóvenes se deslizaban  en  el vacío, las caras tensas por la excitación del vuelo, agitando festivamente las manos como para decir: aquí estamos, aquí venimos, es nuestra hora, festéjennos, ¿no  es verdad  que el mundo es nuestro?

¿Y si?

Dino Buzzati.

Él era el Dictador. Pocos minutos antes había finalizado, en la Sala del Supremo Konzern, el informe del Congreso Universal de las Hermandades, al término del cual la moción de sus adversarios fue desestimada por aplastante mayoría. Por lo cual, Él era el Personaje más Poderoso del País Y Todo Aquello Que Se Refería A Él En Adelante Se Escribiría O Diría Con Mayúsculas, Por El Tributo De Honor.

Había llegado, pues, a la meta final de la vida y no podía ya desear nada más. ¡A los cuarenta y cinco años, el Dominio de la Tierra! ¡Y no lo había conseguido con la violencia, según es uso y costumbre, sino con el trabajo, la fidelidad, la austeridad, el sacrificio de los esparcimientos, de las carcajadas, de los goces físicos y de las sirenas mundanas. Estaba pálido y llevaba gafas; sin embargo, nadie estaba por encima de él. Asimismo, se sentía un poco cansado. Pero feliz.

Una salvaje felicidad, tan intensa que casi resultaba dolorosa, lo invadía hasta lo más profundo del alma, mientras recorría a pie, democráticamente, las calles de la ciudad, meditando sobre su propio éxito.

Él era el Gran Músico que poco antes había oído en el Teatro Imperial de la Ópera las notas de su obra maestra levitar y expandirse en el corazón del público anhelante, conquistando el triunfo; y en los oídos le resonaban todavía las grandes cataratas de los aplausos puntuadas de alaridos delirantes, como jamás los había oído, ni para los demás ni para sí; en esos aplausos había éxtasis, llanto, entrega.

Él era el Gran Cirujano que, una hora antes, ante un cuerpo humano ya absorbido por las tinieblas, en medio del espanto de los ayudantes que lo tomaron por loco, se había atrevido a aquello que nadie había podido nunca ni siquiera imaginar, haciendo surgir con sus mágicas manos la lucecita superviviente de las profundidades incognoscibles del cerebro, allá donde la última partícula de vida había anidado como el gozque moribundo que se arrastra a la soledad del bosque para que nadie asista a su deshonrosa humillación final. Y él había liberado aquella microscópica llamita de la pesadilla, casi recreándola, hasta el punto de que el difunto había vuelto a abrir los ojos, y sonreído.

Él era el Gran Banquero recién salido de una catastrófica tenaza de maniobras que debían triturarlo y, en cambio, su golpe de genio las había revuelto súbitamente contra los enemigos, derribándolos. Por lo que, en el frenético crescendo de los teléfonos enloquecidos, de las calculadoras y de los teletipos electrónicos, su masa crediticia se había agigantado de una capital a la otra como un nubarrón de oro; sobre el cual, ahora, se alzaba victorioso.

Él era el Gran Científico que, en un impulso de inspiración divina, en la mísera estrechez de su estudio, había intuido poco antes la sublime potencia de la fórmula definitiva; razón por la cual los gigantescos esfuerzos mentales de centenares de sabios colegas esparcidos por el mundo se tornaban de golpe, comparativamente, en ridículos e insensatos balbuceos; y, por lo tanto, él saboreaba la beatitud espiritual de tener en su mano la última Verdad, como a una dulce e irresistible criatura que le pertenecía.

Él era el Generalísimo que, rodeado de ejércitos superiores, había transformado, con astucia y mando, su menoscabado y tambaleante ejército en una horda de titanes desencadenados; y el cerco de hierro y de fuego que lo sofocaba se había resquebrajado en pocas horas, y las formaciones enemigas se habían deshecho en aterrorizados jirones.

Él era el Gran Industrial, el Gran Explorador, el Gran Poeta, el hombre que ha vencido definitivamente, tras larguísimos años de trabajo, de oscuridad, de economías, de interminables fatigas, y cuyas huellas, ay de mí, están impresas indeleblemente en el cansado rostro, por lo demás exultante y luminoso.

Era una estupenda mañana de sol, era un crepúsculo tempestuoso, era una tibia noche de luna, era una gélida tarde de tormenta, era un alba purísima de cristal, era sólo la hora extraña y maravillosa de la victoria que pocos hombres conocen. Y él caminaba extraviado en aquella indecible exaltación, mientras los palacios se extendían en torno con formas apropiadas, con la evidente intención de honrarle. Si no se doblaban en ademán de reverencia, era sólo porque estaban hechos de piedras, hierro, cemento y ladrillos; de allí su rigidez. Y también las nubes del cielo, beatos fantasmas, se disponían en círculo, en fajas superpuestas, formando una especie de corona.

Pero entonces -él estaba atravesando los jardines del Almirantazgo-, sus ojos, por casualidad, de soslayo, se posaron sobre una joven mujer.

