El tamborcillo sardo

Edmundo de Amicis

Durante la primera jornada de la batalla de Custozza, el 24 de julio de 1848, sesenta soldados de un regimiento de infantería de nuestro ejército, que habían sido enviados a una altura para ocupar cierta casa solitaria, se vieron de pronto asaltados por dos compañías de soldados austriacos. Atacándolos por varios lados, éstos apenas les dieron tiempo de refugiarse en la morada y de reforzar precipitadamente la puerta, después de haber dejado algunos muertos y heridos en el campo.

Asegurada la puerta, los nuestros acudieron a las ventanas del piso bajo y del primer piso y comenzaron a hacer certero fuego sobre los sitiadores, los cuales, acercándose poco a poco, colocados en forma de semicírculo, respondían vigorosamente. Los sesenta soldados italianos eran dirigidos por dos oficiales subalternos y un capitán viejo, alto, seco, severo, con el pelo y el bigote blancos. Estaba con ellos un tamborcillo sardo, muchacho de poco más de catorce años, que representaba escasamente doce, de cara morena aceitunada, con ojos negros y hundidos, que echaban chispas.

El capitán, desde una habitación del piso primero, dirigía la defensa, dando órdenes que parecían pistoletazos, sin que se viera en su cara de hierro ningún signo de conmoción. El tamborcillo, un poco pálido, pero firme sobre sus piernas, subido sobre una mesa, alargaba el cuello, agarrándose a las paredes, para mirar fuera de las ventanas y veía a través del humo, por los campos, las blancas divisas de los austriacos, que iban avanzando lentamente. La casa estaba situada en la cima de una escabrosísima pendiente, y no tenía por el lado de la cuesta más que una ventanilla alta, correspondiente a un cuarto del último piso; por eso los austriacos no amenazaban la casa por aquella parte, y en la cuesta no había nadie: el fuego se dirigía contra la fachada y los dos flancos.

Pero era un fuego infernal, una nutrida granizada de balas, que, por afuera, rompía paredes y despedazaba tejas, y, por dentro, deshacía techumbres, muebles, puertas, arruinándolo todo, arrojando al aire astillas, nubes de yeso y fragmentos de trastos, útiles y cristales, silbando, rebotando, rompiéndolo todo con un fragor que ponía los pelos de punta. De vez en cuando, uno de los soldados que disparaban desde las ventanas caía dentro, al suelo, y era echado a un lado. Algunos iban vacilantes de cuarto en cuarto, apretándose una herida con las manos.

En la cocina había ya un muerto, con la frente abierta. El cerco de los enemigos se estrechaba. Llegó un momento en que se vio al capitán, hasta entonces impasible, dar muestras de inquietud y salir precipitadamente del cuarto, seguido de un sargento. Al cabo de tres minutos, volvió a la carrera el sargento y llamó al tamborcillo, haciéndole señas de que lo siguiese. El muchacho lo siguió, subiendo a escape por una escalera de madera, y entró con él en una buhardilla desmantelada, donde vio al capitán que escribía con lápiz en una hoja, apoyándose en la ventanilla, y teniendo a sus pies, sobre el suelo, una cuerda de pozo.

El capitán dobló la hoja y dijo bruscamente, clavando sobre el muchacho sus pupilas grises y frías, ante las cuales todos los soldados temblaban:

-¡Tambor! -El tamborcillo se llevó la mano a la visera. El capitán agregó-: Tú tienes valor.

Los ojos del muchacho relampaguearon.

-Sí, mi capitán -respondió.

-Mira allá abajo -dijo el capitán llevándolo a la ventana-, en el suelo, junto a la casa de Villafranca, donde brillan aquellas bayonetas. Allí están los nuestros, inmóviles. Toma este papel, agárrate a la cuerda, baja por la ventanilla, atraviesa a escape la cuesta, corre por los campos, llega adonde están los nuestros, y entrega el papel al primer oficial que veas. Quítate el cinturón y la mochila.

El tambor se quitó el cinturón y la mochila, y se colocó el papel en el bolsillo del pecho; el sargento echó afuera la cuerda y agarró con las dos manos uno de los extremos; el capitán ayudó al muchacho a saltar por la ventana, vuelto de espaldas al campo.

-Ten cuidado -le dijo-; la salvación del destacamento está en tu valor y en tus piernas.

-Confíe usted en mí, mi capitán -dijo el tambor saliendo fuera.

-Agáchate al bajar -dijo el capitán, agarrando la cuerda junto con el sargento.

-No tenga usted cuidado.

-Dios te ayude.

Pocos momentos más tarde el tamborcillo estaba en el suelo; el sargento tiró de la cuerda para arriba, y desapareció; el capitán se asomó precipitadamente a la ventanilla, y vio al muchacho que corría por la cuesta abajo.

Esperaba ya que hubiese conseguido huir sin ser observado, cuando cinco o seis nubecillas de polvo que se destacaron del suelo, delante y detrás del muchacho, le advirtieron que había sido descubierto por los austriacos, los cuales disparaban hacia abajo, desde lo alto de la cuesta. Aquellas pequeñas nubes eran tierra echada al aire por las balas. Pero el tambor seguía corriendo precipitadamente. Al cabo de un rato, exclamó consternado:

-¡Muerto!

Pero no había acabado de decir la palabra, cuando vio levantarse al tamborcillo.

“¡Ah, no ha sido más que una caída!”, se dijo, y respiró. El tambor, en efecto, volvió a correr con todas sus fuerzas, pero cojeaba. “Se ha torcido un pie”, pensó el capitán. Alguna nubecilla de polvo se levantaba aquí y allá, en torno del muchacho, pero siempre más lejos. Estaba a salvo. El capitán lanzó una exclamación de triunfo. Pero siguió acompañándolo con los ojos, temblando, porque era cuestión de minutos. Si no llegaba pronto abajo con la esquela en que pedía inmediato socorro, todos sus soldados caerían muertos, o tendría que rendirse y caer prisionero con ellos.

El muchacho corría rápidamente un rato; después detenía el paso cojeando; tomaba carrera luego de nuevo, pero a cada instante necesitaba detenerse. “Quizá ha sido una contusión en el pie por una bala”, pensó el capitán. Reparaba, temblando, en todos sus movimientos, y, excitado, le hablaba como si pudiera oírlo. Medía incesantemente con la vista el espacio que mediaba entre el muchacho que corría y el círculo de armas que veía allá lejos, en la llanura, en medio de los campos de trigo dorados por el sol. Mientras tanto escuchaba el silbido y el estruendo de las balas en las habitaciones de abajo, las voces de mando y los gritos de rabia de los oficiales y los sargentos; los agudos lamentos de los heridos, y el ruido de los muebles que se rompían, y del yeso que se desmoronaba.

-¡Ánimo! ¡Valor! -gritaba, siguiendo con la mirada al tamborcillo que se alejaba-. ¡Adelante! ¡Corre! ¡Se detiene!… ¡Maldición! ¡Ah, vuelve a emprender la marcha!

Un oficial subió anhelante a decirle que los enemigos, sin interrumpir el fuego, agitaban un pañuelo blanco para intimar la rendición.

-¡Que no se responda! -gritó el capitán, sin apartar la mirada del muchacho, que estaba ya en la llanura, pero que no corría, y parecía que desalentaba al llegar-. ¡Anda!… ¡Corre!… -decía el capitán apretando los dientes y los puños-; desángrate, muere, desgraciado, pero llega.

Después lanzó una imprecación horrible.

-¡Ah! El infame holgazán se ha sentado.

El muchacho, en efecto, a quien hasta entonces se había visto sobresalir por encima de un campo de trigo, se había perdido de vista, como si se hubiese caído. Pero al cabo de un momento, su cabeza volvió a verse fuera; al fin se perdió detrás de los sembrados, y el capitán ya no lo vio más.

Entonces bajó impetuosamente; las balas llovían; los cuartos estaban llenos de heridos, algunos de los cuales daban vueltas como borrachos, agarrándose a los muebles; las paredes y el suelo estaban teñidos de sangre; los cadáveres yacían en los umbrales de las puertas; el teniente tenía el brazo derecho destrozado por una bala; el humo y la pólvora lo envolvían todo.

-¡Ánimo! -gritó el capitán-. ¡Firmes en sus puestos! ¡Van a venir socorros! ¡Un poco de valor aún!

Los austriacos se habían acercado más; se veían, ya entre el humo, sus caras descompuestas; se oía, entre el estrépito de los tiros, su gritería salvaje, que insultaba, intimaba la rendición y amenazaba con el degüello. Algún soldado, aterrorizado, se retiraba detrás de las ventanas, y los sargentos lo empujaban hacia adelante.

Pero el fuego de los sitiados aflojaba, el desaliento se veía en todos los rostros; no era ya posible llevar más allá la resistencia. Llegó un momento en que el ataque de los austriacos se hizo más sensible, y una voz de trueno gritó, primero en alemán, en italiano después:

-¡Ríndanse!

-¡No! -gritó el capitán desde una ventana.

Y el fuego volvió a empezar más certero y más rabioso por ambas partes. Cayeron otros soldados. Ya había más de una ventana sin defensores. El momento fatal era inminente. El capitán gritaba con voz que se le ahogaba en la garganta:

-¡No vienen! ¡No vienen!

Y corría furioso de un lado a otro, arqueando el sable con su mano convulsa, resuelto a morir. Entonces un sargento, bajando de la buhardilla, gritó con voz estentórea:

-¡Ya llegan!

-¡Ya llegan! -repitió con un grito de alegría el capitán.

Al oír aquellos gritos, todos, sanos, heridos, sargentos, oficiales, se asomaron a las ventanas, y la resistencia se redobló ferozmente otra vez. De allí a pocos instantes se notó una especie de vacilación y un principio de desorden entre los enemigos. De pronto, muy de prisa, el capitán reunió a algunos soldados en el piso bajo para contener el ímpetu de fuera, con bayoneta calada. Después volvió arriba. Apenas llegó, oyó un rumor de pasos precipitados, acompañado de un “¡Hurra!” formidable, y vieron desde las ventanas avanzar entre el humo los sombreros apuntados de los carabineros italianos, un escuadrón a escape tendido, y un brillante centelleo de espadas que hendían el aire, en molinete por encima de las cabezas, sobre los hombros y encima de las espaldas; entonces el pequeño piquete reunido por el capitán salió a bayoneta calada fuera de la puerta. Los enemigos vacilaron, se resolvieron y, al fin, emprendieron la retirada: el terreno quedó desocupado, la casa estuvo libre, y poco después dos batallones de infantería italianos y dos cañones ocuparon la altura.

El capitán, con los soldados que le quedaron, se incorporó a su regimiento, peleó aún, y fue ligeramente herido en la mano izquierda por una bala, que rebotó en la bayoneta durante el último ataque. La jornada terminó con la victoria de los nuestros.

Pero, al día siguiente, habiendo vuelto a combatir, los italianos fueron vencidos a pesar de su valerosa resistencia, por un mayor número de austriacos, y la mañana del 26 tuvieron tristemente que retirarse hacia el Mincio.

El capitán, aunque herido, anduvo a pie con sus soldados, cansados y silenciosos, y llegaron a Goito al ponerse el sol sobre el Mincio; buscó en seguida a su teniente, que había sido recogido con el brazo roto por nuestra ambulancia y que debía haber llegado allí antes que él. Le indicaron una iglesia donde se había instalado precipitadamente el hospital de campaña. Se dirigió allí; la iglesia estaba llena de heridos colocados en dos filas de camas y de colchones extendidos sobre el suelo; dos médicos y varios practicantes iban y venían afanados, y oíanse gritos ahogados y gemidos.

Apenas entró el capitán, se detuvo y dirigió una mirada a su alrededor en busca de su oficial. En aquel momento, se oyó llamar por una voz apagada muy próxima:

-¡Mi capitán!

Se volvió: era el tamborcillo.

Estaba tendido sobre un catre de madera, cubierto hasta el pecho por una tosca cortina de ventana, de cuadros rosa y blancos, con los brazos fuera, pálido y demacrado, pero siempre con sus ojos brillantes como dos ascuas.

-¿Cómo, eres tú? -le preguntó el capitán, admirado, pero bruscamente-. Bravo; has cumplido con tu deber.

-He hecho lo posible -respondió el tambor.

-¿Estás herido? -dijo el capitán buscando con la vista a su teniente en las camas próximas.

-¡Qué quiere usted! -dijo el muchacho, a quien daba alientos para hablar la honra de estar herido por vez primera, sin lo cual no hubiera osado abrir la boca ante aquel capitán- corrí mucho con la cabeza baja; pero, aunque agachándome, me vieron en seguida. Hubiera llegado veinte minutos antes si no me alcanzan. Afortunadamente encontré pronto a un capitán de Estado Mayor, a quien di la esquela. Pero me costó gran trabajo bajar después de aquella caricia. Me moría de sed; temía no llegar ya; lloraba de rabia, pensando que cada minuto que tardaba se iba uno al otro mundo, allá arriba. Pero, en fin, he hecho lo que he podido. Estoy contento. ¡Pero mire usted, y dispense, mi capitán, que pierde usted sangre!

