Rosa y el cascarudo

Rosa y el cascarudo

Mario de Andrade

Belazarte me contó:

No creo en bichos malignos, pero del cascarudo, no sé. Mire lo que sucedió con Rosa… Dieciocho años. Yo no sabía que los tenía. Nadie había reparado en eso. Ni doña Carlotita ni doña Ana, ya viejecitas y solteronas, ambas con cuarenta y muchos. Rosa había venido para acompañarlas a los siete años cuando se le murió la madre. Murió o dio la hija, que es lo mismo que morir. Rosa crecía. Su adorable tipo portugués se pulía poco a poco de las vaguedades físicas de la infancia. Diez años, catorce años, quince… Al final dieciocho en mayo pasado. Pero Rosa seguía con siete, por lo menos en lo que respecta a nuestra alma. Servía siempre a las dos solteronas con la misma fantasía caprichosa de la antigua Rosita. A veces limpiaba bien la casa, a veces mal. En ocasiones se olvidaba del palillero al poner la mesa para el almuerzo. Y en el cuarto acariciaba con la misma ignorancia de madre a la misma muñeca que, ¡no sé cuánto tiempo hace!, le había dado doña Carlotita con la intención de mostrarse simpática. Parece increíble, ¿no?, pero nuestro mundo está hecho de esos increíbles: Rosa, toda una muchacha ya, era infantil y de pureza infantil. Que las purezas como las morales son muchas y diferentes… cambian con los tiempos y con la edad… no debería ser así, pero es así, y no hay nada que discutir. Pero con dieciocho años en 1923, Rosa poseía la pureza de los niños de… allá por la batalla del Riachuelo1 más o menos… Eso: de los niños de 1865. ¡Rosa… qué anacronismo!

En la casita en la que vivían las tres, camino de la Lapa2, su juventud se desarrolló sólo en el cuerpo. También salía poco y la ciudad era para ella el viaje que uno hace una vez por año cuando mucho, por algún finado. Entonces doña Ana y doña Carlotita se vestían de seda negra, ¡sí señor! Se ponían toda esa seda negra haciendo barullo que era una lástima. Rosa acompañaba a las patronas con su ropa fina más nuevita, llevando los jarros de leche y las plantas de la huerta. Iban a Aratá3 donde reposaba el recuerdo del capitán Fragoso Vale, padre de las dos tías. Junto al mármol raso doña Carlotita y doña Ana lloraban. Rosa lloraba también para hacer compañía. Notaba que las otras lloraban, se imaginaba que era necesario llorar también, ¡enseguida!, llanto llanto… abría los pequeños grifos de los ojos negros negros, que brillaban aun más. Después visitaban haciendo comentarios las tumbas endomingadas. Aquel olor… Velas derretidas, familias descansando, agitación dificultosa para tomar el ómnibus… ¡qué aturdimiento, Dios mío! ¡La impresión llena de miedos era desagradable!

Anualmente ese viaje grande de Rosa. No más: llegadas hasta la iglesia de la Lapa algún domingo suelto y en Semana Santa. Rosa no soñaba ni maduraba. Siempre atendiendo la huerta y a doña Carlotita. Atendiendo la cena y a doña Ana. Todo con la misma igualdad infantil que no implica desamor, no. Ni era indiferencia, era no imaginar las diferencias, eso sí. Uno pone diez dedos para hacer la comida, dos brazos para barrer la casa, un pedacito de amistad para Fulano, tres pedacitos de amistad para Zutano que es más simpático, una mirada a la bonita vista de al lado con el campanario de Nuestra Señora de O4 en un embobamiento allá lejos, y de sopetón, ¡zás! se hace todo amor como en el truco5 para ver si toca una buena mano. Así es como hacemos… Rosa no lo hacía. Era siempre el mismo pedazo de cuerpo que ponía en todas las cosas: dedos, brazos, vista y boca. Lloraba con eso y con eso mismo atendía a doña Carlotita.

