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Louis Aragon

Mi respiro perturba la vida a cierta gente:
como vago reproche los mantiene despiertos;
tal vez porque mi canto cual un cobre estridente
pudiera despertar con su clangor los muertos.
¡Ah! si los hiere mi verso con su tonada bélica
-rugir que a sus oídos no quieren que se acerque-
es que en el arpa el treno mató la voz angélica
y resurgen los ecos pávidos de Dunkerque.

Verdad: en recordarlo mi mal gusto compendio…
Así somos algunos: en sus cuerpos quizás
perduran los mordiscos del infernal incendio
que los faros del Norte contemplaran jamás.

Si te nombro, Amor mío, burla y odio concitas;
si alabo el sol, ustedes el invernal derroche;
dicen que en mi pradera sobran las margaritas,
azules en mi cielo y estrellas en mi noche.

Buscan en mis palabras a ver qué se descubre,
como fino escalpelo que escarba un corazón…
Tal vez me fuera poco perder Pont-neuf y el Louvre,
que aún sus venganzas piden satisfacción.

De alados cancioneros pueden hacer galeotes;
ahuyentar al poeta podrá su elegancia;
pero nunca podrán sus serviles brotes
arrebatar el don de nuestro amor a Francia.

Oye tú, pasajera que vas de puerta en puerta:
tal vez yo soy el hombre que vuelve de tu olvido;
colma tu delantal la primavera muerta,
y de un color de parvas tus ojos se han teñido.

¿Mintió nuestro embeleso? ¿Mintió nuestra ternura?
Miren aquesta frente nublada por el sol…
Pero el ansia renace cual se ve en la llanura
por entre las espigas surgir el ababol.

¿Y no son estos brazos los de las Afroditas
que entre la mies dorada coronan el peñón?
Plenitud encantada que eterna resucitas
la sombra de Racine en la Ferté-Milón.

La sonrisa de Reims con sus labios perfectos
es el sol que se apaga sobre una tarde eximia;
y para perdición de profetas y electos
sus trenzas de champaña trascienden a vendimia.

Ingres de Montalbán trazó la arquitectura
y el cuenco de esos hombros donde para tranquilo
el ansiado tesoro de la linfa más pura
filtrada en las raíces del álamo y el tilo.

¡Oh Laura! como a ti, Petrarca habría cantado
a esta Francia que sangra por nuestro corazón;
sangrante corza en fuga que lleva en el costado
la jabalina de los monteros de Aviñón.

Invoca el espejismo de mil y una grandezas
que sosieguen fantasmas, donde el gemir acalles:
Brantome, San Juan de Acre -cavas y fortalezas,
laderas y gargantas- Vercors y Roncesvalles.

Con el viento que llega de Arlés vuelven los sueños
-el corazón apenas los nombra en un rumor-.
En Aunis y en Saintonge los marjales trigueños
muestran aún el surco brutal del invasor.

Alta ronda de urbes, de villas y comarcas,
erguidas como flores de un esplendor rival,
y en pos de la galante huella de los monarcas
Razón y Sueño cifran en un solo ideal.

Oh cautiva Durance, oh cielo encadenado.
Suelo pastor vestido de racimos maduros;
país con cuyo nombre tan dulcemente amado
marcaba el rey de Francia los sarracenos muros.

Como tú misma es dulce la locura en desvelo
porque te reconozcan de mi canto a la luz;
y pues entre dos mares vacila nuestro duelo,
detenga nuestros pasos el umbral de Naurouze.

¡Mas, no! Tornas al vuelo, clamor insosegable…
¿A dónde vas? asado Mont-Ventoux, allá el Sena
en lo hondo se fuga, y entre un deleitable
manzanar, Lamartine sueña en la Magdalena.

Mujer, vinos fragantes, madrigales, montaña:
¿cuáles pintaré? ¿cuáles más vivamente adoro?
¿Son esos los pomares de tu seno, Bretaña,
y esas gemas tus pinos en ponientes de oro?

Alba gorguera donde los labios abrasados
mendigan cidra y leche. Plenitud que suspira,
Normandía secreta, por ti los desterrados
caballeros poblaron las ruinas de Palmira.

En verdad ya no sé dónde empieza el encanto…
Hay nombres que son carne como los de Andelyz.
Oh rostro que te vuelves por no mostrar el llanto,
pliega tus labios… ¡Calla, oh París, mi París!

París de las canciones, París de la Bastilla;
hoy solo tus albercas están embanderadas…
Como estrella polar no ya tu frente brilla:
París lo eres tan solo formando barricadas.

París de nuestros bienes, París de nuestros males;
París del Cours-la-Reine, Corte de Flor-de-lys;
de suburbio en suburbio por todos los umbrales,
tu nombre, más que un grito nos desgarra, PARÍS.

Huyamos de este sitio donde la atroz germina;
la vida aún aguarda su amanecer incierto;
del Oise y el Marne falta la epopeya leonina;
y Sylvia ya no cruza por el Valois desierto.

Almenar del recuerdo donde alzaran sus llamas
los sueños de veinte años a un cielo que mintió;
y en vez de amor, el negro Camino de las Damas,
y el crepitar del rojo molino de Laffaux.

Atraviesa la ruta polvorienta y famosa
de país en país persiguiendo incansada
por la selva de Argonne y en los Altos del Mosa
que renazca perenne tu gloria traicionada.

Como ciervo flechado que trémulo agoniza,
bajo el bosque se azulan los ojos de la charca…
Descanso de destierro que va camino a Suiza,
la que amara Courbet, la plácida comarca.

Te he perdido, Alsacia, donde si el Rhin desborda,
faisanes deslumbrados caen de los encinos;
donde Werther su treno por un instante asorda,
compasándolo al júbilo de coros campesinos.

De Port-Vendre a Dunkerque la tromba de tortura
no podrá enmudecer la voz de nuestras venas;
nadie podrá romper la mágica armadura
que Aymon forjó en el rojo cubil de las Ardenas.

A los férvidos labios no habrá quien arrebate
la flauta que a los siglos entrega su raudal;
tras la siega de lauros, aún llama al combate,
hermanos en la espiga, la hierba y el rosal.

Se oye entre las hojas un galopar que avanza…
Hilandera, suspende: mi pecho va a estallar.
Hablan en voz de fuente la noche y la esperanza…
Si fuera Duguesclin volviendo a batallar…

Qué importa que yo muera sin que la veneranda
faz mire dibujarse bajo el solar fulgor.
Dancemos, hijo mío, la loca zarabanda.