En efecto: de la palma de la mano del capitán, mal vendada, corría una gota de sangre.

-¿Quiere usted que le apriete la venda, mi capitán? Déme un momento.

El capitán dio la mano izquierda, y alargó la derecha para ayudar al muchacho a hacer el nudo y atarlo; pero el chico, apenas se alzó de la almohada, palideció, y tuvo que volver a apoyar la cabeza.

-¡Basta, basta! -dijo el capitán mirándolo y retirando la mano vendada, que el tambor quería retener-; cuida de lo tuyo, en vez de pensar en los demás, que las cosas ligeras, descuidándolas, pueden hacerse graves.

El tamborcillo movía la cabeza.

-Pero tú -agregó el capitán, observándolo atentamente- debes haber perdido mucha sangre para estar tan débil.

-¿Perdido mucha sangre? -respondió el muchacho sonriendo-. Algo más que sangre. ¡Mire!

Y se echó abajo la colcha.

El capitán retrocedió, horrorizado.

El muchacho no tenía más que una pierna: la pierna izquierda le había sido amputada por encima de la rodilla; el muñón estaba vendado con paños ensangrentados.

En aquel momento pasó un médico militar, pequeño y gordo, en mangas de camisa.

-¡Ah, mi capitán! -dijo rápidamente señalando al tamborcillo-: he aquí un caso desgraciado; esa pierna se habría salvado con nada, si él no la hubiese forzado de aquella mala manera: ¡maldita inflamación! Fue necesario cortar así. Pero es un valiente, se lo aseguro; no ha derramado una lágrima ni se le ha oído un grito. Estaba yo orgulloso, al operarlo, de que fuese un muchacho italiano; palabra de honor. Es de buena raza, a fe mía.

Y continuó su camino.

El capitán arrugó sus grandes cejas blancas, y miró fijamente al tamborcillo, subiéndole la colcha; después, lentamente, casi sin darse cuenta de ello, y mirándolo siempre, levantó la mano hasta la cabeza y se quitó el quepis:

-¡Mi capitán! -exclamó el muchacho, admirado-. ¿Qué hace, mi capitán? ¡Por mí!

Y entonces aquel tosco soldado, que no había dicho nunca una palabra suave a un inferior suyo, respondió con voz dulce y extremadamente cariñosa:

-Yo no soy más que un capitán: tú eres un héroe.

Después se arrojó con los brazos abiertos sobre el tamborcillo, y lo besó cariñosamente con todo su corazón.

El pequeño vigía lombardo

Edmundo de Amicis

En 1859, durante la guerra por el rescate de Lombardía, pocos días después de las batallas de Solferino y San Martino, donde los franceses y los italianos triunfaron sobre los austriacos, en una hermosa mañana del mes de junio, una sección de caballería de Saluzo iba a paso lento, por una estrecha senda solitaria, hacia el enemigo, explorando el campo atentamente. Mandaban la sección un oficial y un sargento, y todos miraban a lo lejos delante de sí, con los ojos fijos, silenciosos, preparándose para ver blanquear a cada momento, entre los árboles, las divisiones de las avanzadas enemigas.

Llegaron así a cierta casita rústica, rodeada de fresnos, delante de la cual sólo había un muchacho como de doce años, que descortezaba una gruesa rama con un cuchillo para proporcionarse un bastón. En una de las ventanas de la casa tremolaba al viento la bandera tricolor; dentro no había nadie: los aldeanos, izada su bandera, habían escapado por miedo a los austriacos. Apenas divisó la caballería, el muchacho tiró el bastón y se quitó la gorra. Era un hermoso niño, de aire descarado, con ojos grandes y azules, los cabellos rubios y largos; estaba en mangas de camisa y enseñaba el pecho desnudo.

-¿Qué haces aquí? -le preguntó el oficial parando el caballo-. ¿Por qué no has huido con tu familia?

-Yo no tengo familia -respondió el muchacho-. Soy expósito. Trabajo al servicio de todos. Me he quedado aquí para ver la guerra.

-¿Has visto pasar a los austriacos?

-No, desde hace tres días.

El oficial se quedó un poco pensativo, después se apeó del caballo, y dejando a los soldados allí vueltos hacia el enemigo, entró en la casa y subió hasta el tejado: no se veía más que un pedazo de campo. “Es menester subir sobre los árboles”, pensó el oficial; y bajó. Precisamente delante de la era se alzaba un fresno altísimo y flexible, cuya cumbre casi se mecía en las nubes. El oficial estuvo por momentos indeciso, mirando primero el árbol y luego a los soldados; de pronto preguntó al muchacho:

-¿Tienes buena vista, chico?

-¿Yo? -respondió el muchacho-. Yo veo un gorrioncillo aunque esté a dos leguas.

-¿Sabrías tú subir a la cima de aquel árbol?

-¿A la cima de aquel árbol, yo? En medio minuto me subo.

-¿Y sabrás decirme lo que veas desde allí arriba, si son soldados austriacos, nubes de polvo, fusiles que relucen, caballos…?

-Seguro que sabré.

-¿Qué quieres por prestarme este servicio?

-¿Qué quiero? -dijo el muchacho sonriendo-. Nada. ¡Vaya una cosa! Y después… si fuera por los alemanes, entonces por ningún precio: ¡pero por los nuestros!… Si yo soy lombardo.

-Bien; súbete, pues.

-Espere que me quite los zapatos.

Se quitó el calzado, se apretó el cinturón, echó al suelo la gorra y se abrazó al tronco del fresno.

-Pero, mira… -exclamó el oficial, intentando detenerlo como sobrecogido por un repentino temor.

El muchacho se volvió a mirarlo con sus hermosos ojos azules, en actitud interrogante.

-Nada -dijo el oficial-; sube.

El muchacho se encaramó como un gato.

-¡Miren adelante! -gritó el oficial a los soldados.

En pocos momentos el muchacho estuvo en la copa del árbol, abrazado al tronco, con las piernas entre las hojas pero con el pecho descubierto, y su rubia cabeza, que resplandecía con el sol, parecía oro. El oficial apenas lo veía: tan pequeño resultaba allí arriba.

-Mira hacia el frente, y muy lejos -gritó el oficial.

El chico, para ver mejor, sacó la mano derecha, que apoyaba en el árbol, y se la puso sobre los ojos a manera de pantalla.

-¿Qué ves? -preguntó el oficial.

El muchacho inclinó la cara hacia él, y, haciendo portavoz con su mano, respondió:

-Dos hombres a caballo en lo blanco del camino.

-¿A qué distancia de aquí?

-Media legua.

-¿Se mueven?

-Están parados.

-¿Qué otra cosa ves? -preguntó el oficial después de un instante de silencio-. Mira a la derecha.

El chico dijo:

-Cerca del cementerio, entre los árboles, hay algo que brilla; parecen bayonetas.

-¿Ves gente?

-No; estarán escondidos entre los sembrados.

En aquel momento, un silbido de bala agudísimo se sintió por el aire y fue a perderse lejos, detrás de la casa.

-¡Bájate, muchacho! -gritó el oficial-. Te han visto. No quiero saber más. Vente abajo.

-Yo no tengo miedo -respondió el chico.

-¡Baja!… -repitió el oficial-. ¿Qué más ves a la izquierda?

-¿A la izquierda?

El muchacho volvió la cabeza a la izquierda. En aquel momento otro silbido más agudo y más bajo hendió los aires. El muchacho se ocultó todo lo que pudo.

-¡Vamos -exclamó-, la han tomado conmigo!-. La bala le había pasado muy cerca.

-¡Abajo! -gritó el oficial con energía, furioso.

-En seguida bajo -respondió el chico-, pero el árbol me resguarda; no tenga usted cuidado. ¿A la izquierda quiere usted saber?

-A la izquierda -dijo el oficial-, pero baja.

-A la izquierda -gritó el niño, dirigiendo el cuerpo hacia aquella parte-, donde hay una capilla, me parece ver…

Un tercer silbido pasó por lo alto, y en seguida se vio al muchacho venir abajo, deteniéndose en un punto en el tronco y en las ramas, y precipitándose después de cabeza con los brazos abiertos.

-¡Maldición! -gritó el oficial, acudiendo.

El chico cayó a tierra de espaldas, y quedó tendido con los brazos abiertos, boca arriba: un arroyo de sangre le salió del pecho, a la izquierda. El sargento y dos soldados se apearon de sus caballos: el oficial se agachó y le separó la camisa; la bala le había entrado en el pulmón izquierdo.

-¡Está muerto! -exclamó el oficial.

-¡No, vive! -replicó el sargento.

-¡Ah, pobre niño, valiente muchacho! -gritó el oficial-. ¡Ánimo, ánimo!

Pero mientras decía “ánimo” y le oprimía el pañuelo sobre la herida, el muchacho movió los ojos e inclinó la cabeza: había muerto. El oficial palideció y lo miró fijo un minuto; después le arregló la cabeza sobre la hierba, se levantó y estuvo otro instante mirándolo. También el sargento y los dos soldados, inmóviles, lo miraban; los demás estaban vueltos hacia el enemigo.

-¡Pobre muchacho! -repitió tristemente el oficial-. ¡Pobre y valiente niño!

Luego se acercó a la casa, quitó de la ventana la bandera tricolor y la extendió como paño fúnebre sobre el pobre niño muerto, dejándole la cara descubierta. El sargento colocó a su lado los zapatos, la gorra, el bastón y el cuchillo.

Permanecieron aún un rato silenciosos; después, el oficial se volvió hacia el sargento y le dijo:

-Mandaremos que lo recoja la ambulancia: ha muerto como soldado, y como soldado debemos enterrarlo.

Dicho esto, dio al muerto un beso en la frente y gritó:

-¡A caballo!

Todos se aseguraron en las sillas, reuniéndose la sección, y volvió a emprender su marcha.

Pocas horas después, el niño muerto tuvo los honores de guerra.

Al ponerse el sol, toda la línea de las avanzadas italianas se dirigió hacia el enemigo, y por el mismo camino que había recorrido por la mañana la sección de caballería, avanzaba en dos filas un bravo batallón de cazadores, que pocos días antes había regado valerosamente con su sangre el collado de San Martino.

La noticia de la muerte del muchacho había corrido ya entre los soldados antes de que dejaran sus campamentos. El camino, flanqueado por un arroyuelo, pasaba a pocos pasos de distancia de la casa. Cuando los primeros oficiales del batallón vieron el pequeño cadáver tendido al pie del fresno y cubierto con la bandera tricolor, lo saludaron con sus sables, y uno de ellos se inclinó sobre la orilla del arroyo, que estaba muy florida, arrancó las flores, y se las echó. Entonces todos los cazadores, conforme iban pasando, cortaban flores y las arrojaban sobre el muerto. En pocos momentos, el muchacho se vio cubierto de flores, y todos los soldados le dirigían sus saludos al pasar: ¡Bravo, pequeño lombardo! ¡Adiós, niño! ¡Adiós, rubio! ¡Viva! ¡Bendito seas! ¡Adiós!

Un oficial le puso su cruz roja, otro lo besó en la frente, y las flores continuaban lloviendo sobre sus desnudos pies, sobre el pecho ensangrentado, sobre la rubia cabeza. Y él parecía dormido en la hierba, envuelto en la bandera, con el rostro pálido y casi sonriendo, como si oyese aquellos saludos y estuviese contento de haber dado la vida por su patria.

El pequeño escribiente florentino

Edmundo de Amicis

Tenía doce años y cursaba la cuarta elemental. Era un simpático niño florentino de cabellos rubios y tez blanca, hijo mayor de cierto empleado de ferrocarriles quien, teniendo una familia numerosa y un escaso sueldo, vivía con suma estrechez. Su padre lo quería mucho, y era bueno e indulgente con él; indulgente en todo menos en lo que se refería a la escuela: en esto era muy exigente y se revestía de bastante severidad, porque el hijo debía estar pronto dispuesto a obtener otro empleo para ayudar a sostener a la familia; y para ello necesitaba trabajar mucho en poco tiempo.

Así, aunque el muchacho era aplicado, el padre lo exhortaba siempre a estudiar. Era éste ya de avanzada edad y el exceso de trabajo lo había también envejecido prematuramente. En efecto, para proveer a las necesidades de la familia, además del mucho trabajo que tenía en su empleo, se buscaba a la vez, aquí y allá, trabajos extraordinarios de copista. Pasaba, entonces, sin descansar, ante su mesa, buena parte de la noche. Últimamente, cierta casa editorial que publicaba libros y periódicos le había hecho el encargo de escribir en las fajas el nombre y la dirección de los suscriptores. Ganaba tres florines por cada quinientas de aquellas tirillas de papel, escritas en caracteres grandes y regulares. Pero esta tarea lo cansaba, y se lamentaba de ello a menudo con la familia a la hora de comer.