Indistinta y bien barridita. Vacía. Una hermanita. El mundo no existía para… ¡qué hermana!, santita de iglesia perdida en los alrededores de Évora.6 Hablo de la santita representativa que está en el altar, hecha de argamasa pintada. La otra, la representada, usted bien sabe: está allá en el cielo sin interceder por nosotros… Rosa, si se precisaba, intercedía. Pero sin saber por qué. Intercedía con el mismo pedazo de cuerpo, dedos, brazos, vista y boca, sin nada más. La pureza, la infantilidad, la pobreza de espíritu se empañaban en una redoma que la separaba de la vida. ¿Vecindad? Sólo la casita de más allá, en la misma calle sin vereda, barrio oscuro, verde de pasto libre. La callejuela era engullida en un arrebato por la confusión civilizada de la calle de los tranvías. Pero ya en la esquina el almacencito de don Costa le impedía a Rosa entrar en la calle de los tranvías. Y don Costa pasaba de los cincuenta, viudo sin hijos, pitando de su pipa maloliente. Rosa se detenía allí. El almacén movía toda la dinámica alimenticia de la existencia de doña Ana, de doña Carlotita y de ella. Y eso en las horas apuradas de la mañana, después de hervir la leche que el lechero dejaba muy temprano en el portón.

Rosa saludaba a las vecinas de la otra casa. De tanto en tanto se paraba un minuto para conversar con Ricardita. Pero no tenía tema, ¿qué tenía que hacer? partir enseguida. Con esas despreocupaciones de vivir y de disfrutar de la vida, ¡cómo podía reparar en su propia juventud!, no podía. El único que reparó en eso fue Juan. Primero él envolvía los dos panes en el papel ceniciento y tiraba el paquete en la galería. Golpeaba para que supieran y se iba tlindliirim dlimdlrim, en su triciclo.

Solamente cuando había lluvia y viento, esperaba con el paquete en la mano.

-Buenos días.

-Buenos días.

-¡Qué lluvia!

-Un espanto.

-Hasta mañana.

-Hasta mañana.

Pero una vez, cuando envolvía los panes en el triciclo, vio que Rosa volvía del almacén. Esperó con toda naturalidad, no era ningún maleducado. El sol daba de lleno en el cuerpo que estaba llegando. Fue entonces que Juan reparó en el cambio de Rosa, era otra. Enteramente mujer con piernas bien delineadas y dos senos agudos conteniéndose en la lisura de la blusa, como el rubí del anillo dentro del guante. Así es… Juan no vio nada de eso, estoy fantaseando la historia. Después del siglo diecinueve los contadores parece que se sienten en la obligación de desmenuzar con descaro esas cosas. Ni aquel color de manzana camesa7 amorenada limpia… Ni aquellos ojos de esplendor solar… Juan reparó apenas en que tenía un malestar por dentro y concluyó que el malestar provenía de Rosa. Era Rosa la que le estaba causando eso, no tenía dudas. Derramó una risa perdida por la cara. Se fue atontado, sin decir bien ni siquiera “buenos días”. Pero desde entonces no tiró más los panes desde la acera. Esperaba que Rosa viniera a buscarlos de su mano.

-¡Buenos días!

-Buenos días. ¿Por qué no los tiró?

-Es que… se pueden ensuciar.

-Hasta mañana.

-¡Hasta mañana, Rosa!

Sentía ese tal malestar y se iba.

Juan era casi una Rosa también. Sólo que tenía padre y madre, eso le enseña a uno. Y tal vez a causa de los veinte años… De verdad que había llegado a esa edad sin contacto con mujer, pero los sueños lo atizaban, vivía mordido de impaciencias cortas. Pero hacía pan, entregaba pan y se dormía temprano. Los domingos jugaba al fútbol en el Lapa Atlético. Cuando descubrió que no podía más vivir sin Rosa, le confesó todo al padre.

-Pues cásate, hijo. Es una muchacha buena, ¿no es así?

-Sí, padre.

-¡Pues entonces cásate! La panadería es tuya… no tengo más hijos… Y si la muchacha es buena…

Esa tarde doña Ana y doña Carlotita recibían la visita avergonzada de Juan. ¡Cómo costaba hablar de eso! Al final, cuando ellas adivinaron que ese muchacho, corto de palabras pero sereno de gestos, les llevaba a Rosa, se emocionaron mucho. Se emocionaron porque encontraron el asunto muy bonito, muy conmovedor. Y en un instante se dieron cuenta de que la criadota estaba hecha toda una muchacha ya. Precisaba casarse. ¡Qué maravilla, Rosa se casaba! ¡Iba a tener hijos! Ellas serían las madrinas… Casi se desvirgaban del gozo de ser madres de los hijos de Rosita. Se sentían abrazadas, apretadas y, ¡por la santa cruz!, cometían cada pecadote en el inconsciente…

-¡Rosa!