En aquel punto, lateralmente, se extendía, realzada, una especie de terraza, circundada por una balaustrada de hierro forjado. La muchacha estaba acodada en la balaustrada y miraba distraídamente hacia abajo.

Tendría unos veinte años, era pálida, y entreabría perezosamente los labios en expresión de rendida y muelle apatía. Su negrísimo pelo, peinado hacia arriba formando un ancho moño -ala de cuervo jovencito- sombreaba la frente. También ella aparecía como difusa por causa de una nube. Era bellísima.

Llevaba un sencillo suéter de color gris y una falda negra muy ceñida en el talle. Apoyado el peso del cuerpo en la balaustrada, las caderas desbordaban libremente al sesgo, en actitud felina. Podía ser una estudiante de la bohemia de vanguardia, uno de esos tipos que logran hacer una elegancia casi ofensiva de la extralimitación y de la impertinencia. Llevaba grandes gafas azules. En la palidez del rostro, le impresionó el rojo crudo de los labios, suavemente relajados.

De abajo arriba -pero fue una fracción infinitesimal de segundo-, vislumbró, a través de la reja de la balaustrada, aquellas piernas femeninas, no demasiado, porque los pies estaban tapados por los bordes de la terraza y la falda era más bien larga. Sin embargo, sus ojos percibieron la silueta proterva de las pantorrillas que, desde los finos tobillos, se ensanchaban en esa progresión carnal que todos conocemos, oculta en seguida por el borde de la falda. A pleno sol, el pelo rojizo llameó. Podía ser una buena hija de familia, podía ser una mujer de teatro, podía ser una pobre tunanta. ¿O acaso una chica perdida?

Cuando pasó frente a ella, la distancia sería de dos metros y medio a tres. Fue sólo un instante, pero pudo verla muy bien.

No por interés, sino sin duda más bien por indiferencia suprema -por no cuidar ella, entregada al aburrimiento, de controlar siquiera las miradas-, la chica lo miró.

Tras haberla atisbado fugazmente, él desvió los ojos al frente, por decoro, tanto más cuanto que el secretario y otros dos acólitos lo seguían.

Pero no supo resistirse y, con la mayor rapidez posible, volvió de nuevo la cabeza para verla.

La chica lo miró de nuevo. A él incluso le pareció -pero debía tratarse de una sugestión- que los exangües y voluptuosos labios se estremecían, como quien se dispone a hablar.

Basta. Por pura decencia, no podía arriesgarse más. Ya no volvería a verla. Bajo la lluvia torrencial, cuidó de no meter los pies en los charcos del suelo. Le pareció percibir un vago calor en la nuca, como si un hálito lo rozase. Quizás, quizás, ella lo seguía mirando.

Apresuró el paso.

Pero en aquel preciso instante se percató de que algo le faltaba. Una cosa esencial, importantísima. Jadeó. Se dio cuenta con espanto de que la felicidad de antes, aquella sensación de saciedad y de victoria, había cesado de existir. Su cuerpo era un triste peso, y numerosas molestias lo aguardaban.

-¿Por qué? ¿Qué había pasado? ¿Acaso no era el Dominador, el Gran Artista, el Genio? ¿Por qué ya no lograba ser feliz?

Caminaba. Ahora, el jardín del Almirantazgo se encontraba a sus espaldas. Quién sabe dónde estaría la chica a estas horas.

¡Qué absurdo, qué estupidez! Por haber visto a una mujer.

¿Enamorado? ¿Así, de golpe? No, ésas no eran cosas para él. Una chica desconocida, quizás incluso de poca calidad. Y, sin embargo… Y, sin embargo, allí donde pocos instantes antes vibraba un contento desenfrenado, ahora se extendía un árido desierto.

Ya no volvería a verla. Nunca sabría quién era. No hablaría jamás con ella. Ni con ella ni con las semejantes a ella. Envejecería sin siquiera dirigirles la palabra. Envejecido en medio de la gloria, sí, pero sin aquella boca, sin aquellos ojos de lacerante apatía, sin aquel cuerpo misterioso.

¿Y si él, sin saberlo, lo hubiese hecho todo por ella? ¿Por ella y las mujeres como ella, las desconocidas, las peligrosas criaturas que jamás había tocado? ¿Y si los años eternos de clausura, de fatigas, de rigor, de pobreza, de disciplina, de renuncias, hubiesen tenido sólo aquel objeto; si en lo profundo de sus desnudas maceraciones hubiese estado al acecho aquel tremendo deseo? ¿Si detrás del afán de celebridad y de poder, bajo estas miserables apariencias, lo hubiese impelido tan sólo el amor?

Pero él nunca había comprendido algo como esto, ni lo había sospechado, ni siquiera en broma. Sólo pensarlo le habría parecido una escandalosa locura.

Por ello, los años habían pasado inútilmente. Y hoy, ya era demasiado tarde.