-Estoy perdiendo la vista -decía-; esta ocupación de noche acaba conmigo.

El hijo le dijo un día:

-Papá, déjame trabajar en tu lugar; tú sabes que escribo regular, tanto como tú.

Pero el padre le respondió:

-No, hijo, no; tú debes estudiar; tu escuela es mucho más importante que mis fajas: tendría remordimiento si te privara del estudio una hora; lo agradezco; pero no quiero, y no me hables más de ello.

El hijo sabía que con su padre era inútil insistir en aquellas materias, y no insistió. Pero he aquí lo que hizo. Sabía que a las doce en punto dejaba su padre de escribir y salía del despacho para dirigirse a la alcoba. Alguna vez lo había oído: en cuanto el reloj daba las doce, sentía inmediatamente el rumor de la silla que se movía y el lento paso de su padre. Una noche esperó a que estuviese ya en cama; se vistió sin hacer ruido, anduvo a tientas por el cuarto, encendió el quinqué de petróleo, y se sentó en la mesa de despacho, donde había un montón de fajas blancas y la indicación de las direcciones de los suscriptores.

Empezó a escribir, imitando todo lo que pudo la letra de su padre. Y escribía contento, con gusto, aunque con miedo; las fajas escritas aumentaban, y de vez en cuando dejaba la pluma para frotarse las manos; después continuaba con más alegría, atento el oído y sonriente. Escribió ciento sesenta: ¡cerca de un florín! Entonces se detuvo: dejó la pluma donde estaba, apagó la luz y se volvió a la cama de puntillas.

Aquel día, a las doce, el padre se sentó a la mesa de buen humor. No había advertido nada. Hacía aquel trabajo mecánicamente, contando las horas y pensando en otra cosa. No sacaba la cuenta de las fajas escritas hasta el día siguiente. Sentado a la mesa con buen humor, y poniendo la mano en el hombro del hijo:

-¡Eh, Julio -le dijo-, mira qué buen trabajador es tu padre! En dos horas he trabajado anoche un tercio más de lo que acostumbro. La mano aún está ágil, y los ojos cumplen todavía con su deber.

Julio, contento, mudo, decía para sí: “¡Pobre padre! Además de la ganancia, le he proporcionado también esta satisfacción: la de creerse rejuvenecido. ¡Ánimo, pues!”

Alentado con el éxito, la noche siguiente, en cuanto dieron las doce, se levantó otra vez y se puso a trabajar. Y lo mismo siguió haciendo varias noches. Su padre seguía también sin advertir nada. Sólo una vez, cenando, observó de pronto:

-¡Es raro: cuánto petróleo se gasta en esta casa de algún tiempo a esta parte!

Julio se estremeció; pero la conversación no pasó de allí, y el trabajo nocturno siguió adelante.

Lo que ocurrió fue que, interrumpiendo así su sueño todas las noches, Julio no descansaba bastante; por la mañana se levantaba rendido aún, y por la noche al estudiar, le costaba trabajo tener los ojos abiertos. Una noche, por primera vez en su vida, se quedó dormido sobre los apuntes.

-¡Vamos, vamos! -le gritó su padre dando una palmada-. ¡Al trabajo!

Se asustó y volvió a ponerse a estudiar. Pero la noche y los días siguientes continuaba igual, y aún peor: daba cabezadas sobre los libros, se despertaba más tarde de lo acostumbrado; estudiaba las lecciones con desgano, y parecía que le disgustaba el estudio. Su padre empezó a observarlo, después se preocupó de ello y, al fin, tuvo que reprenderlo. Nunca lo había tenido que hacer por esta causa.

-Julio -le dijo una mañana-; tú te descuidas mucho; ya no eres el de otras veces. No quiero esto. Todas las esperanzas de la familia se cifraban en ti. Estoy muy descontento. ¿Comprendes?

A este único regaño, el verdaderamente severo que había recibido, el muchacho se turbó.

-Sí, cierto -murmuró entre dientes-; así no se puede continuar; es menester que el engaño concluya.

Pero por la noche de aquel mismo día, durante la comida, su padre exclamó con alegría:

Este mes he ganado en las fajas treinta y dos florines más que el mes pasado!

Y diciendo esto, sacó a la mesa un puñado de dulces que había comprado, para celebrar con sus hijos la ganancia extraordinaria que todos acogieron con júbilo.

Entonces Julio cobró ánimo y pensó para sí:

“¡No, pobre padre; no cesaré de engañarte; haré mayores esfuerzos para estudiar mucho de día; pero continuaré trabajando de noche para ti y para todos los demás!

Y añadió el padre:

-¡Treinta y dos florines!… Estoy contento… Pero hay otra cosa -y señaló a Julio- que me disgusta.

Y Julio recibió la reconvención en silencio, conteniendo dos lágrimas que querían salir, pero sintiendo al mismo tiempo en el corazón cierta dulzura. Y siguió trabajando con ahínco; pero acumulándose un trabajo a otro, le era cada vez más difícil resistir. La situación se prolongó así por dos meses. El padre continuaba reprendiendo al muchacho y mirándolo cada vez más enojado. Un día fue a preguntar por él al maestro, y éste le dijo:

-Sí, cumple, porque tiene buena inteligencia; pero no está tan aplicado como antes. Se duerme, bosteza, está distraído; hace sus apuntes cortos, de prisa, con mala letra. Él podría hacer más, pero mucho más.

Aquella noche el padre llamó al hijo aparte y le hizo reconvenciones más severas que las que hasta entonces le había hecho.

-Julio, tú ves que yo trabajo, que yo gasto mucho mi vida por la familia. Tú no me secundas, tú no tienes lástima de mí, ni de tus hermanos, ni aún de tu madre.

-¡Ah, no, no diga usted eso, padre mío! -gritó el hijo ahogado en llanto, y abrió la boca para confesarlo todo.

Pero su padre lo interrumpió diciendo:

-Tú conoces las condiciones de la familia: sabes que hay necesidad de hacer mucho, de sacrificarnos todos. Yo mismo debía doblar mi trabajo. Yo contaba estos meses últimos con una gratificación de cien florines en el ferrocarril, y he sabido esta mañana que ya no la tendré.

Ante esta noticia, Julio retuvo en seguida la confesión que estaba por escaparse de sus labios, y se dijo resueltamente: “No, padre mío, no te diré nada; guardaré el secreto para poder trabajar por ti; del dolor que te causo te compenso de este modo: en la escuela estudiaré siempre lo bastante para salir del paso: lo que importa es ayudar para ganar la vida y aligerarte de la ocupación que te mata”.

Siguió adelante, transcurrieron otros dos meses de tarea nocturna y de pereza de día, de esfuerzos desesperados del hijo y de amargas reflexiones del padre. Pero lo peor era que éste se iba enfriando poco a poco con el niño, y no le hablaba sino raras veces, como si fuera un hijo desnaturalizado, del que nada hubiese que esperar, y casi huía de encontrar su mirada. Julio lo advertía, sufría en silencio, y cuando su padre volvía la espalda, le mandaba un beso furtivamente, volviendo la cara con sentimiento de ternura compasiva y triste; mientras tanto el dolor y la fatiga lo demacraban y le hacían perder el color, obligándolo a descuidarse cada vez más en sus estudios.

Comprendía perfectamente que todo concluiría en un momento, la noche que dijera: “Hoy no me levanto”; pero al dar las doce, en el instante en que debía confirmar enérgicamente su propósito, sentía remordimiento; le parecía que, quedándose en la cama, faltaba a su deber, que robaba un florín a su padre y a su familia; y se levantaba pensando que cualquier noche que su padre se despertara y lo sorprendiera, o que por casualidad se enterara contando las fajas dos veces, entonces terminaría naturalmente todo, sin un acto de su voluntad, para lo cual no se sentía con ánimos. Y así continuó la misma situación.

Pero una tarde, durante la comida, el padre pronunció una palabra que fue decisiva para él. Su madre lo miró, y pareciéndole que estaba más echado a perder y más pálido que de costumbre, le dijo:

-Julio, tú estás enfermo. -Y después, volviéndose con ansiedad al padre-: Julio está enfermo, ¡mira qué pálido está!… ¡Julio mío! ¿Qué tienes?

El padre lo miró de reojo y dijo:

-La mala conciencia hace que tenga mala salud. No estaba así cuando era estudiante aplicado e hijo cariñoso.

-¡Pero está enfermo! -exclamó la mamá.

-¡Ya no me importa! -respondió el padre.

Aquella palabra le hizo el efecto de una puñalada en el corazón al pobre muchacho. ¡Ah! Ya no le importaba su salud a su padre, que en otro tiempo temblaba de oírlo toser solamente. Ya no lo quería, pues; había muerto en el corazón de su padre.

“¡Ah, no, padre mío! -dijo entre sí con el corazón angustiado-; ahora acabo esto de veras; no puedo vivir sin tu cariño, lo quiero todo; todo te lo diré, no te engañaré más y estudiaré como antes, suceda lo que suceda, para que tú vuelvas a quererme, padre mío. ¡Oh, estoy decidido en mi resolución!”

Aquella noche se levantó todavía, más bien por fuerza de la costumbre que por otra causa; y cuando se levantó quiso volver a ver por algunos minutos, en el silencio de la noche, por última vez, aquel cuarto donde había trabajado tanto secretamente, con el corazón lleno de satisfacción y de ternura.

Sin embargo, cuando se volvió a encontrar en la mesa, con la luz encendida, y vio aquellas fajas blancas sobre las cuales no iba ya a escribir más, aquellos nombres de ciudades y de personas que se sabía de memoria, le entró una gran tristeza e involuntariamente cogió la pluma para reanudar el trabajo acostumbrado. Pero al extender la mano, tocó un libro y éste se cayó. Se quedó helado.

Si su padre se despertaba… Cierto que no lo habría sorprendido cometiendo ninguna mala acción y que él mismo había decidido contárselo todo; sin embargo… el oír acercarse aquellos pasos en la oscuridad, el ser sorprendido a aquella hora, con aquel silencio; el que su madre se hubiese despertado y asustado; el pensar que por lo pronto su padre hubiera experimentado una humillación en su presencia descubriéndolo todo…, todo esto casi lo aterraba.

Aguzó el oído, suspendiendo la respiración… No oyó nada. Escuchó por la cerradura de la puerta que tenía detrás: nada. Toda la casa dormía. Su padre no había oído. Se tranquilizó y volvió a escribir.

Las fajas se amontonaban unas sobre otras. Oyó el paso cadencioso de la guardia municipal en la desierta calle; luego ruido de carruajes que cesó al cabo de un rato; después, pasado algún tiempo, el rumor de una fila de carros que pasaron lentamente; más tarde silencio profundo, interrumpido de vez en cuando por el ladrido de algún perro. Y siguió escribiendo.

Entretanto su padre estaba detrás de él: se había levantado cuando se cayó el libro, y esperó buen rato; el ruido de los carros había cubierto el rumor de sus pasos y el ligero chirrido de las hojas de la puerta; y estaba allí, con su blanca cabeza sobre la negra cabecita de Julio. Había visto correr la pluma sobre las fajas y, en un momento, lo había recordado y comprendido todo. Un arrepentimiento desesperado, una ternura inmensa invadió su alma. De pronto, en un impulso, le tomó la cara entre las manos y Julio lanzó un grito de espanto. Después, al ver a su padre, se echó a llorar y le pidió perdón.

-Hijo querido, tú debes perdonarme -replicó el padre-. Ahora lo comprendo todo. Ven a ver a tu madre.

Y lo llevó casi a la fuerza junto al lecho y allí mismo pidió a su mujer que besara al niño. Después lo tomó en sus brazos y lo llevó hasta la cama, quedándose junto a él hasta que se durmió. Después de tantos meses, Julio tuvo un sueño tranquilo. Cuando el sol entró por la ventana y el niño despertó, vio apoyada en el borde de la cama la cabeza gris de su padre, quien había dormido allí toda la noche, junto a su hijo querido.

De los Apeninos a los Andes

Edmundo de Amicis

Hace mucho tiempo un muchacho genovés, de trece años, hijo de un obrero, viajó desde Génova hasta América sólo para buscar a su madre.

Ella se había ido dos años antes a Buenos Aires, capital de Argentina, para ponerse al servicio de alguna casa rica y ganar así, en poco tiempo, el dinero necesario para levantar a la familia, la cual, por efecto de varias desgracias, había caído en la pobreza y tenía muchas deudas. No son pocas las mujeres animosas que hacen tan largo viaje con aquel objetivo. Gracias a los buenos salarios que allí encuentran las personas que se dedican a servir, éstas vuelven a su patria, al cabo de algunos años, con algunos miles de pesos.