-¿Señora?

-¡Ven acá!

-¡Ya voy, sí señora!

Aún no sabían si Juan era bueno, pero parecía. Y querían disfrutar la turbación de Rosa y del joven, ¡qué maravilla! Apretados contra los batientes de la puerta relumbraron dieciocho años fresquitos.

-Rosa, fíjate. El joven vino a pedirte en casamiento.

-¡Pedir qué!…

-El joven dice que quiere casarse contigo.

Rosa hizo de la boca una rueda roja. Los dientes regulares muy blancos. No se avergonzó. No bajó los ojos. Rosa comenzó a llorar. Se escapó hacia adentro sollozando. Doña Carlotita la encontró sentada en el banquito junto al fogón. Lloraba con grititos, sollozaba encogiendo los hombros, desamparada.

-¡Rosa, qué es eso! ¿¡Entonces es así que se hace!? ¡Si tú no quieres, dilo!

-¡No! Doña Carlotita, ¡no! ¡Cómo puede ser! ¡Yo no quiero dejarla a usted!…

Doña Carlotita ponderó, disfrutó, aconsejó… Rosa no sabía para dónde ir, si se casaba; Rosa sólo sabía atender a doña Carlotita… Rosa se puso a llorar fuerte. Fue preciso taparle la boca, ¡alabado sea!, ¡para que el joven no escuchara, pobre! Al fin vino doña Ana para saber lo que sucedía, muerta de curiosidad.

Juan se quedó solo en la sala, no sabía lo que había pasado allá adentro, pero no obstante adivinando que le parecía que Rosa no gustaba de él.

Ahora sí, estaba realmente aturdido. Se avergonzó de la sala, de estar solo, no sé, fue tomando el sombrero y saliendo con paso de buey de carro. Abría los ojos espantado. Ahora se daba cuenta de que verdaderamente gustaba de Rosa. ¡El rechazo le produjo un dolor, pobre!…

Fue una tarde de silencio en su casa. El padre condenó, ofendió a la chica. Después, dándose cuenta que eso le hacía mal al hijo se calló.

Al día siguiente tiró el pan junto a la puerta y se fue. Le daba de repente un cosa extraña por dentro, venía de allá de debajo del cuerpo apretando, casi sofocaba, y la imagen de Rosa le salía por los ojos discutiendo con la vida indiferente de la calle y de la entrega del pan. ¡Gracias a Dios que llegó a casa! Pero le faltaban letras y calle para cultivar la tristeza. Y Rosa no aparecía para cultivar el deseo… Ese domingo él fue un zaguero estupendo. Gracias a él el Lapa Atlético venció. Venció porque de repentemente8 ella aparecía en su cuerpo y le daba aquella voluntad, es decir, dos voluntades: la… ya sabida, y la otra, de olvido y continuar dominando la vida… Entonces él veía la pelota, adivinaba para qué lado iba, se tiraba, ¡qué le importaba ahora recibir una patada en la cara!, ¡quebrarse la columna!, ¡qué reventara todo!, ¡que se muriese!, pero la pelota no tenía que entrar en el arco. Juan naturalmente pensaba que era a causa de la pelota.

Rosa, cuando vio que de verdad no dejaba a doña Ana y a doña Carlotita, tuvo un alegrón. Cantó. Ahora es que el cascarudo entra en escena… Rosa sintió una gran calma. Y no pensó más en Juan.

-¡Te olvidaste del palillero otra vez!

-¡Discúlpeme, doña Ana!

Continuó limpiando la casa unas veces bien otras mal. Continuó arrullando a la muñeca de porcelana. Continuó.

Esa noche de mucho calor, quiso dormir con la ventana abierta. Rodaba satisfecha el cuerpo desnudo dentro del camisón, y después se durmió. Un cascarudo entró, zzz, zzz, zzzuuuuuummmm, ¡paf! Rosa dormida se estremeció con la sensación de esas patas metálicas en el pecho. Abrió los ojos en la oscuridad. El cascarudo se paseaba lentamente. Encontró el orificio del camisón y avanzaba por el valle ardiente entre montes. Rosa imaginó una mordida horrible en el pecho, se sentó de un salto, comprimiendo el pecho. Con el movimiento, el cascarudo se despegó de la epidermis lisa y cayó en su barriga, zzz, tzzz… tic. Rosa lanzó un grito agudísimo. Se tumbó en la cama retorciéndose. El bicho seguía descendiendo, tzz… Al final se enmarañó tzz-tic, estaba preso. Rosa estiraba las piernas con endurecimientos de ataque. Rodaba. Cayó.

Doña Ana y doña Carlotita la encontraron así, espasmódica, con la espuma escurriéndose de un lado de la boca. Los ojos desorbitados relampagueando como brasa. ¡Pero cómo saber qué era! Rosa no hablaba, retorciéndose. Pero doña Ana, orientada por el gesto que la pobre repetía, descubrió el bicho. Lo arrancó con aspereza, aspereza para librar rápido a la joven. Y fue difícil calmarla… Se iba tranquilizando… de repente volvía todo y era tal cual el ataque, tiraba las cobijas, gruñía, retorciéndose, los ojos revirados, hum… Terror sin fundamento, bien se ve. Nueva faena. La lavaron, doña Carlotita se tomó el trabajo de encender el fuego para tener agua tibia que tranquiliza más, dicen. Le cambiaron el camisón, mucha agua con azúcar…

-También, dejaste la ventana abierta, Rosa…

Sólo dos horas después todo dormía en la casa otra vez. Todo no. Dos ojos fijos en la oscuridad, atentos a cualquier resabio perdido de luz y a las imágenes silenciosas de la oscuridad. Rosa no duerme en toda la noche. Finalmente escucha los ruidos de la casa despertando. Doña Ana viene a ver. Rosa finge dormir, enojada sin razón. ¡Tiene un odio de esa vieja! Tiene asco de doña Carlotita… Oye el estallido de la leña en el fuego. Escucha el ruido del pan arrojado contra la puerta de calle. Rosa se frota los dedos fuertemente por el cuerpo. Se despereza. Al final se levantó.

Ahora camina más pausada. Trae una seriedad aún nunca vista, en las comisuras de los labios. ¡Qué negruras en los párpados! Piensa que va a trabajar y trabaja. Limpia con deber toda la casa., poniendo diez dedos para hacer la comida, poniendo dos brazos para barrer, poniendo los ojos en la mesa para no olvidar el palillero. Doña Carlotita se resfrió. Entonces Rosa le da una porción de amistad. Le prepara té. Se sienta en la cabecera de la cama, velando mucho, sin hablar. Las dos viejas la miran desconfiadas. No la reconocen más y tienen miedo de la extraña. En efecto, Rosa cambió, es otra Rosa. Es una rosa abierta. Imperativa, enérgica. Se impone. Doña Carlotita tiene miedo de preguntarle si pasó bien la noche. Doña Ana tiene miedo de aconsejarle que descanse más. Es sábado sin embargo y podría limpiar la casa el lunes… Rosa limpia toda la casa como nunca la limpió. Hace una limpieza completa en su propio cuarto. La muñeca… Rosa le despega los últimos rizos de la cabeza, con gesto frío. Le hunde un ojo, portuguesamente, a lo Camões.9 Pero piensa que doña Carlotita se va a afligir. Uno nunca debe dar disgustos inútiles a los demás, la vida está ya tan llena de ellos… piensa. Suspira. Esconde la muñeca en el fondo de la canasta.

Cuando fue a dormir tuvo un miedo repentino: ¡dormir sola! ¡Y si se quedase soltera! No sé a qué hora la cama se le tornó insoportablemente solitaria. Se levanta. Abre de par en par la ventana, entra con el pecho en la noche, desesperadamente temeraria. Rosa espera al cascarudo. No hay cascarudos esa noche. Terminó cansándose en esa posición, a la espera. No sabía lo que estaba esperando. Nosotros sí que sabemos, ¿no? Pero el cascarudo no llegó. Era una noche calurosa… La vida palpitaba en un ardor de estrellas estallantes inmóviles. ¡Un silencio!… El sueño de todos los hombres, durmiendo indiferentes, sin amoldarse con ella… El olor de campo requemado endurecía el aire que dejó de circular, ¡no entraba en el pecho! No había absolutamente nada en la noche vacía. Rosa espera un poquito más… Desengañada, se acuesta después. Se adormece agitada. Sueña mezclas imposibles. Sueña que se acabaron todos los cascarudos de este mundo y que un grupo de muchachas se burla de ella zumbando: ¡Soltera!, a las carcajadas. Llora en sueños.