La pobre madre había llorado lágrimas de sangre al separarse de sus hijos, uno de dieciocho años y otro de once; pero marchó muy animada y con el corazón lleno de esperanzas. El viaje fue feliz; apenas llegó a Buenos Aires encontró en seguida, por medio de un comerciante genovés, primo de su marido, establecido allí desde hacía mucho tiempo, una excelente familia del país, que le daba buen salario y la trataba bien.

Por algún tiempo mantuvo con los suyos una correspondencia regular. Como habían convenido entre sí, el marido dirigía las cartas al primo, quien las entregaba a la mujer; ésta, a su vez, le daba las contestaciones para que las mandase a Génova, escribiendo él, por su parte, algunos renglones. Ganaba ochenta pesos al mes, y como no gastaba nada en ella, enviaba a su casa, cada tres meses, una buena suma, con la cual el marido, que era un hombre de bien, iba pagando poco a poco las deudas más urgentes y adquiriendo así buena reputación. Entre tanto, trabajaba y estaba contento con lo que hacía; pero también esperaba que su mujer volviera dentro de poco, pues la casa parecía que estaba como en sombra desde que ella faltaba, y el hijo menor, que quería mucho a su madre, se entristecía y no podía resignarse a su ausencia.

Pero transcurrido un año desde la marcha, después de una carta breve en la que decía no estar bien de salud, no se recibieron más. Escribieron dos veces al primo, y éste no contestó. Escribieron, también, a la familia del país donde estaba sirviendo la mujer; pero sospecharon que no llegaría la carta, porque habían equivocado el nombre en el sobre, y, en efecto, no tuvieron contestación.

Temiendo una desgracia, se dirigieron al consulado italiano de Buenos Aires, pidiéndole que hiciese investigaciones; después de tres meses, les contestó el cónsul: a pesar del anuncio publicado en los periódicos, nadie se había presentado, ni para dar noticias. Y no podía suceder de otro modo, entre otras razones, por ésta: que con la idea de salvar el decoro de su familia, que creía manchar trabajando como criada, la buena mujer no había dicho a la familia argentina su verdadero nombre.

Pasaron otros meses sin que tampoco hubiera ninguna noticia. Padre e hijos estaban consternados; el más pequeño se sentía oprimido por una tristeza que no podía vencer. ¿Qué hacer? ¿A quién recurrir? La primera idea del padre fue marcharse a buscar a su mujer a América. Pero ¿y el trabajo? ¿quién sostendría a sus hijos? Tampoco podía marchar el hijo mayor, porque comenzaba entonces a ganar algo y era necesario para la familia. En este afán vivían, repitiendo todos los días las mismas conversaciones dolorosas o mirándose unos a otros en silencio. Una noche, Marcos, el más pequeño, dijo resueltamente:

-Voy a América a buscar a mi madre.

El padre movió la cabeza tristemente, y no respondió. Era un buen pensamiento, pero impracticable. ¡A los trece años, solo, hacer un viaje a América, cuando se necesitaba un mes para llegar! Pero el muchacho insistió pacientemente. Insistió aquel día, el siguiente, todos los días, con gran parsimonia, y razonando como un hombre.

-Otros han ido -decía-, más pequeños que yo. Una vez que esté en el barco, llegaré allí como los demás, y no tendré más que buscar la casa del tío. Como hay allá tantos italianos, alguno me enseñará la calle. Encontrando al tío, encuentro a mi madre, y si no la encuentro, buscaré al cónsul y a la familia argentina. Haya ocurrido lo que haya ocurrido hay allí trabajo para todos; yo también encontraré una ocupación que me permita, al menos, ganar lo suficiente para volver a casa.

Y así, poco a poco, casi llegó a convencer a su padre. Éste lo apreciaba, sabía que tenía juicio y ánimo, que estaba acostumbrado a las privaciones y los sacrificios, que todas estas buenas cualidades reforzaban su decisión de buscar a su madre a quien adoraba. Sucedió también que cierto comandante de un buque mercante amigo de un conocido suyo, habiendo oído hablar del asunto, se empeñó en ofrecerle, gratis, un billete de tercera clase para ir a Argentina. Entonces, después de nuevas vacilaciones, el padre consintió y se decidió el viaje. Llenaron de ropa un pequeño baúl, le pusieron algunas liras en el bolsillo, le dieron las señas del tío, y una hermosa tarde del mes de abril lo embarcaron.

-Marcos, hijo mío -le dijo el padre, dándole el último beso con lágrimas en los ojos, sobre la escalerilla del buque que estaba por salir-: ¡Ten ánimo, vas con un fin santo; Dios te ayudará!

¡Pobre Marcos! Tenía corazón esforzado y estaba preparado también para las más duras pruebas de aquel viaje; pero cuando vio desaparecer del horizonte la hermosa Génova y se encontró en alta mar, sobre aquel gran navío lleno de compatriotas que emigraban, solo, desconocido de todos, con aquel pequeño baúl que encerraba toda su fortuna, le asaltó un repentino desánimo.

Dos días permaneció arrinconado en la proa, como un perro, casi sin comer y sintiendo gran necesidad de llorar. Toda clase de tristes pensamientos lo asaltaban, y el más triste, el más terrible era el que más se apoderada de él: el pensamiento de que hubiese muerto su madre. En sus sueños interrumpidos y penosos, veía siempre la faz de un desconocido que lo miraba con aire de compasión, y después le decía al oído: “¡Tu madre ha muerto!” Y entonces se despertaba ahogando un grito.

Al fin, pasado el estrecho de Gibraltar, en cuanto vio el océano Atlántico, tomó un poco de ánimo y cobró esperanzas. Pero fue un breve alivio. Aquel inmenso mar, igual siempre, el creciente calor, la tristeza de toda aquella pobre gente que lo rodeaba, el sentimiento de la propia soledad, volvieron a echar por tierra sus pasados bríos.

Los días se sucedían tristes y monótonos, confundiéndose unos con otros en la memoria, como les sucede a los enfermos. Le parecía que hacía ya un año que estaba en el mar. Cada mañana, al despertar, experimentaba un nuevo estupor encontrándose allí solo, en medio de aquella inmensidad de agua, viajando hacia América.

Los hermosos peces voladores que caían a cada instante en el barco; aquellas admirables puestas de sol de los trópicos con esas inmensas nubes color de fuego y sangre; aquellas fosforescencias nocturnas, que hacían que todo el océano apareciera encendido como un mar de lava, no le hacían el efecto de cosas reales, sino más bien de fantasmas vistos en el sueño.

Hubo días de mal tiempo, durante los cuales permaneció encerrado continuamente en el camarote, donde todo bailaba y se caía, en medio de un coro espantoso de quejidos e imprecaciones, y creía que había llegado su última hora. Hubo otros días de mar tranquilo y amarillento, de calor insoportable e infinitamente aburridos; horas interminables y siniestras, durante las cuales los pasajeros, encerrados, tendidos inmóviles sobre las tablas, parecían muertos. Y el viaje no acababa nunca: mar y cielo, cielo y mar hoy como ayer, mañana como hoy, siempre, eternamente.

Y él se pasaba las horas apoyado en la borda y mirando aquel mar sin fin, aturdido, pensando vagamente en su madre hasta que los ojos se le cerraban y la cabeza se le caía, rendida por el sueño; y entonces volvía a ver aquella cara desconocida que lo miraba con aire de lástima y le repetía al oído: “¡Tu madre ha muerto!”. Y aquella voz lo despertaba sobresaltado para volver a soñar con los ojos abiertos y mirando el inalterable horizonte.

Veintisiete días duró el viaje. Pero los últimos fueron los mejores. El tiempo estaba bueno y era fresco el aire. Había entablado relaciones con un buen viejo lombardo que iba a América a reunirse con su hijo, labrador de la ciudad de Rosario; le había contado todo lo que ocurría en su casa, y el viejo, a cada instante, le repetía, dándole palmaditas en el cuello:

-¡Ánimo, muchachito!, tú encontrarás a tu madre sana y contenta.

Aquella compañía lo animaba, y sus presentimientos, de tristes, se habían tornado alegres. Sentado en la proa, al lado del viejo labrador que fumaba en pipa, bajo un hermoso cielo estrellado, en medio de grupos de emigrantes que cantaban, se representaba mil veces en su pensamiento su llegada a Buenos Aires: se veía en una calle, encontraba la tienda, se echaba en brazos del tío: “¿Cómo está mi madre?” “¿Dónde está?” “¡Vamos en seguida!” “En seguida vamos”. Corrían juntos, subían una escalera, se abría una puerta… Y aquí el sordo soliloquio se detenía, se perdía su imaginación en un sentimiento de inexplicable ternura que le hacía sacar, a escondidas, una medallita que llevaba al cuello y murmurar, besándola, sus oraciones.

El vigesimoséptimo día después de la salida, llegaron. Era una hermosa mañana de mayo cuando el buque echó el ancla en el inmenso río de la Plata, sobre una orilla en la cual se extiende la vasta ciudad de Buenos Aires, capital argentina. Aquel tiempo espléndido le pareció de buen agüero. Estaba fuera de sí de alegría y de impaciencia. ¡Su madre se hallaba a pocas millas de distancia de él! ¡Dentro de pocas horas la habría ya visto! ¡Y él se encontraba en América, en el Nuevo Mundo; y había tenido el atrevimiento de ir allí solo! Todo aquel larguísimo viaje le parecía, entonces, que había pasado en un momento.

Le parecía haber volado, soñando, y haber despertado entonces. Y era tan feliz, que casi no se sorprendió ni se afligió cuando se registró los bolsillos y se encontró una sola de las dos partes en que había dividido su pequeño tesoro, para estar seguro de no perderlo todo. Le habían robado la mitad, no le quedaban más que unas pocas liras; pero, ¿qué le importaba ya, estando tan cerca de su madre? Con su baúl al hombro, pasó, con otros muchos italianos, a un vaporcito que lo llevó a poca distancia de la orilla; saltó del vaporcito a una lancha que llevaba el nombre de Andrea Doria, desembarcó en el muelle, se despidió de su viejo amigo lombardo y se dirigió de prisa a la ciudad.

Llegado a la desembocadura de la primera calle que encontró, detuvo a un hombre que pasaba y le rogó le indicase qué dirección debía tomar para ir a la calle de las Artes. Por casualidad, se había encontrado con un obrero italiano. Éste lo miró con curiosidad, y le preguntó si sabía leer. El muchacho contestó que sí.

-Pues bien -le dijo el obrero, indicándole la calle de que salía- sube derecho, leyendo siempre los nombres de las calles en todas las esquinas y acabarás por encontrar la que buscas.

El muchacho le dio las gracias, y siguió adelante por la calle que le indicaron.

Era una calle recta y larga, pero estrecha, flanqueada por casas bajas y blancas que parecían otras tantas casitas de campo; llenas de gente, de coches, de carros, que producían un ruido ensordecedor; aquí y allá se izaban inmensas banderas de varios colores en las que había escritos, en gruesos caracteres, anuncios de salidas de vapores para ciudades desconocidas. A cada instante, volviéndose a derecha e izquierda, veía otras calles que parecían tiradas a cordel, flanqueadas de casas, también blancas y bajas, llenas de gente y de carruajes, y situadas en el mismo plano de la extensa llanura americana, semejante al horizonte del mar.

La ciudad le parecía infinita; creía que se podían pasar días y semanas viendo siempre, aquí y allá, otras calles como aquéllas, y que toda América estaba formada así. Miraba atentamente los nombres de las calles; nombres raros, que le costaba trabajo leer. A cada calle nueva que divisaba, sentía que le latía más de prisa el corazón, pensando que fuese la que buscaba.

Miraba a todas las mujeres con la idea de encontrar a su madre. Vio una delante de sí, y le dio una sacudida el corazón; la alcanzó, la miró: era una negra. Y seguía andando, apretando el paso; llegó a una plazoleta, leyó y quedó como clavado en la acera. Era la calle de las Artes. Volvió, vio el número 117; la tienda del tío era el número 175. Apretó más el paso, casi corría; en el número 171 tuvo que detenerse para tornar aliento, diciendo para sí: “¡Ah, madre mía! ¿Es verdad que te veré dentro de un instante?” Corrió más: llegó a una pequeña tienda de quincalla. Ésa era. Se asomó. Vio a una señora con el pelo gris y anteojos.

-¿Qué quieres, niño? -le preguntó aquélla en español.

-¿No es ésta -dijo el muchacho, procurando echar fuera la voz- la tienda de Francisco Merelo?

-Francisco Merelo murió -respondió la señora en italiano.