Al otro día doña Ana piensa que es necesario pasear a la joven. Van a misa. Rosa marcha adelante y va a enamorar a todos los hombres que encuentra. Tiene que atrapar uno. Cualquiera. Tiene que atrapar uno para no quedar soltera. En el almacén de don Costa, Pedro Mulatón ya llegó a beber el primer aguardiente del día. Rosa tira una línea para él que más parece de mujer de la vida. Pedro Mulatón siente un deseo fácil de ese cuerpo, y la sigue. Rosa lo sabe. ¿Quién es ese hombre? Eso no lo sabe. Aunque supiera que es vagabundo y borracho, es el primer hombre que encuentra, es preciso agarrarlo, si no, muere soltera. Ahora no enamorará más a nadie. Se finge inocente y virgen, riquezas que ya no tiene… Pero es artista y representa. De vez en cuando se da vuelta para mirar. Mira a doña Ana. Ríe para ella con esa risa provocante que llena los cuerpos de voluntad.

Al salir de misa, otra mirada más canalla aún. Pedro Mulatón se detiene en el almacén. Bebe más y trama cosas feas. Rosa imagina que falta azúcar, sólo para ir al almacén. Es Pedro quien le trae el paquete, conversando. La invita para la noche. Ella se niega porque así no se casará. Para él es indiferente: casarse o no casarse… Irá a pedirla.

Esta vez las dos tías ni llaman a Rosa, hombre repugnante ¿no? ¡Cómo iban a casarla con esos treinta y cinco años!… Por lo menos de treinta y cinco a cuarenta. Y mulato, amarillo pálido ya descolorido… por el aguardiente, ¡Virgen Santa!… Disculpe, pero Rosa no quería casarse. Entonces ella aparece y dice que quiere casarse con Pedro Mulatón. Ellas no le pueden aconsejar nada delante de él, despiden a Pedro. Van a recoger informaciones. Que vuelva el jueves.

Las informaciones son las que nos imaginamos, pésimas.

Vagabundo, chupandín, de mal carácter, no sirve. Rosa llora. Se va casar con Pedro Mulatón y si no la dejan, huye. Doña Ana y doña Carlotita ceden con la muerte en el alma.

Cuando Juan supo que Rosa se iba a casar, le vino una desesperación en la barriga. Salió atontado, para distraerse. Se encontró con unos compañeros y se le dio por la bebida. Lo dejaron por ahí, sentado en el cordón de la vereda, a la madrugada, totalmente borracho. El vigilante hizo que se levantara.

-¡Muchacho, no puedes dormir en este lugar! ¡Ve para tu casa!

Se fue, llorando, diciendo que no tenía la culpa. Después se acostó en el césped de una calle lateral y se durmió. El sol lo llamó. Dolor de cabeza, un gusto horrible en la boca… Y la vergüenza. Ni sabe cómo entró en su casa. La rabia del padre es terrible. ¡Qué insultos! Su hijo esto, su no sé qué más, palabras feas que dan escalofríos… Nadie se imaginaría que un hombre tan bueno pudiese decir esas cosas. ¡Bien!, todo hombre sabe palabrotas, basta tener un dolor desesperado para que salgan. Porque el padre de Juan sufre de veras. Tanto como la madre que sólo llora. Llora mucho. Juan tiene repugnancia de sí mismo. De repente, cuando vuelve del reparto, Carmela lo llama desde la cerca. Dice que Juan no debe beber así, porque la madre lloró mucho. Carmela llora también. Juan se da cuenta que si vuelve a tomar se va a hacer más daño. Jura que no va a caer otra vez en eso. Carmela y él suspiran mirándose. Quedándose allí.

Me estaba olvidando de Rosa… Cuento el resto de lo que sucedió con Juan otro día. Le prepararon un ajuar apurado, en menos de un mes. Aún en víspera del casamiento, doña Carlotita le insistió que dejase al novio. Pedro Mulatón era un infame, hasta un ratero, ¡Dios me perdone! Rosa no escuchó nada. Pateó el piso. Se quiso casar y se casó. Me dio que sentía que estaba equivocada, pero no quería pensar y no pensaba. Las dos solteronas lloraron mucho cuando ella partió casada y victoriosa, sin una lágrima. Dura.

Rosa fue muy infeliz.

El pavo de Navidad

El pavo de Navidad

Mario de Andrade

Nuestra primera Navidad en familia, después de la muerte de papá ocurrida cinco meses antes, fue de consecuencias decisivas para la felicidad familiar. Nosotros siempre fuimos una familia feliz, en ese sentido bien amplio de felicidad: gente honesta, sin crímenes, hogar sin peleas internas ni graves dificultades económicas. Pero, debido en parte a la naturaleza gris de mi padre, ser desprovisto de todo tipo de lirismo, instalado en la mediocridad, siempre nos había faltado ese disfrute de la vida, ese gusto por las felicidades materiales: un buen vino, un balneario, el refrigerador, cosas así. Mi padre había sido un gran equivocado, casi dramático, el pura-sangre de los esfuma-placeres.

Mi padre murió, lo sentimos mucho, etc. Cuando ya nos acercábamos a la Navidad, yo no sabía qué hacer para poner distancia con esa memoria del muerto que obstruía, que parecía haber sistematizado para siempre la obligación de un recuerdo doloroso en cada comida, en cada mínimo gesto de la familia. Una vez sugerí a mamá que fuera al cine a ver una película. ¡Se puso a llorar! ¡Dónde se vio ir al cine estando de luto riguroso! El dolor ya se cultivaba por las apariencias, y yo, que siempre había querido bien a papá, más por instinto filial que por espontaneidad del amor, me veía a punto de detestar al bueno del muerto.

Fue sin lugar a dudas por eso que me nació, en este caso sí, espontáneamente, la idea de hacer una de mis llamadas “locuras”. Esa había sido, en realidad, y desde muy niño, mi excelente conquista contra el clima familiar. Desde muy temprano, desde los tiempos de la secundaria, en que me las arreglaba para sacar regularmente un reprobado todos los años, desde el beso a escondidas a una prima, cuando tenía diez años, descubierto por la tía Velha, una tía detestable; y principalmente desde las lecciones que di o recibí, no sé, de una criada, conseguí, en el reformatorio del hogar y con la vasta parentela, la fama conciliadora de “loco”. “¡Está loco, el pobre!” decían. Mis padres hablaban con cierta tristeza condescendiente, el resto de la parentela me buscaba como ejemplo para sus hijos y probablemente con aquel placer de los que se convencen de alguna superioridad. No tenían locos entre sus hijos. Pues esa fama es la que me salvó. Hice todo lo que la vida me presentó y que mi ser exigía que se realizara con integridad. Y me dejaron hacer de todo, porque era loco, pobrecito. El resultado de todo esto fue una existencia sin complejos, de la cual no tengo nada de qué quejarme.

Siempre teníamos la costumbre, en la familia, de realizar la cena de Navidad. Cena insignificante, ya puede usted imaginarse; cena tipo mi padre: castañas, higos, pasas después de la Misa de Gallo. Empachados de almendras y nueces (si habremos discutimos los tres hermanos por el cascanueces…), empachados de castañas, nos abrazábamos e íbamos a la cama. Fue al recordar esto que arremetí con una de mis “locuras”.

-Bueno, para Navidad, quiero comer pavo.

Hubo una de esas sorpresas que nadie se imagina. Luego, mi tía solterona y santa, que vivía con nosotros, advirtió que no podíamos invitar a nadie debido al luto.

-¿Pero quién habló de invitar a alguien? Esa manía… ¿Cuándo comimos pavo en nuestra vida? Pavo aquí en casa es plato de fiesta, viene toda esa parentela del demonio…

-Hijo mío, no hables así…

-Pues hablo y ya.

Y descargué mi helada indiferencia sobre nuestra parentela infinita, dizque descendiente de bandeirantes, que poco me importa. Era el momento para desarrollar mi teoría de loco, pobrecito, y no perdí la ocasión. De sopetón me dio una ternura inmensa por mamá y tiita, mis dos madres, tres con mi hermana, las tres madres que divinizaron mi vida. Siempre era lo mismo: venía el cumpleaños de alguien y sólo así se hacía pavo en la casa. Pavo era plato de fiesta: una inmundicie de parientes ya preparados por la tradición, invadían la casa por el pavo, las empanaditas y los dulces. Mis tres madres, tres días antes, lo único que sabían de la vida era trabajar preparando carnes frías y dulces finísimos, pues estaban muy bien hechos. La parentela devoraba todo y todavía se llevaba paquetitos para los que no habían podido venir. Mis tres madres quedaban exhaustas. Del pavo, sólo en el entierro de los huesos, al día siguiente, mamá y tiita probaban un pedacito de pierna, oscuro, perdido en el arroz blanco. Y eso que era mamá quien servía, elegía para el viejo y para los hijos. En realidad, nadie sabía concretamente qué era un pavo en nuestra casa, pavo restos de fiesta.