El chico recibió una fuerte impresión al oírlo.

-¿Cuándo murió?

-¡Oh! Hace tiempo -respondió la señora-; algunos meses; tuvo malos negocios, y se fue. Dicen que se fue a Bahía Blanca, muy lejos de aquí, y murió apenas llegó allá. La tienda es mía.

El muchacho palideció.

Después dijo precipitadamente:

-Merelo conocía a mi madre; ella estaba aquí sirviendo en casa del señor Mequínez. Sólo él podría decirme dónde está. He venido a América a buscar a mi madre. Merelo le mandaba las cartas. Necesito encontrar a mi madre.

-Hijo mío -respondió la señora-, yo no sé de eso. Puedo preguntarle al muchacho del corral, que conoce al joven que le hacía los encargos a Merelo. Puede ser que éste sepa algo.

Fue al fondo de la tienda y llamó al chico, que llegó en seguida.

-Dime -le preguntó la tendera-: ¿recuerdas si el dependiente de Merelo iba alguna vez a llevar cartas a una mujer que estaba de criada en casa de hijos del país?

-En casa del señor Mequínez -respondió el muchacho-, sí, señora, alguna vez. Al final de la calle de las Artes.

-¡Ah! ¡Gracias, señora! -gritó Marcos-. Dígame el número…, ¿no lo sabe? Hágame acompañar, acompáñame tú mismo en seguida, chico. Aún tengo algunos cuartos.

Y dijo esto con tanto calor, que sin esperar la venia de la señora, el muchacho respondió:

-Vamos -y salió el primero a muy ligero paso.

Casi corriendo, sin decir una palabra, fueron hasta el fin de la larguísima calle; atravesaron el portal de una pequeña casa blanca y se detuvieron delante de una hermosa reja de hierro, desde la cual se veía un patio lleno de macetas de flores. Marcos tocó la campanilla.

Apareció una señorita.

-Vive aquí la familia Mequínez ¿no es verdad? -preguntó con ansiedad el muchacho.

-Aquí vivía -respondió la señorita, pronunciando el italiano a la española-. Ahora vivimos nosotros, la familia Ceballos.

-¿Y a dónde han ido los señores Mequínez? -preguntó Marcos, latiéndole el corazón.

-Se han ido a Córdoba.

-¡Córdoba! -exclamó Marcos-; ¿dónde está Córdoba? ¿Y la persona que tenían a su servicio? La mujer, mi madre, la criada era mi madre. ¿Se han llevado también a mi madre?

La señorita lo miró y dijo:

-No lo sé. Quizá lo sepa mi padre, que los vio cuando se fueron. Espérate un momento.

Se fue, y volvió con su padre, un señor alto, con la barba gris. Éste miró fijamente un momento a aquel simpático tipo de pequeño marinero genovés, de cabellos rubios y nariz aguileña, y le preguntó en mal italiano:

-¿Es genovesa tu madre?

Marcos respondió que sí.

-Pues bien; la criada genovesa se fue con ellos, estoy seguro.

-¿Y a dónde han ido?

-A la ciudad de Córdoba.

El muchacho dio un suspiro; después dijo con resignación:

-Entonces…, iré a Córdoba.

-¡Ah, pobre niño! -exclamó el señor mirándolo con lástima-. ¡Pobre niño! Córdoba está a mil leguas de aquí.

Marcos se quedó pálido como un muerto y se apoyó con una mano en la reja.

-Veamos, veamos -dijo entonces el señor, movido a compasión, abriendo la puerta-; entra un momento, veremos si se puede hacer algo. Siéntate.

Le ofreció asiento, le hizo contar su historia, estuvo escuchándolo muy atento y se quedó un rato pensativo; después le dijo con resolución:

-Tú no tienes dinero, ¿no es verdad?

-Tengo todavía, pero muy poco -respondió Marcos.

El señor estuvo pensando otros cinco minutos; después se sentó a una mesa, escribió una carta, la cerró, y dándosela al muchacho, le dijo:

-Oye, italianito, ve con esta carta a Boca. Es una ciudad pequeña, medio genovesa, que está a dos horas de camino de aquí. Todo el que te encuentre te puede indicar el camino. Ve allí y busca a este señor, al cual va dirigida la carta, y que es muy conocido. Entrégale esta carta. Él te hará salir mañana para la ciudad de Rosario y te recomendará a alguno de allí que podrá proporcionarte un medio para que sigas el viaje hasta Córdoba, en donde encontrarás a la familia Mequínez y a tu madre. Entretanto, toma esto -y le dio algunos pesos-. Anda y ten ánimo; aquí hay por todas partes compatriotas tuyos, y no te abandonarán. Adiós.

El muchacho le dijo:

-Gracias.

Sin ocurrírsele otras palabras, salió con su cofre y, despidiéndose de su pequeño guía, se puso en caminó lentamente hacia Boca, atravesando la gran ciudad, lleno de tristeza y de estupor.

Todo lo que le sucedió desde aquel momento hasta la noche del día siguiente, le quedó después en la memoria, confuso e incierto como ensueños de calenturiento: ¡tan cansado, turbado y debilitado se encontraba!

Al día siguiente, al anochecer, después de haber dormido la noche antes en un cuartucho de una casa de Boca, al lado de un almacén del muelle; después de haber pasado casi todo el día sentado sobre un montón de maderos, y como entre sueños, enfrente de millares de barcos, de lanchas y de vapores, se encontraba en la popa de una barcaza de vela, cargada de frutas, que salía para la ciudad de Rosario conducida por tres robustos genoveses bronceados por el sol, cuyas voces y el dialecto querido que hablaban llevó algunos bríos al ánimo de Marcos.

Salieron, y el viaje duró tres días y cuatro noches, siendo continua la admiración del pequeño viajero. Tres días y tres noches remontó aquel maravilloso río Paraná, en cuya comparación nuestro gran Po no es más que un arroyuelo, y la extensión de Italia, cuadruplicada, no alcanza a la de su curso.

El barco iba lentamente a través de aquella masa de agua inconmensurable. Pasaba por medio de largas islas, antiguos nidos de serpientes, cubiertas de árboles frondosos, semejantes a bosques flotantes; y ora se deslizaba entre estrechos canales, de los cuales parecía que no podía salir, ora desembocaba en vastas extensiones de agua, que semejaban grandes lagos tranquilos; después, saliendo de entre las islas, por los canales intrincados de un archipiélago, llegaba a sitios rodeados de montones inmensos de vegetación.

Reinaba profundo silencio. En largos trechos, las orillas y las aguas solitarias y vastísimas evocaban la imagen de un río desconocido, que aquel pobre barco de vela era el primero en el mundo que se aventuraba a surcar.

Mientras más avanzaban, tanto más aumentaba aquel inmenso río. Pensaba que su madre se encontraba aún a gran distancia, y que la navegación debía durar años todavía. Dos veces al día comía un poco de pan y de carne en conserva con los marineros, quienes, viéndole triste, no le dirigían nunca la palabra.

Por la noche dormía sobre cubierta, y se despertaba a cada instante bruscamente, admirando la luz clarísima de la luna que blanqueaba las inmensas y lejanas orillas: entonces el corazón se le oprimía. ¡Córdoba!, repetía este nombre: Córdoba, como el de una de aquellas ciudades misteriosas de las que había oído hablar en las leyendas. Pero después pensaba: “Mi madre ha pasado por aquí; ha visto estas islas, aquellas orillas”; y entonces no le parecían ya tan raros y solitarios aquellos lugares en los cuales se había fijado la mirada de su madre… Por la noche alguno de los marineros cantaba. Aquella voz le recordaba las canciones de su madre cuando lo adormecía de niño. La última noche, al oír aquel canto, sollozó. El marinero se interrumpió. Después le gritó:

-¡Ánimo, chico, valor! ¡Qué diablo! ¡Un genovés que llora por estar lejos de su casa! ¡Los genoveses atraviesan todo el mundo tan contentos como orgullosos!

Aquellas palabras le hicieron experimentar una sacudida; oyó la voz de sangre genovesa que corría por sus venas, y levantó la frente con orgullo, dando un golpe en el timón. “Bien -dijo para sí-; también daré yo la vuelta al mundo; viajaré años y años, andaré a pie centenares de leguas, seguiré adelante hasta que encuentre a mi madre. Llegaré, aunque sea moribundo, para caer muerto a sus pies. ¡Con tal de que vuelva a verla una sola vez!… ¡Ánimo!…” Y con estos bríos llegó, al clarear una fría y hermosa mañana, frente a la ciudad de Rosario, situada en la ribera del Paraná, reflejándose en las aguas los palos y banderas de mil barcos de todos los países.

Poco después de haber desembarcado, subió a la ciudad, con su cofre al hombro, buscando a un señor argentino, para el cual su protector de Boca le había dado una tarjeta con algunas líneas de recomendación.

Al entrar en Rosario, le pareció que se encontraba en una ciudad ya conocida. Aquellas calles eran interminables, rectas, flanqueadas de casas blancas y bajas, atravesadas en todas direcciones, por encima de los tejados, por espesas fajas de hilos telegráficos y telefónicos, que parecían inmensas telarañas, oyéndose gran ruido de gente, caballos y carruajes. La cabeza se le iba: casi creía que volvía a entrar en Buenos Aires, y que iba otra vez a buscar a su tío. Anduvo cerca de una hora de aquí para allá, dando vueltas y revueltas, y pareciéndole que volvía siempre a la misma calle; y a fuerza de tantas preguntas encontró al fin la casa de su nuevo protector. Tocó la campanilla. Se asomó a la puerta un hombre grueso, rubio, áspero, que tenía aspecto de corredor de comercio, y que le preguntó fríamente con pronunciación extranjera:

-¿Qué quieres?

El muchacho dijo el nombre del patrón.

-El patrón -respondió el corredor- ha salido anoche para Buenos Aires, con toda su familia.

El muchacho se quedó paralizado.

Después balbuceó:

-Pero yo… no tengo a nadie aquí…, ¡soy solo! -Y le dio la tarjeta.

El corredor la tomó, la leyó y dijo con mal humor:

-No sé qué hacer. Ya le diré dentro de un mes, cuando vuelva…

-¡Pero yo estoy solo! ¡Estoy necesitado! -exclamó el chico con voz suplicante.

-¡Eh, anda -dijo el otro-; ¿no hay ya bastantes pordioseros de tu país en Rosario? Vete a pedir limosna a Italia.

Y le dio con la puerta en las narices.

El muchacho se quedó petrificado.

Después tomó con desaliento su baúl, y salió con el corazón angustiado, con la cabeza hecha una bomba, y asaltado de un cúmulo de pensamientos desagradables.

¿Qué hacer? ¿A dónde ir? De Rosario a Córdoba hay un día de viaje en ferrocarril. Le quedaba ya muy poco dinero. Deduciendo lo que habría de gastar en aquel día, no le quedaría casi nada. ¿Dónde encontrar dinero para pagarse el viaje? ¡Podía trabajar! Pero ¿cómo? ¿A quién pedir trabajo? ¡Pedir limosna! ¡Ah, no! Ser arrojado, insultado, humillado como hace poco, no; nunca, jamás, ¡prefiero morir! Y ante aquella idea, al ver otra vez delante de sí la inmensa calle que se perdía a lo lejos en la interminable llanura, sintió que le faltaban otra vez las fuerzas, echó a tierra el cofre, se sentó en él apoyando la espalda contra la pared, y se cubrió la cara con las manos, sin llorar, en actitud desconsolada. La gente lo tocaba con los pies al pasar; los carruajes hacían ruido por la calle; algunos muchachos se detenían para mirarlo. Estuvo así buen rato.

De su letargo lo sacó una voz que le dijo medio en italiano, medio en lombardo:

-¿Qué tienes, chiquillo?

Alzó la cara al oír aquellas palabras, y en seguida se puso en pie, lanzando una exclamación de sorpresa:

-¿Usted aquí?

Era el viejo labrador lombardo, con el cual había contraído amistad durante el viaje.

La admiración del viejo no fue menor que la suya.

Pero el muchacho no le dejó tiempo para preguntarle, y le contó rápidamente lo ocurrido.

-Heme aquí ahora, sin dinero; es menester que trabaje; búsqueme usted trabajo para poder reunir algunos pesos; yo haré de todo: llevar ropa, barrer las calles, hacer encargos, hasta trabajar en el campo; me contento con vivir solo de pan; pero que pueda yo marchar pronto, que pueda encontrar alguna vez a mi madre; ¡hágame usted esta caridad, búsqueme usted trabajo, por amor de Dios, que yo no puedo resistir más!

-¡Cáspita, cáspita! -dijo el viejo, mirando alrededor y rascándose la barba-: ¿Qué historia es ésta? Trabajar… se dice muy pronto. ¡Veamos! ¿No habrá aquí algún medio de encontrar treinta pesos entre tantos compatriotas?

El muchacho lo miraba, animado por un rayo de esperanza.

-Ven conmigo -le dijo el viejo.

-¿Dónde? -preguntó el chico, volviendo a cargar con el baúl.

-Ven conmigo.

El viejo se puso en marcha. Marcos lo siguió y anduvieron juntos un buen trecho de calle, sin hablar.

El lombardo se detuvo en la puerta de una fonda que tenía en el rótulo una estrella, y escrito debajo: “La Estrella de Italia”; se asomó adentro, y volviéndose hacia el muchacho, le dijo alegremente:

-Llegamos a tiempo.

Entraron en una habitación grande, en donde había varias mesas y muchos hombres sentados que bebían y hablaban alto. El viejo lombardo se acercó a la primera mesa, y en el modo cómo saludó a los seis parroquianos que estaban a su alrededor, se comprendía que se había separado de ellos poco antes. Estaban muy encarnados, y hacían sonar sus vasos, voceando y riendo.

-¡Camaradas! -dijo sin más preámbulos el lombardo, quedándose en pie y presentando a Marcos-: he aquí un pobre muchacho, compatriota nuestro, que ha venido solo, desde Génova a Buenos Aires, para buscar a su madre. En Buenos Aires le dijeron: “No está aquí; está en Córdoba”. Viene embarcado a Rosario, en tres días y cuatro noches, con dos líneas de recomendación; presenta la carta, lo reciben mal. No tiene un céntimo. Está aquí solo, desesperado. Es un pobre niño muy animoso. Hagamos algo por él; ¿no ha de encontrar lo necesario para pagar el billete hasta Córdoba y buscar a su madre? ¿Hemos de dejarle aquí como un perro?

-¡Nunca, por Dios! ¡Nunca nos lo perdonaríamos! -gritaron todos a la vez, pegando puñetazos en la mesa-. ¡Un compatriota nuestro!

-¡Ven aquí, pequeño!

-¡Cuenta con nosotros, los emigrantes!

-¡Mira qué hermoso muchacho!

-¡Aflojen los pesos, camaradas!

-¡Bravo! ¡Ha venido solo! ¡Tiene ánimos! Bebe un sorbo, compatriota.

-Te enviaremos con tu madre, no hay que dudarlo.

Uno le tiraba un pellizco en la mejilla, otro le daba palmadas en la espalda, un tercero le aliviaba del peso del cofrecillo; otros emigrantes se levantaron de las mesas próximas y se acercaban; la historia del muchacho corrió por toda la hostería; acudieron de la habitación inmediata tres parroquianos argentinos, y, en menos de diez minutos, el lombardo, que presentaba el sombrero, le reunió cuarenta y dos pesos.

-¿Has visto -dijo entonces, volviéndose hacia el muchacho- qué pronto se hace esto en América?

-¡Bebe! -le gritó otro, pasándole un vaso de vino-. ¡A la salud de tu madre!

Todos levantaron los vasos. Y Marcos repitió:

-A la salud de mi… -pero un sollozo de alegría le impidió concluir, y dejando el vaso sobre la mesa, se echó en brazos del viejo lombardo.

A la mañana siguiente, al romper el día, había ya salido para Córdoba, animado y sonriente, lleno de presentimientos halagüeños. Pero esta alegría no correspondía al aspecto siniestro de la naturaleza.

El cielo estaba cerrado y oscuro; el tren, casi vacío, corría a través de una inmensa llanura, en la que no se veía ninguna señal de habitación. Se encontraba solo en un vagón grandísimo, que se parecía a los de los trenes para los heridos. Miraba a derecha e izquierda y no se veía más que una soledad sin fin, ocupada sólo por pequeños árboles deformes, de ramas y troncos contrahechos, que ofrecían figuras raras y casi angustiosas y airadas; una vegetación oscura, extraña y triste, que daba a la llanura el aspecto de inmenso cementerio.

Dormitaba una media hora, y volvía a mirar; siempre veía el mismo espectáculo. Las estaciones del camino estaban solitarias, como casas de ermitaños; y cuando el tren se paraba no se oía una voz; le parecía que se encontraba solo, en un tren perdido, abandonado en medio del desierto.

Creía que cada estación debía ser la última, y que se entraba, después de ella, en las tierras misteriosas y horribles de los salvajes. Una brisa helada le azotaba el rostro. Embarcándolo en Génova a fines de abril, su familia no había pensado que en América podría encontrar el invierno, y le habían vestido de verano

Al cabo de algunas horas comenzó a sentir frío, y con el frío, el cansancio de los días pasados, llenos de emociones violentas y de noches de insomnio y agitadas. Se durmió; durmió mucho tiempo y se despertó aterido, sintiéndose mal. Y entonces le acometió un vago terror de caer enfermo, de morirse en el viaje y de ser arrojado allí, en medio de aquella llanura solitaria, donde su cadáver sería despedazado por los perros y por las aves de rapiña, como algunos cuerpos de caballos y de vacas que veía al lado del camino, de vez en cuando, y de los cuales apartaba la mirada con espanto.

En aquel malestar inquieto, en medio de aquel tétrico silencio de la naturaleza, su imaginación se excitaba y volvía a pensar en lo más negro. ¿Estaba, por otra parte, bien seguro de encontrar en Córdoba a su madre? ¿Y si no estuviera allí? ¿Y si aquellos señores de la calle de las Artes se hubieran equivocado? ¿Y si se hubiese muerto? Con estos pensamientos volvió a adormecerse y soñó que estaba en Córdoba de noche, y oía gritar en todas las puertas y desde todas las ventanas: “¡No está aquí! ¡No está aquí! ¡No está aquí!” Se despertó sobresaltado, aterido, y vio en el fondo del vagón a tres hombres con barba envueltos en mantas de diferentes colores, que lo miraban hablando bajo entre sí, y le asaltó la sospecha de que fuesen asesinos y lo quisiesen matar para robarle el equipaje.

Al frío, al malestar, se agregó el miedo; la fantasía, ya turbada, se le extravió -los tres hombres lo miraban siempre; uno de ellos se movió hacia él-; entonces le faltó la razón, y corriendo al encuentro de ellos, con los brazos abiertos, gritó:

-No tengo nada. Soy un pobre niño. Vengo de Italia; voy a buscar a mi madre; estoy solo; ¡no me hagan daño!

Los viajeros lo comprendieron todo en seguida; tuvieron lástima, le hicieron caricias y lo tranquilizaron, diciéndole muchas palabras, que no entendía; y viendo que le castañeteaban los dientes por el frío, le echaron encima una de sus mantas y le hicieron volver a sentarse para que se durmiera. Y se volvió a dormir al anochecer. Cuando lo despertaron, estaba en Córdoba.

¡Ah! ¡Qué bien respiró y con qué ímpetu se bajó del vagón! Preguntó a un empleado de la estación dónde vivía el ingeniero Mequínez; le dijo el nombre de una iglesia, al lado de la cual estaba su casa; el muchacho echó a correr hacia ella. Era de noche. Entró en la ciudad. Le pareció entrar en Rosario otra vez, al ver calles rectas, flanqueadas de pequeñas casas blancas y cortadas por otras calles rectas y larguísimas. Pero había poca gente, y a la luz de los escasos faroles que había, encontraba rostros extraños, de un color desconocido, entre negruzco y verdoso; y, alzando la cara de vez en cuando, veía iglesias de una arquitectura rara, que se dibujaban muy grandes y negras sobre el firmamento. La ciudad estaba oscura y silenciosa; pero después de haber atravesado aquel inmenso desierto, le pareció alegre. Preguntó a un sacerdote, y pronto encontró la iglesia y la casa; tocó la campanilla con mano temblorosa, y se apretó la otra contra el pecho, para sostener los latidos de su corazón que se le quería subir a la garganta.

Una vieja fue a abrir con una luz en la mano.

-¿A quién buscas? -preguntó aquélla en español.

-Al ingeniero Mequínez -dijo Marcos.

La vieja, despechada, respondió, meneando la cabeza:

-¡También tú ahora preguntas por el ingeniero Mequínez! Me parece que ya es tiempo de que esto concluya. Ya hace tres meses que nos importunan con lo mismo. No basta que lo hayamos dicho en los periódicos. ¿Será menester anunciar en las esquinas que el señor Mequínez se ha ido a vivir a Tucumán?

El chico hizo un movimiento de desesperación. Después dijo en una explosión de rabia:

-¡Me persigue, pues, una maldición! Yo me moriré en medio de la calle sin encontrar a mi madre. ¡Yo me vuelvo loco! ¡Me mato! ¡Dios mío! ¿Cómo se llama ese lugar? ¿Dónde está? ¿A qué distancia?

-¡Pobre niño! -respondió la vieja, compadecida-. ¡Una friolera! Estará a cuatrocientas o quinientas leguas, por lo menos.

El muchacho se cubrió la cara con las manos; después preguntó sollozando:

-Y ahora…. ¿qué hago?

-¿Qué quieres que te diga, hijo mío? -respondió la mujer-; yo no sé.

Pero de pronto se le ocurrió una idea, y la soltó en seguida.

-Oye, ahora que me acuerdo. Haz una cosa. Volviendo a la derecha, por la calle, encontrarás, a la tercera puerta, un patio; allí vive un capataz, un comerciante, que parte mañana para Tucumán con sus carretas y sus bueyes; ve a ver si te quiere llevar, ofreciéndole tus servicios; te dejará, quizás, un sitio en el carro; anda en seguida.

El muchacho cargó con su cofre, dio las gracias a escape, y al cabo de dos minutos se encontró en un ancho patio, alumbrado por linternas, donde varios hombres trabajaban en cargar sacos de trigo sobre algunos grandes carros, semejantes a casetas de titiriteros, con la cubierta curvada y las ruedas altísimas.

Un hombre alto, con bigote, envuelto en una especie de capa con cuadros blancos y negros, con dos anchos borceguíes, dirigía la faena. El muchacho se acercó a él y le expuso tímidamente su pretensión, diciéndole que venía de Italia y que iba a buscar a su madre.

El capataz, es decir, el conductor de aquel convoy de carros, le echó una ojeada de pies a cabeza y le dijo secamente:

-No tengo colocación para ti.

-Tengo quince pesos -replicó el chico, suplicante-; se los doy. Trabajaré por el camino. Iré a buscar agua y pienso para las bestias; haré todos los servicios. Un poco de pan me basta. Déjeme ir, señor.

El capataz volvió a mirarlo, y respondió, con mejor ánimo:

-No hay sitio…, y, además, no vamos a Tucumán; vamos a otra ciudad, a Santiago. Tendríamos que dejarte en el camino, y andar todavía un buen trecho a pie.

-¡Ah! ¡Yo andaría el doble! -exclamó Marcos-; yo andaré, no lo dude usted; llegaré de todas maneras; ¡déjeme un sitio, señor, por caridad; por caridad, no me deje aquí solo!

-¡Mira que es un viaje de veinte días!

-No importa.

-¡Es un viaje muy penoso!

-Todo lo sufriré.

-¡Tendrás que viajar solo!

-No tengo miedo a nada. Con tal de que encuentre a mi madre… ¡Tenga usted compasión!

El capataz le acercó a la cara una linterna, y lo miró. Después dijo:

-Está bien.

El muchacho le besó las manos.

-Esta noche dormirás en un carro -añadió el capataz, dejándolo-; mañana a las cuatro te despertaré. Buenas noches.

Por la mañana a las cuatro, a la luz de las estrellas, la larga fila de los carros se puso en movimiento con gran ruido; cada carro iba tirado por seis bueyes. Seguía un gran número de animales, que servirían para mudar los tiros. El muchacho, despierto y metido dentro de uno de los carros, con su bagaje, se durmió muy pronto, profundamente. Cuando se despertó, el convoy estaba detenido en un lugar solitario, bajo el sol, y todos los hombres, los peones, estaban sentados en círculo alrededor de un cuarto de ternera, que se asaba al aire libre, clavado en una especie de espadón plantado en tierra, al lado de un gran fuego, agitado por el viento.

Comieron todos juntos, durmieron, y después volvieron a emprender la jornada; y así continuó el viaje regulado, como una marcha militar. Todas las mañanas se ponían en camino a las cinco; se detenían a las nueve; volvían a andar a las cinco de la tarde y se detenían nuevamente a las diez. Los peones iban a caballo, y excitaban a los bueyes con palos largos. El muchacho encendía el fuego para el asado, daba de comer a las bestias, limpiaba los faroles y llevaba el agua para beber.