No, no se invitaba a nadie, era un pavo para nosotros cinco, cinco personas. Y tenía que ser con dos farofas, la gorda con los menudos y la seca, doradita, con bastante mantequilla. Quería el buche rellenado sólo con farofa gorda, a la que teníamos que agregar fruta negra, nueces y una copa de Jerez, como había aprendido en casa de la Rosa, mi querida compañera. Está claro que omití decir dónde había aprendido la receta y todos desconfiaron. Y todos se quedaron en ese aire de incienso soplado…¿no sería tentación del Diablo aprovechar una receta tan sabrosa? Y cerveza bien helada, garantizaba yo casi a los gritos. Lo cierto es que con mis “gustos” ya bastante refinados fuera del hogar, primero pensé en un buen vino bien francés. Pero la ternura por mamá venció al loco, a mamá le encantaba la cerveza.

Cuando acabé mis proyectos, me di cuenta, todos estaban felicísimos, con un inmenso deseo de hacer aquella locura con la que había irrumpido. Sabían muy bien que era locura, sí, pero todos se imaginaban que yo era el único que deseaba mucho aquello y era fácil echar encima mío la culpa de sus deseos enormes. Se sonreían, mirándose unos a otros, tímidos como palomas desgarradas, hasta que mi hermana asumió el consentimiento general:

-¡Aunque esté loco!…

Se compró el pavo, se hizo el pavo, etc. Y después de una Misa de Gallo muy mal rezada, tuvimos nuestra Navidad más maravillosa. ¡Qué chistoso! Cuando me acordaba que finalmente iba a lograr que mamá comiera pavo, en esos días no hacía otra cosa que pensar en ella, sentir ternura por ella, amar a mi viejita adorada. Y mis hermanos también, estaban en el mismo ritmo violento de amor, todos dominados por la nueva felicidad que el pavo iba imprimiendo en la familia. De modo que, aún disfrazando las cosas, dejé con tranquilidad que mamá cortara toda la pechuga del pavo. En un momento mamá se detuvo, luego de haber cortado en rebanadas uno de los lados del ave, sin resistirse a aquellas leyes de economía que siempre la habían sumido en una casi pobreza sin razón.

-No señora, siga cortando… y pedazos grandes ¡Yo solo me como eso!

Era mentira, el amor familiar, estaba incandescente en mí de tal forma, que hasta era capaz de comer poco, sólo para que los otros cuatro comieran mucho. Y el diapasón de los otros era el mismo. Aquel pavo comido entre nosotros solos redescubría en cada uno lo que la cotidianeidad había borrado por completo: amor, pasión de madre, pasión de hijos. Dios me perdone pero estoy pensando en Jesús. En esa casa de burgueses muy modestos, se estaba realizando un milagro digno de la Navidad de un Dios. La pechuga del pavo quedó enteramente reducida a rebanadas grandes.

-¡Yo sirvo!

-¡Qué loco! ¡Pero por qué tenía que servir si siempre mamá había servido en esa casa! Entre risas, los grandes platos llenos fueron pasando hasta mí y empecé una distribución heroica, mientras mandaba a mi hermano a que sirviera la cerveza. Advertí un pedazo admirable de pavo lleno de carnecita y lo puse en el plato. Y luego varias rebanadas blancas. La voz severa de mamá cortó el espacio angustiado en el cual todos aspiraban a su parte del pavo:

-¡Acuérdate de tus hermanos, Juca!

¿Cuándo iba a imaginarse ella?, ¡la pobre!, que ese era el plato suyo, de la Madre, de mi amiga maltratada que sabía de la existencia de Rosa, que sabía de mis crímenes, a quien sólo le contaba lo que hacía sufrir!… El plato quedó sublime.

-Mamá, este es su plato. ¡No!… ¡No lo pase!