El país pasaba delante de él como una visión fantástica: vastos bosques de pequeños árboles oscuros; aldeas de pocas casas, dispersas, con las fachadas rojas y almenadas; vastísimos espacios, quizá antiguos lechos de grandes lagos salados, blanqueados por la sal, hasta donde alcanzaba la vista; y por todas partes, y siempre, llanura, soledad, silencio. Rarísima vez encontraban dos o tres viajeros a caballo, seguidos de otros cuantos caballos sueltos, que pasaban al galope, como una exhalación.

Los días eran todos iguales, como en el mar, sombríos e interminables. Pero el tiempo estaba hermoso. Los peones, como el muchacho se había hecho un servidor obligado, se tornaban día tras día más exigentes; algunos lo trataban brutalmente, con amenazas; todos se hacían servir de él sin consideración; lo obligaban a llevar cargas enormes de forraje; lo mandaban por agua a grandes distancias; y él, extenuado por la fatiga, no podía ni aun dormir de noche, despertando a cada instante por las sacudidas violentas del carro y por el ruido ensordecedor de las ruedas y de los maderos. Además, se había levantado viento y una tierra fina, rojiza y sucia, que lo envolvía todo, penetraba en el carro, se le introducía por entre la ropa, le quitaba la vista y la respiración, oprimiéndolo continuamente de un modo insoportable.

Extenuado por la fatiga y el insomnio, roto y sucio, reprendido y maltratado desde la mañana hasta la noche, el pobre muchacho se debilitaba más cada día, y habría decaído su ánimo por completo si el capataz no le hubiera dirigido de vez en cuando alguna palabra agradable. A veces, en un rincón del carro, cuando no lo veían, lloraba con la cara apoyada en su baúl, que no contenía ya más que andrajos. Cada mañana se levantaba más débil y más desanimado, y al mirar al campo y ver siempre aquella implacable llanura sin límites, como un océano de tierra, decía para sí:

“¡Oh, a la noche no llego, no llego a la noche! ¡Hoy me muero en el camino!” Y los trabajos crecían, los malos tratamientos se redoblaban. Una mañana, porque había tardado en llevar el agua, uno de los hombres, no estando presente el capataz, le pegó. Desde entonces comenzaron a hacerlo por costumbre; cuando le mandaban algo, le daban un trastazo, diciéndole: “¡Haz esto, holgazán!”, “¡Lleva esto a tu madre!” El corazón se le quería salir del pecho; enfermo, estuvo tres días en el carro con una manta encima, con calentura, sin ver a nadie más que al capataz, que iba a darle de beber y a tomarle el pulso. Entonces se creía perdido e invocaba desesperadamente a su madre, llamándola mil veces por su nombre: “¡Oh madre mía! ¡Madre mía!… ¡Oh pobre madre mía, que ya no te veré más! ¡Pobre madre, que me encontrarás muerto en medio del camino!” Juntaba las manos sobre el pecho y rezaba. Después se puso mejor, gracias a los cuidados del capataz, y se curó por completo; mas con la curación llegó el día más terrible de su viaje, el día en que debía quedarse solo.

Hacía más de dos semanas que estaban de marcha. Cuando llegaron al punto en que el camino de Tucumán se aparta del que va a Santiago, el capataz le avisó que debían separarse. Le hizo algunas indicaciones respecto al trayecto, le cargó el equipaje sobre las espaldas, de modo que no le incomodase para andar, y abreviando, como si temiera conmoverse, lo despidió. El muchacho apenas tuvo tiempo para besarle en un brazo. También los demás hombres, que tan duramente lo habían tratado, parece que sintieron un poco de lástima al verlo quedarse tan solo, y le decían adiós con la mano, al alejarse. Él devolvió el saludo, permaneció unos momentos mirando el convoy que se perdía entre el rojizo polvo del campo, y después se puso en camino, tristemente.

Una cosa, sin embargo, lo animó algo desde el principio. Después de tres días de viaje, a través de aquella llanura, interminable y siempre igual, vio delante de sí una cadena de altísimas montañas azules, con las cimas blancas, que le recordaban los Alpes. Le parecía acercarse a su país. Eran los Andes, la espina dorsal del continente americano, la inmensa cadena que se extiende desde la Tierra del Fuego hasta el mar glacial del Polo Ártico, por 110 grados de latitud.

También lo animaba sentir que el aire se iba haciendo cada vez más cálido; y esto sucedía porque, marchando hacia el norte, se iba acercando a las regiones tropicales. A grandes distancias encontraba pequeños grupos de casas con una tiendecilla, y compraba algo para comer. Encontraba hombres a caballo; veía, de vez en cuando, mujeres y niños sentados en el suelo, inmóviles y serios. Eran caras completamente nuevas para él, color de tierra, con los ojos oblicuos, los huesos de las mejillas prominentes. Lo miraban fijo y lo seguían con la mirada, volviendo la cabeza lentamente, como autómatas. Eran indios.

El primer día anduvo hasta que le faltaron las fuerzas, y durmió debajo de un árbol. El segundo anduvo bastante menos, y con menos ánimos. Tenía las botas rotas, los pies desollados y el estómago débil por la mala alimentación. En la noche empezaba a tener miedo. Había oído decir, en Italia, que en aquel país había serpientes; creía oírlas arrastrarse; se detenía, tomaba luego carrera y sentía frío en los huesos. A veces sentía una gran lástima de sí mismo, y lloraba en silencio, mientras caminaba. Después pensaba: “¡Oh, cuánto sufriría mi madre si supiese que tengo tanto miedo!” Y este pensamiento le daba ánimos. Luego, para distraerse del terror, pensaba en ella, traía a su mente sus palabras cuando salió de Génova, y el modo como le solía arreglar las mantas bajo la barbilla, cuando estaba en la cama; y cuando era niño, que a veces lo cogía en sus brazos, diciéndole: “¡Estate aquí un poco conmigo!”; y estaba así mucho tiempo, con la cabeza apoyada sobre la suya y entregada a sus pensamientos. Y decía para sí:

“¿Volveré a verte alguna vez, madre querida? ¿Llegaré al fin de mi viaje, madre mía?” Y andaba; andaba, en medio de árboles desconocidos, entre vastas plantaciones de cañas de azúcar, por prados sin fin, siempre con aquellas grandes montañas azules por delante, que cortaban el sereno cielo con sus altísimos conos. Pasaron cuatro días, cinco, una semana. Las fuerzas le iban faltando rápidamente, y los pies le sangraban. Al fin, una tarde, al ponerse el sol, le dijeron:

-Tucumán está a cinco leguas de aquí.

Dio un grito de alegría y apretó el paso, como si hubiese recobrado en el momento todo el vigor perdido. Pero fue breve ilusión. Las fuerzas lo abandonaron de nuevo, y cayó extenuado a la orilla de una zanja. Mas el corazón le saltaba de gozo. El cielo, cubierto de estrellas, nunca le había parecido tan hermoso. Lo contemplaba, echado sobre la hierba para dormir, y pensaba que su madre miraría quizá también al mismo tiempo el cielo: “¡Oh madre mía! ¿Dónde estás? ¿Qué haces en este instante? ¿Piensas en tu hijo? ¿Te acuerdas de tu Marcos, que está tan cerca de ti?”

¡Pobre Marcos! Si él hubiese podido ver en qué estado se encontraba entonces su madre, hubiera hecho esfuerzos sobrehumanos para caminar aún, y llegar hasta ella cuanto antes. Estaba enferma en la cama, en un cuarto de un piso bajo de la casita solariega donde vivía toda la familia Mequínez, la cual le había tomado mucho cariño y la asistía muy bien.

La pobre mujer estaba ya delicada cuando el ingeniero Mequínez tuvo que salir precipitadamente de Buenos Aires, y no se había mejorado del todo con el buen clima de Córdoba. Pero después, el no haber recibido contestación a sus cartas, del marido ni del primo, el presentimiento siempre vivo de alguna gran desgracia, la ansiedad continua en que vivía, dudando entre marchar y quedarse, cada día esperando una mala noticia, la habían hecho empeorar considerablemente. Por último, se había presentado una enfermedad gravísima: una hernia intestinal estrangulada.

Desde hacía quince días no se levantaba. Era necesaria una operación quirúrgica para salvarle la vida. Precisamente, en aquel momento, mientras su Marcos la invocaba, estaban junto a su cama el amo y el ama de la casa convenciéndola, con mucha dulzura, para que se dejase hacer la operación.

Un afamado médico de Tucumán había ya venido la semana anterior, inútilmente.

-No, queridos señores -decía ella-, no tiene objeto; yo no tengo ya más fuerza para resistir, y moriré bajo los instrumentos del cirujano. Mejor es que me dejen morir así. No me importa la vida. Todo ha concluido para mí. Es preferible que muera antes de saber lo que haya ocurrido en mi familia.

Los dueños volvían a decirle que no, que tuviese valor, que las últimas cartas enviadas a Génova directamente tendrían respuesta, que se dejase operar, que lo hiciese por sus hijos. Pero aquella idea de sus hijos agravaba más y más, con mayor angustia, el desaliento profundo que la postraba hacía largo tiempo. Al oír aquellas palabras, prorrumpía en llanto.

-¡Oh, hijos míos! ¡Hijos míos! -exclamaba, juntando sus manos-; ¡quizá ya no existen! Mejor es que muera yo también. Muchas gracias, buenos señores; se los agradezco de corazón. Más vale morir. Ni aún con la operación me curaría, estoy segura. Gracias por tantos cuidados. Es inútil que pasado mañana vuelva el médico. ¡Quiero morirme; es mi destino! Estoy decidida.

Y ellos, sin cesar de consolarla, repetían:

-No, no diga eso -cogiéndola de las manos y suplicándole.

La enferma entonces cerraba los ojos agotada, y caía en un sopor que la hacía parecer muerta… Los señores permanecían a su lado algún tiempo, mirando con gran compasión a la débil luz de la lamparilla, a aquella madre admirable, que había venido a servir a seis mil millas de su patria, y a morir… ¡después de haber sufrido tanto! ¡Pobre mujer! ¡Tan honrada, tan buena y tan desgraciada!

Al día siguiente, muy de mañana, entraba Marcos con su saco a la espalda, encorvado y tambaleándose, pero lleno de ánimos, en la ciudad de Tucumán, una de las más jóvenes y florecientes del país. Le parecía volver a ver Córdoba, Rosario, Buenos Aires; eran aquellas mismas calles derechas, y larguísimas, y aquellas casas bajas y blancas; pero por todas partes se veía una nueva y magnífica vegetación; se notaba un aire perfumado, una luz maravillosa, un cielo límpido y profundo, como jamás lo había visto ni siquiera en Italia.

Caminando por las calles, volvió a sentir la agitación febril que se había apoderado de él en Buenos Aires; miraba las ventanas y las puertas de todas las casas, se fijaba en todas las mujeres que pasaban, con la angustiosa esperanza de encontrar a su madre; hubiera querido preguntar a todos, y no se atrevía a detener a nadie. Todos, desde el umbral de sus puertas, se volvían a contemplar a aquel pobre muchacho harapiento, lleno de polvo, que daba señales de venir de muy lejos. Buscaba entre la gente una cara que le inspirase confianza, a quien dirigir aquella tremenda pregunta, cuando se presentó ante sus ojos, en el rótulo de una tienda, un nombre italiano. Dentro había un hombre con anteojos, y dos mujeres. Se acercó lentamente a la puerta, y con ánimo resuelto preguntó:

-¿Me sabrían decir, señores, dónde está la familia Mequínez?

-¿Del ingeniero Mequínez? -preguntó a su vez el de la tienda.

-Sí, del ingeniero Mequínez -respondió el muchacho con voz apagada.

-La familia Mequínez -dijo el de la tienda- no está en Tucumán.

Un grito desesperado de dolor, como de persona herida de repente por artero puñal, fue el eco de aquellas palabras.

El tendero y las mujeres se levantaron; acudieron algunos vecinos.

-¿Qué ocurre? ¿Qué tienes, muchacho? -dijo el tendero, haciéndole entrar en la tienda y sentarse-; no hay por qué desesperarse, ¡qué diablo! Los Mequínez no están aquí, pero no están muy lejos: ¡a pocas horas de Tucumán!

-¿Dónde? ¿Dónde? -gritó Marcos, levantándose como un resucitado.

-A unas quince millas de aquí -continuó el hombre-, a orillas del Saladillo; en el sitio donde están construyendo una gran fábrica de azúcar; en el grupo de casas está la del señor Mequínez; todos lo saben, y llegarás en pocas horas.

-Yo estuve allá hace poco -dijo un joven que había acudido al oír el grito.

Marcos se le quedó mirando, con los ojos fuera de las órbitas, y le preguntó precipitadamente, palideciendo:

-¿Habéis visto a la criada del señor Mequínez, la italiana?

-¿La genovesa? La he visto.

Marcos rompió en sollozos convulsivos, entre risa y llanto.

Luego, con un impulso de violenta resolución:

-¿Por dónde se va? ¡Pronto, el camino; me marcho en el acto, enséñeme el camino!

-¡Pero si hay una jornada de marcha! -le dijeron todos a una voz-; estás cansado y debes reposar; partirás mañana.

-¡Imposible! ¡ Imposible! -respondió el muchacho-. ¡Díganme por dónde se va; no espero ni un momento, en seguida, aun cuando me cayera muerto en el camino!

Viendo que era irrevocable su propósito, no se opusieron más.

-¡Que Dios te acompañe! -le dijeron-. Ten cuidado con el camino por el bosque. Buen viaje, italianito.

Un hombre lo acompañó fuera de la ciudad, le indicó el camino, le dio algún consejo y se quedó mirando cómo empezaba su viaje. A los pocos minutos el muchacho desapareció, cojeando, con su cofrecito a la espalda, por entre los espesos árboles que flanqueaban el camino.

Aquella noche fue tremenda para la pobre enferma. Tenía dolores atroces, que le arrancaban alaridos capaces de destrozar sus venas y que le producían momentos de delirio. Las mujeres que la asistían perdían la cabeza. El ama acudía de cuando en cuando, descorazonada. Todos comenzaron a temer que aunque hubiera decidido dejarse hacer la operación, el médico, que debía llegar a la mañana siguiente, llegaría ya demasiado tarde. En los momentos en que no deliraba, se comprendía, sin embargo, que su desconsuelo mayor y más terrible no lo causaban los dolores del cuerpo, sino el pensamiento de su familia lejana. Moribunda, descompuesta, con la fisonomía deshecha, metía sus manos por entre los cabellos, con actitudes de desesperación que traspasaban el alma, gritando:

-¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Morir tan lejos! ¡Morir sin volverlos a ver! ¡Mis pobres hijos, que se quedan sin madre; mis criaturas, mi pobre sangre! ¡Mi Marcos, todavía tan pequeñito, así de alto, tan bueno y tan cariñoso! ¡No saben qué muchacho era! Señora, ¡si usted supiese! No me lo podía quitar de mi cuello cuando partí: sollozaba que daba compasión oírlo; ¡pobrecillo!, parecía que sospechaba que no había de volver a ver a su madre; ¡pobre Marcos, pobre niño mío! Creí que estallaba mi corazón. ¡Ah, si me hubiese muerto en aquel mismo instante en que me decía “adiós”! ¡Si hubiera entonces muerto atravesada por un rayo! ¡Sin madre, pobre hijo, él, que me quería tanto, que tanto me necesitaba; sin madre, en la miseria, tendrá que andar pidiendo limosna, él, Marcos, mi Marcos, que extenderá su mano hambriento! ¡Oh, Dios eterno! ¡No! ¡No quiero morir! ¡Un médico! ¡Llámenlo en seguida! ¡Que venga, que me opere, que me haga enloquecer, pero que me salve la vida! ¡Quiero curarme; quiero irme, huir, mañana, ahora mismo! ¡El médico! ¡Socorro! ¡Socorro!

Y las mujeres le sujetaban las manos, la calmaban, suplicantes; procuraban hacerla volver en sí poco a poco, y le hablaban de Dios y de esperanza. Y volvía a sumirse en un abatimiento mortal, lloraba con las manos entre sus cabellos grises, gemía como una niña, lanzaba prolongados gemidos y murmuraba:

-¡Oh, Marcos mío, mi pobre Marcos! ¡Dónde estará ahora la pobre criatura!

Eran las doce de la noche. Su pobre Marcos, después de haber pasado muchas horas sobre la orilla de un foso, extenuado, caminaba entonces a través de una vastísima floresta de árboles gigantescos, monstruos de vegetación, con fustes desmesurados semejantes a pilastras de una catedral, que a cierta altura maravillosa entrecruzaban sus enormes cabelleras plateadas por la luna.

Vagamente, en aquella media oscuridad, veía miles de troncos de todas formas, derechos, inclinados, retorcidos, cruzados, en actitudes extrañas de amenaza y de lucha; algunos caídos en tierra, como torres arruinadas de pronto; todo cubierto de una vegetación exuberante y confusa que semejaba a furiosa multitud disputándose palmo a palmo el terreno; otros formando grupos verticales y apretados, como si fueran haces de lanzas gigantescas cuyas puntas se escondieran en las nubes: una grandeza soberbia, un desorden prodigioso de formas colosales, el espectáculo más majestuosamente terrible que jamás le hubiese ofrecido la naturaleza vegetal. Por momentos le sobrecogía gran estupor. Pero pronto su alma volaba hacia su madre.

Estaba muerto de cansancio, con los pies sangrando, solo, en medio de aquel imponente bosque, donde no veía más que, a grandes intervalos, pequeñas viviendas humanas, que colocadas al pie de aquellos árboles parecían nidos de hormigas; estaba agotado, pero no sentía el cansancio; estaba solo y no tenía miedo. La grandeza del campo engrandecía su alma; la cercanía de su madre le daba la fuerza y la decisión de un hombre; el recuerdo del océano, de los abatimientos, de los dolores que había experimentado y vencido, de las fatigas que había sufrido, de la férrea voluntad que había desplegado, le hacían levantar la frente; toda su fuerte y noble sangre genovesa refluía a su corazón en ardiente oleada de altanería y audacia.

Y algo nuevo pasaba en él: hasta entonces había llevado en su mente una imagen de su madre oscurecida y como un poco borrada por los años de alejamiento, y ahora aquella imagen se aclaraba; tenía delante de sus ojos el rostro entero y puro de su madre como hacía mucho tiempo no lo había contemplado; la volvía a ver cercana, iluminada, como si estuviera hablando; volvía a ver los movimientos más fugaces de sus ojos y de sus labios, todas sus actitudes, sus gestos, las sombras de sus pensamientos; y apenado por aquellos vivos recuerdos, apretaba el paso, y un nuevo cariño, una ternura indecible, iba creciendo en su corazón, y hacía correr por sus mejillas lágrimas tranquilas y dulces. Según iba andando en medio de las tinieblas, le hablaba, le decía las palabras que le hubiera dicho al oído dentro de poco:

-¡Aquí estoy, madre mía; aquí me tienes; no te dejaré jamás; juntos volveremos a casa, estaré siempre a tu lado en el vapor, apretado contra ti, y nadie me separará de ti nunca, nadie, jamás, mientras tengas vida! Y no advertía entretanto que sobre la cima de los árboles gigantescos iba poco a poco apagándose la argentina luz de la luna con la blancura delicada del alba.

A las ocho de aquella mañana, el médico de Tucumán -un joven argentino- estaba ya al lado de la cama de la enferma acompañado de un practicante, intentando por última vez persuadirla para que se dejase hacer la operación; a su vez, el ingeniero Mequínez volvía a repetir las más calurosas instancias, lo mismo que su señora. Pero ¡todo era inútil! La mujer, sintiéndose sin fuerza, ya no tenía fe en la operación; estaba certísima o de morir en el acto, o de no sobrevivir más que algunas horas, después de sufrir en vano dolores mucho más atroces que los que debían matarla naturalmente. El médico tenía buen cuidado de decirle una y otra vez:

-¡Pero si la operación es segura y su salvación es cierta, con tal de que tenga algo de valor! Y, por otro lado, si se empeña en resistir, la muerte es segura.

Eran palabras lanzadas al aire.

-No -respondía siempre con su débil voz-, todavía tengo valor para morir, pero no lo tengo para sufrir inútilmente. Gracias, señor médico. Así está dispuesto. Déjeme morir tranquila.

El médico, desanimado, desistió. Nadie pronunció una palabra más. Entonces la mujer volvió el semblante hacia su ama, y le dijo, con voz moribunda, sus postreras súplicas.

-Mi querida y buena señora -dijo con gran trabajo, sollozando-, usted mandará los pocos pesos que tengo y todas mis cosas a mi familia… por medio del señor cónsul. Yo supongo que todos viven. Mi corazón me lo predice en estos últimos momentos. Me hará el favor de escribirles… que siempre he pensado en ellos…, que he trabajado para ellos…, para mis hijos…, y que mi único dolor es no volverlos a ver más…, pero que he muerto con valor…, resignada…, bendiciéndolos; y que recomiendo a mi marido… y a mi hijo mayor al más pequeño, a mi pobre Marcos, a quien he tenido en mi corazón hasta el último momento.

Y poseída de gran exaltación repentina, gritó juntando las manos:

-¡Mi Marcos! ¡Mi pobre niño! ¡Mi vida!… -pero girando los ojos anegados en llanto, vio que su ama no estaba ya a su lado: habían venido a llamarla furtivamente. Buscó al señor, también había desaparecido. No quedaban más que las dos enfermeras y el practicante. En la habitación inmediata se oía el rumor de pasos presurosos, murmullo de voces precipitadas y bajas, y de exclamaciones contenidas. La enferma fijó su vista en la puerta en ademán de esperar. Al cabo de pocos minutos volvió a presentarse el médico, con semblante extraño; luego su señora y el amo, también con la fisonomía visiblemente alterada. Los tres se quedaron mirando con singular expresión, y cambiaron entre sí algunas palabras en voz baja. Le pareció oír que el médico decía a la señora:

-Es mejor en seguida.

La enferma no comprendía.

-Josefa -le dijo el ama con voz temblorosa-. Tengo que darte una noticia buena. Prepara tu corazón a recibir una buena noticia.

La mujer se quedó mirándola con fijeza.

-Una noticia -continuó la señora cada vez más agitada- que te dará mucha alegría.

La enferma abrió los ojos desmesuradamente.

-Prepárate -prosiguió su ama- a ver a una persona… a quien quieres mucho.

La mujer levantó la cabeza con ímpetu vigoroso, y empezó a mirar a la señora y a la puerta con ojos que despedían fulgores.

-Una persona -añadió su ama, palideciendo- que acaba de llegar… inesperadamente.

-¿Quién es? -gritó, con voz sofocada y angustiosa, como llena de espanto.

Un instante después lanzó un agudísimo grito, de un salto se sentó sobre la cama, y permaneció inmóvil, con los ojos desencajados y con las manos apretadas contra las sienes, como si se tratase de una aparición sobrehumana.

Marcos, lacerado y cubierto de polvo, estaba de pie en el umbral, detenido por el doctor, que lo sujetaba por un brazo.

La mujer prorrumpió por tres veces:

-¡Dios! ¡Dios! ¡Dios mío!

Marcos se lanzó hacia su madre, que extendía sus brazos descarnados, apretándole contra su seno como un tigre, rompiendo a reír violentamente y mezclándose a su risa profundos sollozos sin lágrimas, que la hicieron caer rendida y sofocada sobre las almohadas.

Pronto se rehízo, sin embargo, gritando como una loca, llena de alegría, y besando a su hijo:

-¿Cómo estás aquí? ¿Por qué? ¿Eres tú? ¡Cómo has crecido! ¿Quién te ha traído? ¿Estás solo? ¿No estás enfermo? ¡Eres tú, Marcos! ¡No es esto un sueño! ¡Dios mío! ¡Háblame!

Luego, cambiando de tono repentinamente:

-¡No! ¡Calla! ¡Espera! -y volviéndose hacia el médico-: Pronto, en seguida doctor. Quiero curarme. Estoy dispuesta. No pierda un momento. Llévense a Marcos para que no sufra. ¡Marcos mío, no es nada! Ya me contarás todo. ¡Dame otro beso! ¡Vete! Heme aquí, doctor.

Sacaron a Marcos de la habitación. Los amos y criados salieron en seguida, quedando sólo con la enferma el cirujano y el ayudante, que cerraron la puerta.

El señor Mequínez intentó llevarse a Marcos a una habitación lejana: fue imposible; parecía que lo habían clavado en el pavimento.

-¿Qué es? -preguntó-. ¿Qué tiene mi madre? ¿Que le están haciendo?

Entonces Mequínez, bajito e intentando siempre llevárselo de allí:

-Mira; oye; ahora te diré; tu madre está enferma; es preciso hacerle una sencilla operación; te lo explicaré todo; ven conmigo.

-No -respondió el muchacho-, quiero estar aquí. Explíquemelo aquí.

El ingeniero amontonaba palabras y más palabras, y tiraba de él para sacarlo de la habitación; el muchacho comenzaba a espantarse, temblando de terror.

Un grito agudísimo, como el de un herido de muerte, resonó de repente por toda la casa.

El niño respondió con otro grito horrible y desesperado:

-¡Mi madre ha muerto!

El médico se presentó en la puerta y dijo:

-Tu madre se ha salvado.

El muchacho lo miró un momento, arrojándose luego a sus pies, sollozando:

-Gracias, doctor.

Pero el médico lo hizo levantar, diciéndole:

-¡Levántate!… ¡Eres tú, heroico niño, quien ha salvado a tu madre!