Fue entonces cuando ella no pudo más con tanta conmoción y se puso a llorar. Mi tía también, después de ver que el siguiente plato sublime era el suyo, entró en el asunto de las lágrimas. Y mi hermana también, que jamás había visto lágrimas sin abrir una llave, se desparramó en llanto. Entonces empecé a decir muchas tonterías para no llorar también, tenía diecinueve años… Diablo de familia tonta que veía un pavo y lloraba… Esas cosas… Todos se esforzaban por sonreír, pero ahora la alegría se tornaba imposible. El llanto había evocado, por asociación, la imagen indeseable de mi padre muerto. Mi padre, con su figura gris, vino a estropear para siempre nuestra Navidad. ¡Me dio coraje!

Bueno, empezamos a comer en silencio, consternados, y el pavo estaba perfecto. La carne tierna, de un tejido muy tenue, se mezclaba entre los sabores de las farofas y del jamón, de vez en cuando herida, molestada y vuelta a desear ante la intervención más violenta de la pasa negra y el estorbo petulante de los pedacitos de nuez. Pero papá estaba sentado allí, gigantesco, incompleto, una censura, una llaga, una incapacidad. Y el pavo estaba tan rico, y mamá que por fin sabía que el pavo era un manjar digno de Jesucito nacido.

Empezó una lucha baja entre el pavo y el bulto de papá. Supuse que alentar al pavo era fortalecerlo en la lucha y, está claro, había tomado decididamente el partido del pavo. Pero los difuntos tienen medios escurridizos, muy hipócritas, como para vencerlos. En cuanto alabé al pavo, la imagen de papá creció victoriosa, insoportablemente obstruyente.

-Sólo falta su papá.

Yo ni comía, ya no podía probar más ese pavo perfecto, tanto me interesaba esa lucha entre los dos muertos. Llegué a odiar a papá. Y ni sé qué inspiración genial de repente me volvió hipócrita y político. En aquel instante que hoy me parece decisivo en nuestra familia, tomé aparentemente el partido de mi padre. Fingí, triste.

-Y sí. Papá nos quería mucho y murió de tanto trabajar para nosotros, papá allí en el cielo debe estar contento -dudé, pero resolví no mencionar más al pavo-, contento de vernos a todos reunidos en familia.

Y todos, mucho más tranquilos, empezaron a hablar de papá. Su imagen fue disminuyendo y se transformó en una estrellita brillante en el cielo. Ahora todos comían el pavo con sensualidad, porque papá había sido muy bueno, siempre se había sacrificado tanto por nosotros, había sido un santo que “ustedes, mis hijos, nunca podrán pagar lo que deben a su padre”, un santo. Papá se transformó en santo, una contemplación agradable, una estrellita en el cielo, imposible de deshacer. No perjudicaba más a nadie, puro objeto de contemplación suave. El único muerto aquí era el pavo, dominador, completamente victorioso.

Mamá, tía, nosotros, todos inundados de felicidad. Iba a escribir “felicidad gustativa”, pero no era sólo eso. Era un felicidad mayúscula, un amor de todos, un olvido de otros parientes que distraen del gran amor familiar. Y fue, sé que ese primer pavo comido en el seno de la familia fue el comienzo de un amor nuevo, reacomodado, más completo, más rico e inventivo, más complaciente y cuidadoso. Nació entonces una felicidad familiar para nosotros que, no soy exclusivista, algunos tendrán igual de grande, sin embargo más intensa que la nuestra, me es imposible concebir.

Mamá comió tanto pavo que en un momento imaginé que podría hacerle mal. Pero enseguida pensé: ¡Ah!, ¡no importa! aunque se muera, pero por lo menos que una vez en la vida coma pavo de verdad.

Tamaña falta de egoísmo me había transportado a nuestro infinito amor… Después vinieron una uvas ligeras y unos dulces, que allí en mi tierra llevan el nombre de “bien-casados”. Pero ni siquiera ese nombre peligroso se asoció al recuerdo de mi padre, que el pavo ya había convertido en dignidad, en cosa cierta, en culto puro de contemplación.

Nos levantamos. Eran casi las dos de la mañana, todos alegres con dos botellas de cerveza encima. Todos se iban a acostar, a dormir o a dar vueltas en la cama, poco importa, porque es bueno un insomnio feliz. La cuestión es que Rosa, católica antes de ser Rosa, me había prometido que me esperaría con una champaña. Para poder salir mentí, dije que iba a la fiesta de un amigo, besé a mamá y le guiñé el ojo; era una manera de contar a dónde iba y qué iba a hacer. Besé a las otras dos mujeres sin guiñarles el ojo. Y ahora, ¡Rosa!…